miércoles, 25 de mayo de 2016

Viva la Corrupción!



Por increíble que parezca, habíamos pensado que nuestros lectores se habían saturado de Hernán Brienza. Es por eso que hace un tiempo habíamos decidido interrumpir nuestra veneración por su obra (brienzana).

Sin embargo, de pronto, comenzaron a sonar los teléfonos de la redacción de la Causa de Catón, llovieron los comentarios en el blog, fuimos arrobados en twitter e incluso apareció la Catón-señal en el cielo (la legendaria "LCC": valga aclarar que el juicio por plagio que tenemos al respecto con la compañía de cable de Miramar, La Capital Cable, lo estamos ganando) para hacernos saber que Hernán Brienza había escrito otra de sus magníficas obras y que debíamos decir algo sobre el tema. Nuestros lectores, como siempre, nos demostraron que tienen razón: nadie puede haber tenido suficiente Hernán Brienza. Se trata de una personalidad inagotable.

En efecto, lo hemos visto en acción muchas veces, como un verdadero Sergei Bubka del periodismo intelectual y militante (a decir verdad, tal como consta en su página de wikipedia, se trata de un periodista que a la vez es escritor, politólogo, ensayista e historiador), que cada vez que se lo propone logra romper su récord anterior. De hecho, en su foja de servicios consta que ha sido un paladín de todas las causas justas. Para muestra bastan unos pocos botones: fue miembro numerario del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego (INRHAIMD), demostró que no nos merecíamos a Cristina (lo que vos te merecés), en ocasión de su exitosísima defensa de Milani no solo incursionó no menos exitosamente en la física cuántica (Big Bang Brienza) sino que además hizo añicos la distinción entre culpabilidad e inocencia (La Ley de Brienza), etc. 

En su última nota, la que provocara la más que justificada ira de nuestros lectores para con nosotros, Brienza acomete contra la idea misma de corrupción: “Los argentinos nos debemos un debate en serio sobre la corrupción” (¿Y si hablamos de corrupción en serio?). El intelecto de Brienza no podía dejar de percibir que dado que los grandes iconos de la cultura kirchnerista eran perseguidos por el popularmente denominado crimen de corrupción, bastaba con atacar la idea de corrupción para mostrar la irracionalidad e inmoralidad de dicha persecución. Como se suele decir, muerto el perro, se acabó la rabia. 

La primera tesis que esgrime Brienza al respecto es la de la imposibilidad. En efecto, Brienza argumenta que “No se puede robar un país. No se puede robar todo”. Ahora bien, la inteligencia de Brienza a veces podría jugarle en su contra. Habría que ver cuántos kirchneristas estarán de acuerdo en que el problema con la corrupción que se le atribuye al kirchnerismo es que es imposible. Es como si los nazis hubiesen alegado que es imposible cometer un genocidio de millones de personas. 

De hecho, algunos preferirán tomar el camino tradicionalmente moral de negar la posibilidad de que estadistas como Néstor y Cristina hayan cometido tales actos. Algunos destacados kirchneristas como Julia Mengolini, de hecho, prefieren tomar un camino alternativo (click), ya que si bien todavía creen que la corrupción es moral y jurídicamente reprochable, precisamente por eso tratan de mostrar que a pesar de la corrupción el legado kirchnerista es digno de ser reivindicado (atención, esto es bloguismo verdad en tiempo real: nos está llegando en este preciso momento por la cucaracha que Mengolini hace un tiempo que no paga la cuota y que en realidad a juzgar por su decisión de trabajar en Canal 13 ha dejado de pertenecer al club; ampliaremos). 

De todos modos, a Brienza no se le escapa que la tesis de la imposibilidad puede provocar un debate al interior del kirchnerismo y por eso propone un segundo argumento, el de la necesidad: “La corrupción está íntimamente ligada al financiamiento de la política”. En otras palabras, habiendo dicho primero que la corrupción (en todo caso en el grado atribuido a Néstor y a Cristina Kirchner) es imposible, luego Brienza sostiene que es imposible no ser corrupto si uno se dedica a la política y no tiene dinero. Más abajo lo dice más claramente: “Sólo son decentes los que pueden ‘darse el lujo’ de ser decentes”. Es con un hondo pesar que nos vemos en la obligación de recordar que este argumento, a diferencia del primero, no es exactamente original ya que había sido esgrimido por Diana Conti en televisión (Derecho penal para todxs).

El tercer argumento que da Brienza, suponemos que a mayor abundamiento y no porque los dos primeros no hayan cumplido su misión, es el de la extensión de la idea de corrupción: “Corrupción, también, es evadir impuestos, girar dólares al exterior, tener cuentas en paraísos fiscales, sean funcionarios públicos o privados, porque un presidente que años anteriores defraudó al fisco”. No somos quiénes para decirle a Brienza qué debe hacer o pensar, pero nos cuesta entender cómo este tercer argumento es una defensa del matrimonio Kirchner, sobre todo si Lázaro Báez, tal como se sospecha, no hizo su fortuna mediante una herencia, lotería o un emprendimiento como los de Bill Gates o Steve Jobs (No es lo que parece). 

Por alguna extraña razón (quizás, como dice el tango, “la gente es mala y murmura”), a pesar de su comprobada integridad moral e intelectual, Brienza se ve obligado a aclarar que “No se trata de defender la corrupción en esta nota”. Por si hiciera falta Brienza agrega que “Siento una repulsa moral, heredada de cierto ascetismo cristiano, respecto de la riqueza rápidamente adquirida” e incluso que “considero con Honoré de Balzac que ‘detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen’”. Es más, Brienza sostiene que “No todos somos corruptos”. Otra vez, nos preguntamos cómo se sentirá, v.g., Cristina al leer semejantes líneas. 

A esta altura no podemos dejar de hacer públicas nuestras dudas acerca del registro del discurso de Brienza. Cultores que somos de la ironía, albergamos la sospecha de que Brienza de un modo muy sutil parece estar riéndose de la fortuna de Lázaro Báez y por extensión del kirchnerismo. Habiendo dicho esto, nos vemos forzados a desmentir los rumores según los cuales Brienza trabaja para La Causa de Catón. Bien quisiéramos contar con semejante egregio miembro. 

Finalmente, habiendo dicho que la corrupción era imposible, Brienza termina con un grand finale: “La corrupción… democratiza de forma espeluznante a la política”. A esta altura, y como le debe pasar a varios de los lectores de este blog, ya no sabemos si Brienza está hablando en serio o en broma.

Ahora bien, la ironía brienzana alcanza su punto máximo cuando después de haber hecho pública su denuncia de la corrupción y aclarado que él mismo, a diferencia de los demás, no es corrupto, sostiene que “De lo que se trata en este texto es de comprender no de justificar”. Es difícil resistir la inferencia según la cual, como ya lo hiciera Mempo Giardinelli (Mejor Imposible), Brienza le está rindiendo un homenaje al personaje de Jack Nicholson en “Mejor Imposible”:



- "No soy un pendejo. Ud. lo es, no estoy juzgando. Soy un gran cliente. Este día ha sido un desastre"


Quizás el mensaje de la nota de Brienza sea que, parafraseando al gran Horacio (no al inmortal González, sino a ese otro mucho menos conocido, que tuviera su cuarto de hora en el Renacimiento y por supuesto en la Roma de Augusto), Brienza podrá haber perdido las elecciones, pero ganó la batalla más importante: la cultural e intelectual. Permítasenos entonces lanzar nuestra proclama patriótica en este 25 de mayo: “Viva la Corrupción!”

viernes, 20 de mayo de 2016

¿Quiere saber si Ud. es Republicano? Test de Republicanismo Gratis



"Habría un medio de asombrar al universo, 
haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo". 
Georges Clemenceau, carta al conde de Aunay, 
17 de agosto de 1898


Una teoría política clásica
La tesis central de este libro es muy simple. Un retrato fiel del republicanismo debe contener al menos cinco rasgos fundamentales: libertad, virtud, debate, ley y patria. Estos cinco rasgos, a su vez, son incompatibles por definición con el perfil aguileño y ultrapersonalista de César, o de su equivalente moderno, el cesarismo. Esta breve lista de rasgos sirve asimismo como un test infalible para detectar republicanos. En efecto, de te fabula narratur: si usted está en contra de la dominación, no tolera la corrupción, desconfía de la unanimidad y de la apatía cívicas, piensa que la ley está por encima incluso de los líderes más encumbrados, se preocupa por su patria mas no soporta el chauvinismo, y cree, por consiguiente, que el cesarismo es el enemigo natural de la república, entonces usted es republicano, aunque usted no lo sepa.
Por supuesto, una descripción de los rasgos o conceptos básicos de un discurso político no sirve solamente un propósito estético, sino que constituye a la vez una agenda, i.e. un recordatorio de cuestiones que toda persona interesada en el republicanismo se debería plantear.
Ciertamente, la idea misma de catalogar, incluso brevemente, los rasgos elementales con los que debe contar todo retrato republicano, es sumamente audaz, ya que la republicana es una muy larga y rica historia que abarca diferentes clases de repúblicas y republicanismos, desde sus orígenes romanos hasta la actual República de Francia, pasando por las repúblicas tardomedievales, temprano-modernas y la norteamericana, sin dejar de lado varios autores tan diferentes como Cicerón, Maquiavelo, Montesquieu, Rousseau, Jefferson, Kant, Hegel (vengan de a uno), Tocqueville, y siguen las firmas. Así y todo, creemos que los aspectos republicanos que constituyen los capítulos de este libro dan forma, tal como suelen decir los wittgensteinianos, a un aire o parecido de familia que caracteriza a todos los miembros de la estirpe republicana.
Nuestro retrato del republicanismo es de raigambre definitivamente clásica, en más de un sentido. En primer lugar, en términos cronológicos, ya que todos los temas a discutir figuran predominantemente en la obra de Cicerón, Salustio, Tito Livio, etc. A decir verdad, para la época de este último, el republicanismo ya parecía anticuado, a juzgar por la pregunta que se hace en su prefacio a su narración sobre Los orígenes de Roma —algo así como la historia oficial republicana— si al relatar “los logros del pueblo romano” hacía algo “que valiera el esfuerzo”, puesto que le parecía que “el tema es viejo y trillado”. De hecho, para algunos el nombre mismo de republicanismo suele estar asociado con el conservadurismo o la defensa del statu quo, o en todo caso queda reducido a una teoría de la división del poder.
Sin embargo, lo que para algunos puede parecer un discurso (en el sentido más amplio de la extensión que incluye conceptos, prácticas, instituciones, etc.) vetusto, para otros se trata de una tradición política con una muy rica historia, tal como sucede con las personas entradas en años, quienes jamás son “viejas” sino “experimentadas”. De hecho, gracias a las investigaciones de, v.g., Quentin Skinner sobre el republicanismo, esa muy rica historia ha sido revitalizada a tal punto que se ha convertido en una de las opciones en boga del menú contemporáneo de teoría política, tal como lo muestra la obra de Philip Pettit.
De ahí que la obra de pensadores cronológicamente clásicos como Cicerón, Salustio o Tito Livio, puede ser clásica además en sentido valorativo, ya que en lugar de haberse vuelto obsoleta, ha devenido digna de ser leída y discutida en todas las épocas.
En cuanto a los que creen que el republicanismo no es sino una ideología de la consagración del statu quo, ellos se olvidan no solamente del énfasis republicano en el debate y en el conflicto sino además de la lucha encarnizada del republicanismo a lo largo de su historia contra la dominación. En realidad, lo que suele suceder es que para algunos revolucionarios el republicanismo parece ser conservador, y para algunos conservadores sucede exactamente lo contrario, i.e. el republicanismo parece ser revolucionario. Esto se debe a que el republicanismo trata de articular el debate político con la autoridad de la ley, el cambio radical con la continuidad jurídica, lo extraordinario y lo ordinario.
De hecho, la distinción a ultranza entre conservadurismo y revolución no tiene mucho sentido, a menos que estemos dispuestos a conservar todo o a revolucionar todo. En última instancia, la cuestión es siempre qué debemos hacer aquí y ahora.
En lo que atañe a la reducción del republicanismo a una suerte de fobia al poder, vamos a ver que el republicanismo no solamente se preocupa por controlar el poder, sino que además no tiene reparos en utilizarlo generosamente, siempre al servicio de la libertad de los ciudadanos. Como muy bien sostienen los autores de El Federalista, “el vigor del gobierno es esencial para la seguridad de la libertad”. Ciertamente, “la libertad es a la facción lo que el aire es al fuego, un alimento sin el cual expira instantáneamente”. Sin embargo, “no sería menos una locura abolir la libertad, la cual es esencial para la vida política, porque nutre a la facción, que desear la aniquilación del aire, el cual es esencial para la vida animal, porque le imparte al fuego su agencia destructiva”.
Debido a su insistencia en la necesidad de la virtud como complemento indispensable del gobierno de las instituciones, también se lo suele acusar al republicanismo de “moralizar” y de “juridificar” lo político. Sin embargo, tendremos ocasión de comprobar que la moralización republicana de lo político es o bien anodina, ya que toda discusión política gira alrededor de ciertos valores —y quienes acusan al republicanismo de moralizar lo político también lo hacen en defensa de cierto valor—, o bien la acusación misma es el resultado de un malentendido acerca del papel que debe cumplir la virtud cívica al menos dentro del discurso republicano.

De ahí que Maurizio Viroli tenga mucha razón al recordarnos que la virtud sigue siendo tan “necesaria en nuestra república como en las repúblicas del pasado”, debido a las experiencias de nuestra casa: "por efecto de la debilidad crónica de la conciencia civil en nuestro país, habíamos aceptado tranquilamente y todavía aceptamos prácticas clientelares y políticas de favores, para no hablar del sistema de corrupción política que ha imperado por décadas, y del gobierno de los delincuentes que ha tomado el puesto del gobierno de las leyes en zonas importantes del territorio del Estado". Por otro lado, cierta “juridificación” del conflicto político es inevitable si es que deseamos evitar el anarquismo.
¿Oxford vs. Cambridge?
Cuentan que el legendario filósofo de Oxford, Derek Parfit, dividió alguna vez a los que se dedican a la historia de la filosofía en dos grandes categorías. Por un lado, los arqueólogos, quienes tratan de entender el pasado en aras de sí mismo y además tienen que interpretar los artefactos que encuentran a raíz de sus excavaciones sobre la base de evidencia imperfecta. Para poder entender el significado de los artefactos —sean, v.g., vasijas o libros— los arqueólogos deben hacerse preguntas sobre el papel que desempeñaba el artefacto en cierta forma de vida particular. Por el otro lado, se encuentran los profanadores de tumbas, quienes no solamente cometen un acto ilegal sino que además, y fundamentalmente, toman un artefacto, sea una tumba o el Leviatán de Thomas Hobbes, y le dan un uso completamente diferente al que alguna vez tuvo.

sábado, 14 de mayo de 2016

"Un Papa demasiado católico para mi gusto" (y otros chistes judíos)



A esta altura, nuestros lectores conocen nuestra notoria predilección por los chistes judíos, la cual se debe a no menos (mééééé) públicas razones. De ahí que no hayamos podido resistir la tentación de traer a colación el comentario final de Alejandro Rozitchner en la entrevista que le hicieran Carlos Pagni y Nicolás Dujovne en su programa de televisión (Odisea Argentina) en el minuto 13:22 de la misma. Habiéndole preguntado qué opinaba sobre el Papa, el filósofo de Macri respondió que “era demasiado católico para mi gusto”.

Da la impresión de que se trata de una elíptica aunque simétrica alusión a las películas de Woody Allen en las que suele constar que solamente los judíos sienten miedo de ser “demasiado judíos”. En cambio, al Papa (que suele ser católico por lo general) no parece importarle ser demasiado católico.

Tampoco descartamos que Rozitchner comparta nuestra adicción por el programa de televisión “Little Britain” de la BBC, en particular el sketch del juego de memoria pirata. En efecto, en dicha ocasión, uno de los dos protagonistas representa el papel de un cliente que entra a una juguetería cuyo dueño es el otro protagonista, tal como se puede apreciar en la fotografía de más arriba. El cliente pregunta si tienen un juego de memoria sobre piratas para niños de cuatro a ocho años. Luego de un intercambio entre el dueño y su esposa, el dueño le muestra precisamente ese artículo, a lo cual el cliente interesado le responde que el juego de memoria piratas que le mostró le parece “demasiado pirático” para su gusto e inquiere acerca de la existencia de una tienda especializada en la venta de juegos de memoria sobre piratas y que además se encuentre en el área local (Little Britain).

Decimos que se trata de una broma por parte de Rozitchner debido a que asumimos que Bergoglio no podría haber conseguido el cargo de otro modo. En efecto, suponemos que en la “job description” del papado explícitamente figura que para ser Papa hace falta ser, precisamente, “bastante católico”, o quizás lisa y llanamente “demasiado católico”. Cabe preguntarse de hecho si existe siquiera una persona que pudiera ser “demasiado católica” para ser Papa.

En realidad, alguien podría decir que el Papa es menos católico de lo que parece ya que no parece haberle prestado mucha atención a Macri, quien, convengamos, no es precisamente un seguidor de Bakunin. Convengamos otra vez, así y todo, que a diferencia de los intelectuales en general, Rozitchner se expresa claramente por lo general y, como se puede apreciar, no deja de incluir entre sus afirmaciones un muy saludable buen humor. Ojalá sus colegas lo imitaran más a menudo.

domingo, 8 de mayo de 2016

"Compatriotas, préstenme sus oídos"



En este 2016, año shakespeareano ya que se conmemoran cuatrocientos años del fallecimiento del Bardo, "La Causa de Catón" se suma con gusto a dicha conmemoración haciendo referencia (mééééé) a Razones públicas (Katz Editores), título shakespeareano si los hay. En efecto, la expresión “razones públicas” no fue creada por John Rawls (como parecen suponer los rawlsianos), sino que emerge por primera vez en Julio César (1599) de Shakespeare, reveladoramente en boca de Bruto en el contexto del debate que se plantea alrededor de la muerte de César. Esas "razones públicas" son las que Bruto dará en su famoso discurso ante el pueblo (por no decir la opinión pública) en defensa de la muerte de César (para más detalles, consultar por favor los capítulos 3 y 6 de Razones públicas).

      Dado que Razones públicas a lo largo de sus seis capítulos sobre la libertad, virtud, debate, ley, patria y César, respectivamente, expone y (se podría decir que) defiende la causa republicana apelando generosamente a la obra de Shakespeare (sobre todo en el cap. 3), a continuación, como buenos republicanos (y shakespeareanos amateurs) que somos, dejamos que el Marco Antonio de Shakespeare (representado extraordinariamente por Damian Lewis), defienda a ese verdadero enemigo de la república que era César en respuesta a las "razones públicas" que Bruto acababa de dar:




[el video tiene subtítulos en inglés: CC] "Amigos, romanos, compatriotas, préstenme sus oídos. Vengo a enterrar a César, no a alabarlo. El mal que los hombres hacen en verdad vive después de ellos; el bien, a menudo es enterrado con sus huesos. Que así sea con César. El noble Bruto les ha dicho que César era ambicioso. Si fuera así, sería una falta grave, y César ha respondido gravemente por ella. Aquí, bajo autorización de Bruto y del resto—porque Bruto es un hombre honorable y así lo son todos, todos hombres honorables—vengo a hablar en el funeral de César. Él era mi amigo, fiel y justo conmigo, pero Bruto dice que él era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable. Él ha traído muchos cautivos a Roma, cuyos rescates han llenado los cofres generales. ¿Hizo esto que César pareciera ambicioso? Cuando los pobres lloraron, César lloró. La ambición debería estar hecha de un material más severo. Sin embargo, Bruto dice que él era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable. Todos uds. vieron que durante las Lupercales tres veces le presenté una corona real, la cual él rechazó en verdad tres veces. ¿Era esto ambición? Sin embargo Bruto dice que él era ambicioso, y seguro que él es un hombre honorable. No hablo para desaprobar lo que Bruto dijo, sino aquí estoy para hablar sobre lo que sí sé. Todos uds. lo amaron una vez, no sin causa; ¿qué causa les impide entonces estar de luto por él? Oh juicio, tú has huido hacia las bestias brutas y los hombres han perdido su razón! Aguanten conmigo; mi corazón está en el cofre ahí con César, y debo hacer una pausa hasta que me vuelva".

sábado, 23 de abril de 2016

A Tracción Fatal



Hay un viejo refrán chino que reza "ojalá que vivas tiempos interesantes". Y vaya si nuestra época es interesante. En efecto, nunca antes como en nuestro tiempo han proliferado tanto las teorías acerca de la corrupción. No hace mucho discutíamos la oscilación entre la posición de Mempo Giardinelli, para quien si Cristina cometió un delito debe ser castigada, y la de Luis Bruschtein para quien es imposible que Cristina haya cometido un delito ya que la acusa el contexto, pasando por la de Julia Mengolini, para quien, en el fondo, es directamente irrelevante si Cristina cometió un delito o no: lo que importa es su legado, si se nos permite la expresión (click). La posición de Verbitsky no es tan fácil de catalogar y por eso no abundamos al respecto (click).

Por suerte, Horacio González ha decidido sumarse al ruedo con una muy interesante contribución de índole fundamentalmente conceptual en ocasión de una "fenomenología del bolso" (http://www.lateclaene.com/#!horacio-gonzlez/ctn2). En verdad, en esta época en la cual, como dice Discépolo, los conceptos están hechos "un merengue, en el mismo lodo, todos manoseados", el aporte de González es, para variar, una bocanada de aire fresco y sobre todo clarificador.

Conocido por su rigurosidad conceptual, González sostiene que, a pesar de lo que se suele creer, "el concepto de corrupción no es del mismo rango que el concepto de plusvalía y otros tantos de la teoría política". Mientras que el primero es "un tipo de concepto-mácula", el segundo pertenece al género de los "conceptos-proposicionales". La distinción viene a cuento no solo porque González no soporta las imprecisiones conceptuales sino porque "la conversación política más productiva trata de basarse en conceptos proposicionales". Bienvenida sea esta distinción, como todas aquellas que nos ayudan a separar la paja del trigo.

Sin embargo, González agrega inmediatamente que los "conceptos-proposicionales" como la plusvalía, i.e. aquellos conceptos de los que sí vale la pena hablar, están "siempre" acompañados por nociones tales como "conspiración", la cual pertenece a su vez al género de "conceptos mácula" del cual habíamos deseado alejarnos porque no valía la pena tratarlos en primer lugar (no deja de ser irónico que González se pronuncie contra el pensamiento conspirativo, pero no vamos a abundar en este punto).

Lo que salta la vista, así y todo, es la cornucopia lingüística de la que hace gala González siempre en aras de la precisión conceptual. En efecto, González podría haber dicho simplemente que los "conceptos proposicionales" (v.g. "plusvalía") son "determinados" y no que "los conceptos proposicionales tienen otra idea de la presentación de lo real y del tipo de acuerdo lingüístico que se reclama para invocarlos, pues siempre se refieren a hechos que usualmente se conceptualizan con la facultad de definir de una manera asertiva, no invariable, una situación. Pero siempre aproximativa, según las inflexiones personales o de época, que no le hacen perder el componente mínimo de rigor".

Asimismo, González podría haber dicho de modo no menos lacónico que los "conceptos mácula" (v.g. "corrupción") son "indeterminados" y no que "el supuesto y oscuro 'encanto' de conceptos como corrupción, (concepto-mácula, como dijimos), es el hechizo de su ausencia total de rigor, contrapuesto a la sobreabundancia de sus significados indeterminados. Su carácter de mancha viscosa en el lenguaje lo exime de consecuencias en cualquier reflexión que se exija algunos pasos demostrativos y ciertas bases de prudencia, alguna lógica probatoria".

Sin embargo, González alcanza el cenit de la claridad conceptual al sostener que la corrupción es "un significante vacío –por emplear estos términos- que traccionan –por emplear también este término- un conjunto subordinado de entidades semánticas que componen una escena de control social". Nos tomamos el atrevimiento de parafrasear a González para emplear estos términos y aventurar la hipótesis según la cual la plusvalíapara emplear este términoes un significante llenopara emplear este términoque no tracciona, o en todo caso si tracciona, lo que arrastra es un conjunto autárquico de entidades semánticas que componen una escena de liberación social. Queda por dilucidar (a) si se trata de un concepto 4 x 4 o si solamente tiene tracción trasera y, de paso, (b) (dado que González habla de "engorde de la idea") si es cierto el refrán según el cual significante limpio nunca engorda.

En pocas palabras, se podría decir que González practica un keynesianismo lingüístico, empleando entre cuarenta y sesenta palabras (diáfanas todas ellas) promedio para desempeñar una tarea que podría haber sido realizada por una sola palabra. La razón parece ser que en el capitalismo las palabras, al igual que los seres humanos, si pierden el empleo corren el riesgo de perecer. El razonamiento es absolutamente correcto.

Como decía el General, hasta aquí somos todos peronistas. Quedan solamente dos grandes dudas. La primera es por qué González está tan seguro de que mientras que la corrupción es un concepto que por razones de espacio vamos a llamar indeterminado, la plusvalía es un concepto que (otra vez por razones de espacio) vamos a llamar determinado, al menos en comparación. En efecto, dado que tanto la corrupción cuanto la plusvalía son conceptos valorativos, ambos pueden estar afectados por polémicas acerca de su caracterización. En efecto, González no podría decir que la plusvalía es descriptiva, a diferencia de la corrupción, ya que la plusvalía invoca una crítica de la realidad social. Por lo demás, tampoco podemos estar seguros de que las descripciones por definición son más determinadas que nuestras indicaciones normativas.

La otra duda gira alrededor de por qué la corrupción, a diferencia de la plusvalía, pertenece a los "conceptos que se usan a partir de una teología política encubierta y tienen resultados aparentemente ligados a hechos específicos, pero envueltos siempre en una lógica inquisitorial moralizante. Involucran el problema moral en política". Después de todo, no pocos han advertido una teología política subyacente incluso al discurso marxista.

Nuestras dudas se acrecientan cuando González afirma que Maquiavelo "no apela a los actos corruptos como espacio indefinido de la acción política, pues no los contempla como categoría de análisis. Simplemente, habla de asesinatos y engaños como si se tratara de una 'arena política' donde simplemente se movieran fichas de cartón". Por alguna razón, González se expresa como si solo hubiera leído la obra compuesta por Maquiavelo en su calidad profesional de asesor o justificador de gobernantes, ya que omite el gran tratado político de Maquiavelo, sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en donde da a conocer su defensa del republicanismo y por lo tanto le dedica una cantidad significativa de espacio a la corrupción como "categoría de análisis". En realidad, para Maquiavelo la virtud es la base de la república y la corrupción lo que explica el colapso de esta última (de paso, incurrimos en una descarada publicidad no convencional al remitirnos al cap. 2 de Razones públicas. Seis conceptos básicos sobre la república de Katz Editores: Harry Potter).

Quizás el punto de González sea que, para citar al inimitable Ricardo Forster, la plusvalía descansa sobre una "una impresionante maquinaria comunicacional, una fábrica de sueños, de imágenes y de ficciones trabaja sin descanso para determinar nuestros hábitos y nuestras 'necesidades' que, siendo una invención del mercado, acaban por convertirse en imprescindibles para nuestras vidas aunque antes nos arreglábamos muy bien sin esos objetos artificiales" (click). Semejante consideración vendría muy al caso si a algún presidente se le ocurriera inaugurar fábricas de lavarropas o embotelladoras de bebidas refrigerantes comercializadas a escala planetaria. Quedamos debidamente advertidos.

miércoles, 20 de abril de 2016

Un Llamado a la Solidaridad



Las autoridades de la Feria del Libro se han visto obligadas a ponerse en contacto con la redacción del blog debido a la irresponsabilidad supina de quien no tuvo mejor idea que difundir el rumor según el cual mañana en la apertura misma de dicha Feria iba a estar disponible un libro que está a punto de aparecer (Razones públicas. Seis conceptos básicos sobre la república de Katz Editores) y cuya autoría corresponde a uno de los redactores del blog (por si hubiera alguien interesado en saber de cuál se trata, según la precisa terminología del Senador Pichetto esta persona es el único que cae bajo la descripción de “medio argentino”).

En efecto, a raíz de este rumor hay una verdadera multitud que acampa hace días bajo la lluvia y el viento (de hecho, hasta entonan las estrofas del “Viejo Matías”) en los alrededores del predio de Palermo. El número de personas es tal que muchas y muchos no solo venden sus lugares en la fila, sino que sendos comerciantes hacen pingües ganancias a lo largo de las nutridas y serpentinas formaciones, por no decir nada del entorpecimiento del tránsito que produce ese océano humano. Sin embargo, la preocupación mayor de los que organizan la Feria es que temen seriamente la reacción de la multitud toda vez que mañana, cuando se abran las puertas de la muestra, se encuentren con que no haya ejemplares disponibles en la mencionada Feria.

Nos vemos entonces obligados nosotros mismos a desmentir el rumor para de ese modo poner nuestro granito de arena en aras no entorpecer el normal desarrollo de las actividades de la Feria y de controlar el daño en la medida de lo posible, contribuyendo de este modo a la conservación del orden y de la paz públicas.

Les dejamos a nuestros lectores un muy pobre sustituto del libro, i.e. información acerca del libro en la página de la editorial: el índice, un fragmento y la página del libro. Y por si alguien no aguantara le dejamos también un video sobre la teoría del conflicto y de la autoridad republicanas, que pueden servir como adelanto de los capítulos 3 y 4 del libro, respectivamente. Después no van a poder decir que no les avisamos. 

sábado, 16 de abril de 2016

Entre Giardinelli y Bruschtein nos quedamos con Mengolini



Dado que hemos estudiado tanto tiempo al kirchnerismo, es más que comprensible que continúe nuestra fascinación al respecto. Por si hiciera falta, aclaramos que nuestro interés por el kirchnerismo no se debe a que sus oponentes sean genuinos republicanos, sino a que lisa y llanamente nos sigue sorprendiendo día a día, lo cual no hace sino provocar un incremento de nuestra fascinación. 

Tomemos, por ejemplo, el pensamiento de Mempo Giardinelli, quien si bien no se reconoce como kirchnerista, suele tener opiniones no menos fascinantes al respecto. Giardinelli cree que “si acaso la familia Kirchner o los Sres. Báez, López, De Vido, Boudou o cualesquiera otros funcionarios hicieron indebidos negocios… lo que habría que hacer son investigaciones serias, probanzas claras si las hubiere, y entonces, velozmente, o condenas precisas o bien disculpas públicas” (Página 12). Como se puede apreciar, Giardinelli se esfuerza palmo a palmo con Hernán Brienza para convertirse en el Sergei Bubka de la tautología, ya que parafraseando aquella línea memorable del personaje de John Gielgud en “Arturo, el millonario” (la versión original, no ese esperpento recientemente perpetrado), si decir tautologías fuera un deporte olímpico, Giardinelli enorgullecería a su país. En realidad, hay varios deportes en los que podría destacarse en caso de que se convirtieran en olímpicos. 

Lo que le llamará la atención a nuestros lectores es la concesión hipotética o contrafáctica de Giardinelli. ¿Tiene sentido acaso explorar la absurda posibilidad de que la mismísima familia Kirchner estuviera involucrada en negocios indebidos? Quizás la mencionada concesión sea meramente per impossibile, i.e. una proposición solamente invocada en aras de la argumentación para mostrar otro absurdo probablemente inferior, tal como, v.g., Hugo Grocio concediera alguna vez la inexistencia de Dios para mostrar el absurdo de la inferencia según la cual la moral es arbitraria. 

Luis Bruschtein, por suerte, en su nota de hoy toma un camino mucho más reconfortante y tranquilizador al sostener que los kirchneristas “son personas decentes y trabajadoras como la mayoría de las personas de cualquier pensamiento político. No les gusta la corrupción y detestan a los ladrones. Simplemente no creen y rechazan las acusaciones contra la ex presidenta porque son conscientes en [sic] el contexto interesado en que son y fueron promovidas” (Página 12). Como se puede apreciar, Bruschtein descarta completamente la veracidad de las acusaciones en contra de al menos un miembro de la familia Kirchner debido al contexto en que dichas acusaciones han sido formuladas. 

Ahora bien, en nuestra condición de abogados del diablo (y no porque creamos que las acusaciones contra la familia Kirchner tengan siquiera un ápice de asidero) y siendo muy conscientes del riesgo de ser acusados de caer bajo la descripción de “a Uds. no hay [para ser elegantes] nada que les venga bien”, nos vemos obligados a volver a traer a colación un punto que ya nos había llamado la atención en una de las tantas Cartas Abiertas que tuvimos el placer de leer. En efecto, nuestros lectores recordarán, si es que tenemos lectores y si es que nos leían en aquel entonces, que Carta Abierta, con razón, insistía en que las razones por las cuales Clarín denuncia al kirchnerismo no son precisamente morales, si se nos permite el eufemismo. Nótese que si bien la sabiduría popular ya cuenta con un muy elocuente apotegma al respecto: “Clarín Miente”, este apotegma no hace referencia al contexto sino al contenido. El punto de Bruschtein, sin embargo, es que una acusación es falsa debido a su contexto.  

En aquel momento, de hecho, habíamos decidido estipular que Clarín es el Diablo, fundamentalmente para no perder tiempo. Sin embargo, nobleza obliga, el problema subsistía ya que, y ahora nos vamos a citar, “no podemos descalificar el contenido de la denuncia sólo por su fuente. Vamos a dar un ejemplo extremo. Hasta Hitler puede decir la verdad, aunque nadie deseara creerle, tal como lo muestra el caso de la matanza de Katyn. En efecto, Hitler tenía razón cuando protestaba a los cuatro vientos no haber matado a los 20.000 oficiales e intelectuales polacos encontrados muertos en los bosques de Katyn, porque la matanza fue realizada por los soviéticos. Nadie, por supuesto, tiene ganas de creerle a Hitler, pero las creencias no tienen nada que ver con las ganas (al menos por lo que se sabe hasta ahora de la psicología humana y del mundo)” (Carta Abierta: Lo justo). Si ahora simplemente añadiéramos a la consideración de la fuente de una denuncia su contexto (Hitler se moría de ganas de mostrar que, para variar, había una matanza que no era suya), da la impresión de que el argumento de Bruschtein empezaría a ceder terreno peligrosamente. 

En fin, nos parece que entre la posición de Mempo Giardinelli y la de Luis Bruschtein, nos quedamos con la de Julia Mengolini: “La corrupción no quita lo bueno del proyecto político” (¿Qué son los Gobiernos sino... ?). Nuestros héroes serán personas de, en las palabras de Giardinelli, “dudosísima moralidad”, pero son héroes y son nuestros.   

sábado, 9 de abril de 2016

La Historia nos asiste



Los Dioses nos sonríen. Mempo Giardinelli, a pesar de, o precisamente debido a, la debacle popular causada por el triunfo del macrismo, continúa publicando sus extraordinarias columnas en Página 12, las cuales siempre nos dejan pensando.

Como es de costumbre, MG arranca con una gran verdad, aunque quizás no tan grande como la nuestra, como le solía decir Mario Mactas a Rolando Hanglin en “El Gato y el Zorro”: “el Gobierno y los grandes medios le mienten a la sociedad” (click). En realidad, que los grandes medios le mientan a la sociedad no es exactamente una novedad. Eso es precisamente lo que hacen los grandes medios. Lo que es indudablemente una noticia es que el Gobierno mienta. Si hay algo que caracterizó al kirchnerismo a lo largo de la muy bien llamada década ganada es que jamás le mintió a la sociedad. Otra gran verdad es que López y Báez son perseguidos por los grandes medios, una verdad tan grande que nos exime de referirnos a ella. 

Sin embargo, no es la mentira lo que más le preocupa a MG, sino “cómo gran parte de los argentinos tragan inadvertidamente tantas galletitas envenenadas”. La explicación de este hecho es muy simple. En primer lugar, el Gobierno anterior quizás repartía galletitas pero sin veneno. En segundo lugar, ahora la gente se sirve estas galletitas envenenadas inadvertidamente, es decir, precisamente porque no se da cuenta. La gran pregunta entonces es por qué la gente no advierte el veneno que contienen las galletitas. La respuesta de MG: se debe a “esa ingenuidad ancestral de todos los pueblos”. 

No podríamos estar más de acuerdo con MG. La gente es ingenua amén de estar “manipulada mediáticamente”. La única duda que nos surge, y que solamente expresamos en aras de la argumentación y/o por mera curiosidad científica, es por qué la ingenuidad emerge (y la manipulación mediática influye), v.g., ahora, pero no en los últimos doce años. Quizás en una nota subsiguiente MG aclare este punto. 

También nos llama la atención a qué apunta MG cuando dice que “todos estos mismos que hoy gobiernan esta república” estuvieron “en contra” de “la educación pública”, “el divorcio”, “el matrimonio igualitario”, etc. ¿Será que MG está sugiriendo que la Iglesia Católica gobierna hoy la república?

Sin embargo, la tesis más provocadora que defiende MG en esta nota es que “el presente argentino implica… el retorno en muchos aspectos a los viejos, malignos tiempos de la dictadura”. Que el gobierno de Macri sea una dictadura no es exactamente una novedad. Lo fascinante de la posición de MG es que han vuelto los “tiempos de la dictadura” sin que esto implique que “la dictadura retorne", ya que Macri, por increíble que parezca, ha triunfado “gracias al voto mayoritario”.

Es natural que una tesis fascinante como la de MG nos deje perplejos: hemos vuelto a los tiempos de X, pero X no ha vuelto. ¿Qué quiere decir MG con esto? En primer lugar, habría que reconocer que lo que dice MG, como siempre, es absolutamente cierto. Cuando uno viaja a Miramar, por ejemplo, uno retorna a dicha ciudad, al menos si ya había ido antes, sin que la ciudad retorne, ya que las ciudades no viajan. Claro que, obviamente, la dictadura no es una ciudad. 

En segundo lugar, si lo único que queda de la dictadura es su época pero no la dictadura, en el fondo, a pesar de que nos parezca que Macri es un dictador, en realidad no lo es. Por el contrario, lo que está diciendo MG es que hemos vuelto a los 70 pero sin la dictadura, que fue precisamente lo peor que nos pasó en esa época. Es como si MG dijera que hemos vuelto a los 30 pero sin el nazismo. Es difícil no concluir que hicimos negocio. A su modo, y por extraño que parezca, entonces, en lugar de criticar al gobierno de Macri, MG en realidad lo está defendiendo.

Así y todo, es difícil no concluir que MG está criticando a Macri después de todo. En efecto, ¿qué sentido tendría, si no, decir que “los programas de ajuste siempre, en todos los tiempos y todas las sociedades, más temprano que tarde son rechazados por los pueblos”, y/o que “nos asiste la Historia, ese frondoso muestrario de que los conservadores, los retrógrados, los neoliberales y los reaccionarios detona laya, a la larga, siempre, siempre, son los que pierden”? 

Lo que resulta increíble, sin embargo, es el esfuerzo que ponen los dictadores como Macri (asumiendo que se trata de un dictador, algo que MG mismo pone en duda) en tratar de dominar a los pueblos. No se dan cuenta de que sus esfuerzos están destinados al fracaso. Allá ellos. Para nosotros, es un gran alivio saber que a la larga el pueblo siempre gana. En realidad, a veces nos preguntamos para qué nos hacemos tanta mala sangre. Sea como fuere, tenemos la enorme suerte de que MG continúa escribiendo sus redundantes, aunque siempre provocadoras, columnas.

viernes, 18 de marzo de 2016

Entre Carta Abierta y Julia Mengolini: la Teoría de la Corrupción de Horacio Verbitsky



El discurso sobre la corrupción en nuestro país ha experimentado en los últimos tiempos una curiosa oscilación, particularmente en el caso del kirchnerismo. En efecto, tal como solía argumentar Carta Abierta, la posición originaria kirchnerista era que la corrupción o bien no existe porque, obviamente, “Clarín Miente” (Justo lo que faltaba), o bien era “compleja”, “abstracta”, “estructural”, y tres adjetivos más. Julia Mengolini, sin embargo, acaba de pensar “fuera de la caja” como se dice en inglés para sostener lisa y llanamente que si bien la corrupción kirchnerista indudablemente existe “no quita lo bueno del proyecto político” (gobiernos corruptos pero buenos).

Ahora bien, en un reciente reportaje a la revista Playboy Horacio Verbitsky propone una tesis intermedia, entre Carta Abierta y Julia Mengolini por así decir, según la cual no cualquier caso de corrupción merece nuestra atención, o al menos la de Verbitsky. Como se trata de dos párrafos enjundiosos, convendría transcribirlos para luego extraer de ellos la teoría de la corrupción de Verbitsky (Playboy):

- PLAYBOY: La corrupción es uno de los grandes temas en tu trayectoria periodística. En Robo para la corona está muy bien descripta la sobornización como forma de hacer política. ¿Cómo concebís vos la corrupción en el proceso kirchnerista?
- Verbitsky: Mirá, yo creo que los niveles de corrupción de los gobiernos kirchneristas no han superado el promedio de lo que han sido los gobiernos argentinos que yo recuerde. En el caso del menemismo, que es cuando yo dediqué tiempo y esfuerzo para investigar esas cuestiones, a mí me interesaba ver cómo la corrupción era el precio que se pagaba a un movimiento popular de raigambre histórica por el abandono de las banderas tradicionales. (...). En el caso del kirchnerismo… bueno, el caso de Ezkenazi sin duda es un caso de corrupción, no hay ninguna duda de eso. Ahora, digamos, fue puesto al servicio de una idea, errónea, pero donde también había una idea de política de Estado, también en ese caso la motivación (…). Habrá que esperar que pase el tiempo, a ver los hechos de corrupción, cuáles han tenido o no, alguna explicación vinculada con políticas estatales. Cuáles han sido meramente choreos y cuáles han sido resoluciones berretas, torpes, de temas serios. Como el caso Ciccone. Kirchner, con Repsol, lo que hace es meter al presunto empresariado nacional adentro. Cristina, directamente, expropia. Son dos soluciones distintas, en dos momentos distintos. Lo mismo con Aerolíneas. No sé cuántos casos reales de corrupción ha habido en el gobierno de Cristina. Ha habido un tam tam obsesivo y reiterativo, que impide un análisis en serio. Todo es motivo de denuncia, de sospecha, nunca de prueba. Habrá que esperar.


La curiosidad de los periodistas de Playboy acerca de la posición de Verbitsky sobre la corrupción es más que razonable, ya que se trata de un tema que solía interesarle particularmente pero que dejó de atraer su atención, aproximadamente en los últimos doce años. La pregunta clave entonces es: ¿por qué alguien que le había dedicado “tiempo y esfuerzo” a investigar y denunciar la corrupción gubernamental, sobre todo durante el menemismo, dejó de hacerlo bajo el kirchnerismo?
La respuesta de Verbitsky es que para que él dedique “tiempo y esfuerzo” a la corrupción esta última debe satisfacer ciertos requisitos:

1. superar el promedio de corrupción de los gobiernos argentinos que él recuerde (da la impresión de que según Verbitsky para poder ser encontrado penalmente responsable el acusado tiene que inventar un delito nuevo; haber cometido el mismo delito que otros no es suficiente)
2. ser el precio que se paga por abandonar banderas tradicionales
3. [que en el fondo no es sino la otra cara de 2.] no estar al servicio de una idea (nótese que Verbitsky no es muy exigente al respecto, la idea a cuyo servicio hay que estar bien puede ser “errónea”)
4. estar “vinculada con políticas estatales”
5. no deben ser meramente choreos, torpes o berretas
6. no debe involucrar a la burguesía nacional o expropiaciones
7. no debe haber un tam tam obsesivo y reiterativo al respecto

Como se puede apreciar, el gran aporte que hace Verbitsky es el de proveernos de los elementos básicos para una teoría general de la corrupción que nos permite con bastante precisión anticipar qué actitud tomar respecto a la corrupción, o al menos la actitud que tomará Verbitsky.

En líneas generales, se trata de muy buenas noticias para el gobierno de Macri, el cual puede confiar que Verbitsky no tendrá tiempo ni esfuerzo para denunciar corrupción alguna en la medida en que dicha corrupción:

(1) no alcance una marca tal que supere el promedio histórico de corrupción que Verbitsky recuerde de los gobiernos argentinos (recordemos que en caso de que la suma dé con decimales se debe redondear a favor del cliente),
(2) no abandone banderas tradicionales (como se puede apreciar, la ventaja comparativa que tiene el macrismo sobre el menemismo—y quizás sobre el kirchnerismo—al respecto es gigantesca, ya que en líneas generales no hay una bandera tradicional abandonada por el macrismo, ya que el macrismo jamás tuvo una bandera tradicional),
(3) esté al servicio de una idea (errónea obviamente en caso del macrismo, pero hemos visto que Verbitsky solamente pide ideas, no que sean correctas, con lo cual toda corrupción idealista es bienvenida, o al menos no provoca mayor reproche),
(4) no esté vinculada con políticas estatales (la verdad es que no estamos en condiciones de especificar en qué consiste exactamente este requisito; quizás, y solo quizás, el punto es que, v.g., tener una cadena de hoteles con fondos públicos no esté vinculado con políticas estatales, sino antes bien se trate de un intento de lavar fondos).
(5) ser meramente choreos, torpes o berretas (quedarse con el 80 % de la obra pública de una provincia parece caer bajo esta descripción)
(6) involucrar a la burguesía nacional y expropiaciones (Ciccone, Repsol)
(7) tener un tam tam obsesivo y reiterativo al respecto.

Es una pena que no nos hayamos enterado antes de esta teoría general de la corrupción. Nos habríamos ahorrado muchas discusiones.



miércoles, 16 de marzo de 2016

¿Qué son los Gobiernos, sino grandes Bandas de Ladrones?



La (entendemos) abogada Julia Mengolini ha propuesto una tesis fascinante en relación al kirchnerismo que está destinada a provocar enjundiosos debates. En efecto, para ella “La corrupción no quita lo bueno del proyecto político” (La Nación), a pesar de que la corrupción en cuestión salpica, por así decir, a lo más alto de la conducción de dicho proyecto. Para evitar confusiones e inconvenientes en general, vamos a suponer que la discusión es hipotética antes que empírica, i.e., que la tesis de Mengolini se refiere a la relación entre corrupción y política en general, con independencia de los gobiernos y de si las acusaciones al respecto en este caso son (in)fundadas.

A primera vista, la distinción conceptual entre las consecuencias de un proyecto y los actos cometidos por quienes conducen dicho proyecto es absolutamente correcta. De hecho, para negar semejante distinción habría que suponer que puede existir algo así como una malvadocracia tal que solamente cometiera actos corruptos. En realidad, Platón mismo (y tras él Agustín de Hipona y varios más) ya argumentaba que la cooperación entre quienes no se destacan precisamente por su carácter moral prueba la superioridad precisamente de la virtud en relación a la inmoralidad. Quienes cometen delitos en conjunto y no confían entre sí jamás podrán tener éxito en sus negocios.

En rigor de verdad, hasta el mismísimo nazismo puede haber realizado acciones moralmente justificadas, como por ejemplo castigar—incluso mediante el debido proceso—violaciones u homicidios, o incluso proveer guarderías infantiles para aquellos padres que las necesitaran, a pesar de haber cometido los actos más abominables que pueda concebir una mente humana. Algunos de los propios sobrevivientes de los campos de concentración dan cuenta de unos pocos, excepcionales actos benevolentes por parte de algunos nazis. Si nos tomamos la libertad de hacer referencia a la Segunda Guerra Mundial es porque a la propia Mengolini le gusta hacer referencia a la misma de vez en cuando: Alemania decime qué se siente.

El punto es que hasta los emprendimientos colectivos notoriamente injustificados moralmente necesitan de cierta virtud al menos interna y/o realizan acciones a todas luces justificadas en relación a terceros. De hecho, hace poco una muy interesante reseña en el Times Literary Supplement mostraba que la idea misma de una cleptocracia perfecta—en este caso en la Rusia de Putin—no tenía sentido precisamente por estas mismas razones (TLS).

Claro que Mengolini no se conforma con sostener este difícilmente impugnable minimalismo moral (sea interno y/o externo) de los agentes corruptos, sino que suponemos que, al revés, cree que la corrupción kirchnerista en todo caso sería un accidente dentro de un proyecto normal o genéricamente valioso. En todo caso, Mengolini podría además tomar el camino consecuencialista ya desbrozado por esa verdadera pionera que es Diana Conti (Derecho Penal para todxs) y sostener que para hacer política hace falta dinero, sin ser muy exquisita acerca del modo en el cual dicho dinero es obtenido.

Ahora bien, nos preguntamos si Mengolini está dispuesta aceptar que, tal como se suele decir en inglés, no hay nada extraño en encontrar los términos “corrupción” y “proyecto político” en una misma frase. Imaginémonos, por ejemplo, a los máximos dirigentes de un proyecto político, considerados quizás justificadamente como héroes nacionales, a pesar de que los retratos que, a su debido tiempo, cuelgan en las escuelas, hospitales y dependencias públicas en general los muestran luciendo un traje a rayas debido a que la justicia penal hubiere cumplido con su cometido. En otras palabras, estos mismos héroes nacionales serían delincuentes convictos en tal caso.

Quizás Mengolini tenga razón y el problema no esté en las proposiciones—o en las imágenes para el caso—sino en (algunas de) nuestras mentes, incapaces de advertir la distinción conceptual indicada más arriba. Después de todo, tal como nos lo enseñan las neurociencias (y mucho antes Descartes), muchas veces debemos dudar incluso de nuestras propias mentes.

viernes, 12 de febrero de 2016

La Legalidad es la Legalidad (y la Legitimidad es otra Cosa)



Dos abogados de la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos denunciaron por sedición agravada y por traición a la patria al jefe del Estado en razón de, entre otros, los decretos 13/15 que "disminuye el presupuesto educativo", el 83/15 por el que se postuló a Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz como jueces "en comisión" para la Corte Suprema de la Nación y el 267/15 que disuelve a la Autoridad Federal de Servicios de Comunicaciones Audiovisuales (Afsca) (click).

El fiscal federal Federico Delgado desestimó sin embargo la denuncia al afirmar que el dictado de decretos de necesidad y urgencia (DNU) por parte del presidente Mauricio Macri "es legal", aunque puso en duda su legitimidad. En efecto, según La Nación, que a su vez se basa en Télam, "La práctica que se denuncia es legal, pero es más difícil de sostener que sea legítima", expuso el fiscal en su dictamen. La gran cuestión, entonces, es qué agrega jurídicamente hablando la distinción entre legalidad y legitimidad.

Los primeros en invocar políticamente a la legitimidad frente a la legalidad republicana fueron los defensores franceses de la monarquía luego de la Revolución Francesa. Después de todo, una ley, al igual que una revolución, es el resultado de un proceso en el tiempo y en el espacio, es decir, es un hecho, y por eso carece de toda legitimidad intrínseca. Hoy en día, sin embargo, se supone que la invocación política de la legitimidad, sobre todo, por parte de un fiscal democrático, no se debe a razones monárquicas sino a que los decretos adolecen de ciertos defectos. La gran cuestión es cuáles son dichos defectos, y sobre todo cuál es su naturaleza.

Si la invocación de la legitimidad es una manera de invocar el razonamiento moral o político, se trata de una consideración extra-legal que probablemente apunta a mejorar el sistema jurídico indicando que una disposición legal debería dejar de serlo. En otras palabras, la referencia a la legitimidad es una manera de referirse a lo que debería ser la legalidad, pero, precisamente, no a lo que es legal. Nuestro sistema legal le atribuye al Presidente la facultad de sancionar DNUs, por lo cual mal puede ser un delito algo que es legal. Quizás sea deseable criminalizar dichos DNUs, pero se trata de una propuesta legislativa precisamente, de lege ferenda como les gusta decir a los abogados.

Ahora bien, en lugar de hacer una propuesta de lege ferenda acerca de la necesidad de una reforma constitucional que derogue la atribución presidencial de los DNUs, el fiscal trae a colación una consideración extra-jurídica: "Es tan o más importante que [una atribución legal] sea legítima, porque en la legitimidad se juega la creencia del ciudadano". Es curioso sin embargo que un fiscal medite sobre las condiciones de posibilidad de un sistema jurídico, ya que su tarea consiste esencialmente en perseguir la comisión de delitos, no tanto en meditar sobre el derecho. Un sistema jurídico no solamente requiere que sus súbditos crean en él sino también necesita de un idioma particular, papel, etc., pero no por eso un fiscal debe hacer referencia a las precondiciones de un sistema jurídico.

Por otro lado, el fiscal podría haber determinado la existencia de un delito por parte del presidente de la República. Sin embargo, en tal escenario la legitimidad habría sido tan irrelevante o contraproducente como lo es en la decisión efectivamente tomada por el fiscal. Lo único que hubiera sido relevante en dicho caso habría sido la legalidad.

Obviamente, la legalidad está muy lejos de ser la encarnación de la racionalidad, mal que le pese a sus defensores. De hecho, la legalidad puede eliminar la incoherencia dentro del sistema, pero eso no impidió, por ejemplo, que la esclavitud haya sido un régimen legal durante siglos, quizás la institución legal por excelencia. Sin embargo, nos parece que al mencionar la legitimidad en oposición a la legalidad el fiscal en cuestión no quiso comparar la legalidad de la esclavitud con la legalidad del presente gobierno democrático.

En realidad, una vez que la legalidad democrática de una acción ha sido estipulada, desde el punto de vista jurídico toda otra consideración es superflua, sobre todo si tenemos en cuenta que la legalidad aspira a tener autoridad, es decir, aspira ser acatada con independencia de las creencias y deseos de quienes participan del sistema jurídico (de ahí el viejo eslogan romano dura lex sed lex, algo así como "la ley es la ley"). De hecho, el sentido mismo de la autoridad de la legalidad consiste muchas veces en decidir cuestiones que tienen que ver con lo que algunos llaman "legitimidad", debido a los desacuerdos que existen al respecto (cuestiones como los DNUs y el aborto son apenas dos ejemplos).

Finalmente, alguien podría sostener, con razón, que no debemos confundir la legalidad en el sentido de la existencia de una ley con la constitucionalidad de dicha ley, sobre todo teniendo en cuenta que el control de constitucionalidad es parte de nuestro sistema legal. Sin embargo, para atacar la legalidad de los DNUs habría que plantear la inconstitucionalidad de la mismísima Constitución, una apuesta bastante alta que no parece estar en la mente del fiscal.

En conclusión, la legalidad es la legalidad. Y la legitimidad es otra cosa (que jurídicamente no tiene nada que ver).

martes, 19 de enero de 2016

¿Creerás en Milagro?



Jorge Lanata escribió una nota en Clarín de hoy (click) cuyo título es muy revelador: “Milagro Sala tiene motivos de sobra para estar en la cárcel”. Es una opinión que, además, parece ser compartida por mucha gente.

Sin embargo, se trata, por lo menos, de un grave malentendido. Por irónico que parezca, para ser detenido es notoriamente insuficiente “tener motivos de sobra para estar en la cárcel”. En efecto, para poder detener a alguien (o como se solía decir, para poner en marcha el aparato punitivo del Estado) es imprescindible que la persona en cuestión esté sospechada de cometer un delito y que este mismo delito sea la razón por la cual se la detiene. Es como si, supongamos, Sala hubiera cometido A, B, C, D, .... Y, pero fue detenida por Z, que no cometió. En efecto, la conducta, por la cual Milagro Sala fue detenida (si es que entendimos correctamente) fue la de acampar frente a la Casa de Gobierno de Jujuy, ejerciendo de ese modo un derecho constitucional a la protesta.

Nos vemos forzados a hacer esta aclaración que a esta altura debería ser perogrullesca ya que no pocos creen que, dado que Milagro Sala ha cometido defraudaciones y actos violentos, entonces se la pueda detener por cualquier cosa, incluso por acampar. De hecho, aunque el acto básico de acampar estuviera criminalizado, el derecho constitucional a la protesta justificaría incluso la realización del acto tipificado, tal como se dice en la jerga. Tampoco tranquiliza saber que están buscando y/o encontrando nuevas razones para detener a Milagro Sala, como si una teleología posterior pudiera justificar su anterior detención arbitraria.

Por si no hubiera quedado claro, en un Estado de Derecho el mismísimo Hitler tendría derecho a no ser detenido por un delito que no cometió y/o por acampar y/o por protestar contra las autoridades democráticas. Nuestros lectores quizás recuerden la discusión acerca de si incluso criminales de lesa humanidad cuentan o no con el mismo derecho a estudiar que los demás criminales (click). Sin duda, nuestras emociones suelen inclinarse muy comprensiblemente en contra de Hitler, y por eso nos dejamos llevar por ellas. Huelga decir, no obstante, que al derecho penal no le interesa nuestra psicología.

Si, entonces, "Milagro Sala tiene motivos de sobra para estar en la cárcel", la mera existencia de infinitos motivos es insuficiente. Habrá que embocar exactamente con el motivo, y si no, dejarla libre. El derecho a la libertad solamente se pierde transitoriamente solamente como resultado de detención legal, por supuesto. Cualquier otra cosa es una persecución política, y no en el buen sentido de la palabra, como diría Sacha Cohen.

sábado, 2 de enero de 2016

La Conversión republicana



Es muy curioso. A juzgar por el triunfo electoral del macrismo, aproximadamente a la mitad del país no podía haberle importado menos el republicanismo debido a que votó al kirchnerismo. En efecto, se podrá acusar al kirchnerismo de muchas cosas, pero no de ser republicano.

Para aclarar este punto, antes de seguir adelante convendría caracterizar muy brevemente qué entendemos por “republicanismo”. La republicana es una muy larga y rica historia que abarca diferentes clases de repúblicas y republicanismos,  desde sus orígenes romanos hasta la actual República de Francia, pasando por las repúblicas tardo-medievales, temprano-modernas y la norteamericana, sin dejar de lado varios autores tan diferentes como Cicerón, Maquiavelo, Montesquieu, Rousseau, Jefferson, Kant, Hegel (vengan de a uno), Tocqueville, y siguen las firmas. Así y todo, creemos que los ingredientes de una receta republicana tienen, tal como suelen decir los wittgensteianianos, un aire o parecido de familia entre ellos.

Dichos ingredientes son cinco: libertad (el valor alrededor del cual gira todo el republicanismo, aunque no como inexistencia de interferencia o como auto-control sino como no dominación), virtud (v., v.g., República, corrupción y virtud), debate o conflicto, ley y patria (valga la aclaración, no en el sentido usual del nacionalismo contemporáneo, sino la patria entendida como una noción político-institucional, el espacio que defiende la libertad, la virtud, el debate y la ley).

El ingrediente que no puede aparecer jamás en una receta republicana es César, o su equivalente moderno, el cesarismo. En otras palabras, el republicanismo, debido a su rechazo del cesarismo, se opone a la dominación (política pero además social o económica) y a la corrupción, desconfía de la unanimidad, piensa que la ley está por encima incluso de los líderes más encumbrados, se preocupa por su patria mas no soporta el chauvinismo, y cree, por consiguiente, que el cesarismo es el enemigo natural de la república. Vendría bien un libro que explicara la (in)compatibilidad entre estos cinco o seis ingredientes.

Ahora bien, a raíz de las decisiones tomadas por el macrismo una vez en el poder, ha tenido lugar una inesperada y masiva conversión al republicanismo por parte de quienes hasta el triunfo del macrismo no habían mostrado gran interés que digamos por la agenda republicana. En efecto, muchos kirchneristas han hecho pública su preocupación por la falta de adecuación de algunas decisiones macristas al ideario republicano. En otras palabras, quienes hasta ahora no se interesaron por el republicanismo acusan a los macristas de ser incoherentes, para decir lo mínimo, pero sin advertir que la incoherencia, otra vez para decir lo menos, empieza por casa.

Un ejemplo claro es el de Atilio Borón. Es extraño que se considere republicano alguien que se siente tan cerca del chavismo y del kirchnerismo, dos regímenes decididamente anti-republicanos por su ultra-personalismo y su consiguiente indiferencia respecto de la virtud, el debate genuino, el Estado de Derecho y la patria entendida políticamente como un conjunto de instituciones. Sin embargo, Borón acaba de hacer pública su defensa del republicanismo y su consiguiente preocupación por la debilidad republicana del macrismo: Argentina: de la República al Régimen.

En realidad, el marxismo "de Marx", al revés que el republicanismo, cree que la libertad, particularmente como no dominación, es incompatible con la autoridad del derecho, por lo cual ningún marxista que se precie de ser tal puede ser republicano en sentido estricto. En realidad, el marxismo cree que una vez superada la explotación capitalista el conflicto político desaparecerá y con él la necesidad del Estado de Derecho. En todo caso, el marxismo solamente rescata de la más antigua tradición republicana la noción de dictadura en la forma de la "dictadura del proletariado", para dar el golpe final a la dominación capitalista y por lo tanto al conflicto político mismo. De hecho, cuando el filósofo del derecho marxista Evgeny Pashukanis le recordó al stalinismo la incompatibilidad entre el derecho y el comunismo, semejante recordatorio le costó la vida.

El republicanismo, en cambio, cree que el conflicto político sobreviviría incluso a la desaparición del capitalismo y es por eso que cree que el conflicto político y la autoridad del derecho son dos caras de la misma moneda.

Nótese que la cuestión que nos interesa aquí y ahora es conceptual. No estamos afirmando la superioridad o la inferioridad de los discursos en juego sino solamente su caracterización, qué es cada cosa. Nótese también, precisamente, que el macrismo, a su modo, y sin entrar en el análisis de sus decisiones recientes, continúa la tradición hiperpersonalista de agregar el sufijo –ismo a un apellido para designar un discurso político, por no decir nada de varias de sus recientes medidas.

Pero, y este es nuestro punto, de ahí no se sigue que quienes critican al macrismo sean eo ipso republicanos. En todo caso, quienes simpatizan por el kirchnerismo pueden acusar al macrismo de ser incoherente, pero eso no los convierte en republicanos. Por supuesto, abandonando la discusión conceptual, si resulta que no solamente se comportan estratégicamente sino que efectivamente han visto la luz como San Pablo en el camino hacia Damasco, bienvenidos sean los conversos a la Iglesia republicana. Los esperamos con los brazos abiertos.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Sobre la República, la Corrupción y la Virtud



El veredicto condenatorio del Tribunal Oral en lo Criminal Federal nro. 2 a raíz de la así llamada “Tragedia de Once” indica muy a las claras los efectos que puede provocar la corrupción en el Estado: un delito contra la administración pública puede hacer literalmente estragos. No hace falta siquiera tener conocimientos jurídicos sino exclusivamente sentido común para entender cómo impacta la corrupción pública en el bienestar de las personas.

Sin embargo, si bien la corrupción no es reivindicada por nadie—al menos en público—debido a su infame reputación, no suele ser un objeto de preocupación política, al menos en nuestro país. De hecho, si y cuando la corrupción llega tener repercusión electoral alguna, eso se debe en realidad a que se trata de un efecto colateral de una seria crisis económica. Como muestras, bastan los botones del menemismo y del kirchnerismo: los evidentes casos de corrupción en los que se vieron envueltos solamente tomaron estado público una vez que sus caudales electorales se vieron mermados por razones de índole económica.

Es por eso que quisiera aprovechar la oportunidad no tanto para enfatizar el obvio impacto que tiene la corrupción en la vida de los ciudadanos en casos tales como la Tragedia de Once, sino para dar cuenta del énfasis republicano en la corrupción, uno de sus verdaderos caballitos de batalla.

La preocupación republicana por la corrupción no es sino la otra cara de su defensa de la virtud como un elemento constitutivo de la política. Tal preocupación le ha valido al republicanismo el mote de querer moralizar lo político. En efecto, se suele creer que quienes invocan la virtud republicana lo hacen para ubicarse como los únicos representantes del pueblo y por lo tanto como los únicos justificados en tomar decisiones políticas, degradando de este modo a sus adversarios al status de seres corruptos.

Sin embargo, la idea de virtud no tiene en sí misma connotaciones morales. Algo o alguien es virtuoso cuando desempeña correctamente su función. La virtud de un ciudadano, entonces, dependerá de cuáles son las funciones que debe desempeñar. De ahí que la virtud cívica republicana está muy lejos de ser perfeccionista o inquisitorial. Precisamente, Montesquieu en su celebrado tratado El Espíritu de las Leyes caracteriza a la virtud republicana como una virtud típicamente “política”, “el resorte que hace mover al gobierno republicano”, ya que exige cierto comportamiento mínimo que permite el normal desenvolvimiento del sistema político. Después de todo, no hay que olvidar que en el caso de una república, los ciudadanos no solamente cuentan con un sistema político sino que en el fondo son el sistema político.

Es por eso que la virtud cívica cumple con varias tareas bajo un régimen republicano. En primer lugar, desempeña un papel motivador fundamental. No solamente los ciudadanos participan de la vida cívica gracias a la virtud, sino que la virtud misma es la que explica por qué los ciudadanos entienden la libertad como la inexistencia de dominación y por lo tanto no toleran quedar expuestos al arbitrio de los gobernantes, sino que solamente se rigen por las normas y principios del Estado de Derecho.

En segundo lugar, la virtud cívica es decisiva ya que en una república quienes ocupan los cargos ejecutivos, legislativos e incluso los judiciales son los ciudadanos. La calidad de las decisiones de dichas instituciones dependerá de las deliberaciones que tengan lugar en dichas instituciones, las cuales a su vez dependerán en última instancia de las condiciones de quienes las compongan. Un devoto republicano como Maquiavelo creía precisamente en la superioridad de la república debido a la virtud de sus ciudadanos: “muy pocas veces se ve que cuando el pueblo escucha a dos oradores que tienden hacia partidos distintos y son de igual virtud, no escoja la mejor opinión y no sea capaz de comprender la verdad cuando la oye” (Discursos sobre la primera década de Tito Livio). En tercer lugar, la virtud cívica asegura que la opinión pública, que no es sino la opinión de los ciudadanos, controle los actos de los tres poderes del Estado.

De hecho, según Maquiavelo, la conexión entre la república y la virtud era tal que una vez instaurada la república Roma “pudo rápidamente aprehender y mantener la libertad”; sin embargo, luego del advenimiento del cesarismo, ni siquiera “muerto César” o incluso “extinta toda la estirpe de los Césares” jamás pudo Roma volver a establecer la república. ¿La explicación? Otra vez: es la virtud, estúpido. Las mejores instituciones republicanas están perdidas si no se componen de ciudadanos virtuosos.

La cuadratura del círculo del republicanismo moderno es cómo lograr que los ciudadanos sean virtuosos y/o que el régimen político no sea corrupto. Por ejemplo, la antigua república de Roma apelaba a la censura, una institución cuyo solo nombre hoy en día es impronunciable pero que originariamente monitoreaba el carácter moral de los ciudadanos, sobre todo los que ocupaban cargos públicos.

Hoy en día semejante monitoreo moral no es fácil de reconciliar con nuestra defensa de la autonomía como un valor fundamental. Sin embargo, una educación genuinamente cívica podría y debería lograr que el rechazo de la corrupción forme parte de la identidad misma de los jóvenes y que por lo tanto que se convierta en un tema con repercusiones electorales independientemente del estado de la economía y mucho antes de que tengan que intervenir los tribunales para castigar las proyecciones criminales de la falta de virtud. Otro preciado factor con el que contamos hoy en día sin apartarnos de la defensa liberal de la autonomía es la existencia de un poder judicial independiente, sobre todo en su cúspide. El veredicto de ayer es un paso en la dirección correcta.

Fuente: Bastión Digital.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Catón va al Cine



Quizás nos equivoquemos, pero a esta altura no nos queda otra alternativa que suponer que a los lectores de La Causa de Catón les gusta el cine, y por qué no decir la televisión, tanto como a Catón. De ahí que hayamos decidido terminar el año con una selección de todas las entradas del blog, elegidas según las escenas de películas o programas de televisión que contienen, ordenadas a su vez según su género o programa. Creemos que se trata de una excelente oportunidad para entretenerse solo o en familia, reírse (a veces) un rato y, al releer las entradas, quién sabe, hasta pensar un poco (Dios quiera). Si contara con adeptos la iniciativa, podríamos incluso votar la mejor (o peor) película (o por qué no la entrada) del blog.

Cabe recordar que a la derecha de la pantalla hemos agregado recientemente algunas etiquetas temáticas que suponemos harán las delicias de nuestros lectores, convenientemente designadas: Brienzana, Carta Abierta, Forsteriana, GiardinellianaHoratiana.

Que disfruten de los videos, muchas felicidades para estas fiestas y feliz año nuevo!


Comedia
Mejor Imposible
El Joven Frankenstein
La Vida de Brian I
La Vida de Brian II
La Máscara

Drama
La Reina
La Naranja Mecánica

Musicales
El Hombre de la Mancha
Todos te dicen te amo

Románticas
Tienes un Email
Hechizo de Luna

Televisión
Bing Bang Theory No es lo que parece
Bing Bang Theory French Toast

El Show de Dave Letterman

Mickey Mouse (Pluto)

Monty Python Four Yorkshiremen
Monty Python La Clínica de la Discusión
Monty Python Sketch del Restaurant
Monty Python El Ministerio de los Andares Tontos
Monty Python Libro de Frases Húngaras