miércoles, 23 de abril de 2014

Es Hora de Auto-crítica

Según Página 12 de ayer la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner invitó al sector político, junto al empresario y al económico, a “hacer una autocrítica de lo que hicieron en los años ’90” (click). La idea era que los menemistas hicieran su autocrítica.

No faltarán los que se apresurarán a señalar que los mismos padres fundadores del kirchnerismo deben encabezar la fila de quienes deben llevar a cabo semejante autocrítica entonces. En su defensa, estos críticos podrían invocar pruebas como la siguiente:




Ahora bien, nótese que Néstor Kirchner en ningún momento dice ser menemista. Sólo sostiene que Menem había sido el mejor presidente desde Perón (sobre todo por su apoyo financiero a las provincias patagónicas, lo cual implicaría que Cristina se equivoca al decir que Santa Cruz no recibió tal apoyo). Por lo demás, hasta el momento en que Kirchner hizo esa afirmación, ni Néstor ni Cristina habían sido presidentes: hoy seguramente habría dicho algo completamente diferente.

Finalmente, ¿qué significa ser menemista? ¿Elogiar a Menem, por razones de principio o de oportunismo político? ¿Qué es mejor, o peor? Hernán Brienza, una vez más, tiene razón: no nos merecemos a Cristina.

jueves, 17 de abril de 2014

Una Cuestión de Principios





Los linchamientos no sólo han provocado un debate acerca de su justificación, sino que han originado también una discusión paralela acerca de cuál es su relación con el delito común. En efecto, Alejandro Katz, por ejemplo, ha sostenido en varios lugares que “El que le pega a un delincuente es peor que ese delincuente” (v.g.: click). La tesis de Katz en realidad consiste en que tanto el así llamado linchador como el que es linchado son delincuentes, pero la conducta del primer delincuente es mucho más disvaliosa que la conducta del segundo. Katz tiene razón.

La razón principal por la cual el linchamiento es peor que el delito común consiste en que mientras quien comete un delito común sólo busca salirse con la suya, el linchador cae bajo la descripción del delito principista o ideológico, el cual se caracteriza por contener al menos un ensayo de justificación. Decimos que se trata sólo de un ensayo ya que dicho intento, como decía Tu Sam, puede fallar. Un miembro del KKK o de las SS solían invocar una justificación para sus actos, la cual sólo hacía su acción tanto más grave que la de un mero homicida. El hecho de que el delincuente ideológico no sólo siga una causa sino que esté dispuesto a dar su vida por ella hace que sus actos sean más disvaliosos aún.

El disvalor mayor del acto proveniente de su pretendida justificación podría sorprender a quienes creen que todo acto principista es por eso moralmente superior, lo cual a su vez podría ser explicado por cierta escasez de principios en un mundo que se guía fundamentalmente por el auto-interés. Sin embargo, hay casos en los cuales es preferible tratar con delincuentes comunes que con personas cuya abnegación sirve una causa inmoral, o personas que cometen actos aberrantes al servicio de causas nobles. Ya habíamos tratado en otra oportunidad la tesis de Marcos Aguinis según la cual la Hitlerjugend era moralmente superior a La Cámpora (Al menos tenían ideales) en la cual habíamos dicho que si estuviéramos en un campo de concentración nazi o stalinista para el caso preferiríamos que quienes estuvieran a cargo de dicho campo fueran corruptas y no gente de principios. 

En resumen, mientras que el delito común sólo refuerza la necesidad de la autoridad estatal, el delito principista pone en duda a la autoridad misma del Estado, ya que cree ser moralmente superior a la misma. Quienes creen que el Estado es esencial para proteger los derechos individuales no pueden darse el lujo de poner en duda su autoridad punitiva.

martes, 15 de abril de 2014

Alto Nivel de Kirchnerismo en Sangre

Gracias a un video de anoche que apareció esta mañana en los diarios nos hemos enterado de que D'Elía es insulino-dependiente:




Quién sabe, la información que aporta este video podría ser de mucha ayuda para quienes se preguntan no sólo por las oscilaciones políticas de D'Elía (por ejemplo, en relación al Papa Francisco), sino además y fundamentalmente por qué se convirtió en uno de los voceros más conocidos del kirchnerismo. De hecho, los adelantos de la medicina permiten dar cuenta de muchos comportamientos que a primera vista parecen inexplicables. Nuestros lectores seguramente también estarán pensando en esta otra escena del musical de Woody Allen:


domingo, 13 de abril de 2014

¿Linchamientos cívico-militares?



Nos hemos enterado de que los linchamientos de los últimos días en nuestro país han sido objeto de una comparación con el terrorismo de Estado. La comparación, hasta donde sabemos, fue hecha al menos por Gustavo López, ex funcionario del Gobierno de Raúl Alfonsín y actual Subsecretario General de la Presidencia de la Nación (click), amén del conocido actor y abogado Gerardo Romano (click).

Dicha comparación nos llama la atención por dos grandes razones. En primer lugar, la comparación en sí misma, o como diríamos en la jerga, la cuestión conceptual. ¿Qué tienen en común un linchamiento y un acto terrorista de Estado? Precisamente, nada. Para empezar a hablar, mientras que los linchamientos suelen ser espontáneos, el terrorismo de acto fue producto de una cuidadosa planificación. Por lo demás, y fundamentalmente, mientras que un linchamiento típicamente es un acto cometido por la sociedad civil, un acto terrorista de Estado no tiene otra alternativa que haber sido cometido por el Estado. En otras palabras, creer en un linchamiento de sociedad civil y de Estado es una contradicción en sus términos, sobre todo para quienes creen que la expresión terrorismo de Estado es una redundancia.

La segunda razón por la cual nos llama la atención esta comparación entre el linchamiento y el terrorismo de Estado es de naturaleza esencialmente política. En efecto, la comparación es bastante halagadora para quienes cometieron actos terroristas desde el Estado. Hasta aquí, nadie ha tratado de justificar el terrorismo de Estado. Pero como lamentablemente parece haber gente dispuesta a justificar los linchamientos a pesar de que implicaría justificar un crimen, el acercamiento conceptual entre las dos nociones sólo puede jugar a favor del terrorismo de Estado. En efecto, merced a dicho acercamiento parece haber gente dispuesta a parafrasear ¡otra vez! al personaje de Sacha Cohen en “El Dictador” y a creer entonces en que existe algo así como terrorismo de Estado en el buen sentido de la palabra.

Finalmente, como ni López ni Romano dan la impresión de ser gente cercana al terrorismo de Estado, nos llama la atención que hayan sido ellos los que suscriben a la comparación. Por alguna razón, ellos también han caído en la tentación de creer que todo lo que es moralmente repudiable se debe al terrorismo de Estado, así como muchos otros suponen que todo lo que es digno de elogio es por lo tanto democrático. Semejante hábito sólo confunde las cosas. En el fondo, creer que el terrorismo de Estado es el responsable de los linchamientos es sólo una manera más o menos consciente de desviar nuestra atención sobre la responsabilidad de semejantes actos de salvajismo, particularmente de sus condiciones de posibilidad.  

viernes, 4 de abril de 2014

Son Linchamientos, y no en el buen Sentido de la Palabra

La discusión sobre los linchamientos, la cual supone la idea misma de que puede haber algo así como un linchamiento justificado, parece un homenaje indirecto al sutil sentido del humor de Sacha Cohen en su película "El Dictador", cuando su personaje hace referencia al fascismo pero "no en el buen sentido de la palabra". También nos hizo acordar a la famosa escena de "La Vida de Brian" sobre la lapidación, en la que habrán pensado obviamente todos los iniciados apenas se enteraron de la discusión en virtud del sentido grotesco de la misma:




si no fuera porque el linchamiento es uno de los delitos más serios que se pueden cometer y que varios políticos, y no sólo políticos, parecen estar tomándose el debate en serio. 

La Presidenta, por su parte, también mostró cierto sentido del humor al sostener que la respuesta a la violencia es la inclusión social (click), ya que se suponía que después de una década de redistribución equitativa del ingreso no podría haber semejante exclusión como la que todavía existe, la cual precisamente provoca los linchamientos para empezar a hablar.

Finalmente, los que dicen no justificar los linchamientos sino "comprenderlos" como el PRO y el Frente Renovador (click), también son graciosos a su modo. En efecto, mal puede alguien emitir un juicio sobre algo si no lo comprende antes. Por lo cual, la comprensión en este caso o bien es redundante, o peligrosamente contradictoria porque sugiere que en el fondo el que comprende además justifica el linchamiento.   

lunes, 31 de marzo de 2014

Delito y Teología



A los no pocos problemas que tenemos en este país, se han sumado ahora los linchamientos callejeros de personas sospechadas de haber cometido un delito al parecer—al menos hasta ahora—contra la propiedad.

La primera reacción ante episodios de esta naturaleza es la de dar rienda suelta al impulso de hablar de tales episodios en términos de un estado de naturaleza hobbesiano, a pesar de que semejante comparación no es del todo apropiada, tal como lo habíamos discutido alguna vez (Hobbes no era hobbesiano).

Ahora bien, la explicación de esta clase de fenómenos no es fácil de reconciliar con el relato del que se enorgullece el Gobierno Nacional. En efecto, si la explicación del delito es fundamentalmente socio-económica (y hasta ahora las ciencias sociales han mostrado que lo es) y si este país ha crecido de modo vertiginoso durante los últimos diez años y por ende redistribuido su ingreso equitativamente de forma inaudita merced a las políticas públicas del Gobierno, ¿por qué semejantes linchamientos? Es más, ¿por qué el Gobierno mismo se ha visto en la necesidad de poner en movimiento cada vez más fuerzas represivas para combatir la “inseguridad”, al punto de que la Presidenta misma se vio obligada a reprocharle por cadena nacional a los jueces penales su desidia ante el crecimiento del delito?

Ya habíamos visto que este Gobierno tiene una explicación a su disposición alternativa a la socio-económica, según la cual la raíz del delito es lisa y llanamente teológica (v.g. De Maistre ataca de nuevo). Quizás en otros países la redistribución del ingreso haya hecho disminuir las tasas de criminalidad (al menos las relativas a los delitos contra la propiedad). En Argentina, sin embargo, la redistribución récord en lugar de haber atenuado los índices de criminalidad parece haber ha despertado aún más la codicia humana, a tal punto que por momentos es difícil resistir la conclusión de que en este país hay una desmedida concentración de pecado y desolación, como si Dios se hubiese ensañado con este país, debido probablemente a que la caída aquí hubiese sido mucho mayor que en el resto de la creación, todo esto en un país que solía enorgullecerse de creer que Dios era argentino.

Las ventajas de la explicación teológica no sólo consisten en que esta última explica el comportamiento delictivo de quienes atentan contra la propiedad privada, sino que además explica el comportamiento criminal de quienes participan de su linchamiento.

Una de las desventajas, sin embargo, de la explicación teológica del pecado y de la autoridad que se supone debería ponerlo a raya, es que a esta tesis no le resulta fácil explicar por qué o cómo quienes nos gobiernan han escapado de las consecuencias pecaminosas de la caída que explican el comportamiento delictivo de sus súbditos. ¿Por qué en lugar de, v.g., hacer cumplir el derecho, los funcionarios del Gobierno no se dedican a actividades ilegales? En otras palabras, la caída debió haber arrastrado a todos los seres humanos, tanto a los probables sospechosos como a los eventuales gobernantes.

Pensándolo bien, quizás el Gobierno tenga razón y esta tesis tenga mucho mayor poder explicativo del que parece tener a primera vista.  

lunes, 24 de marzo de 2014

Tu querida Presencia



Hernán Brienza nos tiene mal acostumbrados. Ha revolucionado no sólo el ámbito de la filosofía del derecho con su nueva teoría de la responsabilidad en defensa de la designación de Milani (la ley de Brienza y big bang Brienza), sino que además ha transformado de raíz la filosofía moral al habernos explicado por qué no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés), y por si esto fuera poco además ha incursionado en el sancta sanctorum de la filosofía, la ontología, para una defensa general por no decir metafísica del Gobierno (la ontología de Brienza), y todo esto sin siquiera ser filósofo, sino politólogo e historiador. Nos preguntamos qué no habría hecho Brienza en el campo de la filosofía, si tan sólo se hubiera propuesto dedicarse completamente a ella.

Pero Brienza, muy probablemente envalentonado por el éxito de sus proyectos intelectuales anteriores, ahora se ha embarcado en una empresa que empalidece todas sus hazañas anteriores, la de justificar su presencia en la delegación argentina en el Salón del Libro de París. En efecto, algunos, como Horacio González, han tratado de explicar la ausencia de Martín Caparrós en dicha delegación (para Horacio González, no hay que explicar pasivamente lo sucedido a Caparrós como resultado de una decisión de los organizadores, sino que fue Caparrós mismo el que activamente intervino en la decisión de los organizadores: una cuestión de estilo). Pero absolutamente nadie ha siquiera ensayado una justificación de la presencia de Brienza, quizás debido a que sea mucho más fácil justificar una ausencia que una presencia, aunque no nos animamos a incursionar en cuestiones metafísicas como Brienza. El punto es que Brienza no tenía alternativa. Si él no se defiende, no lo defiende nadie (sólo él puede lograr lo imposible). Y ahí fue otra vez el domingo último, este Quijote exitoso (click).

No van a faltar los mezquinos que dirán que Brienza se contradice en su habitual columna de los domingos, ya que en la misma nota en que ensaya su defensa, él sostiene que “Tener que defenderme de las acusaciones me empequeñece hasta límites que mi humildad no me lo permite” (siendo él humilde por supuesto), y que “estoy convencido, como escribió Antonio Machado que no hay que contestar las acusaciones de los 'pedantones al paño'" (siendo sus críticos "pedantones al paño"). Sin embargo, a ningún gran pensador le podemos exigir el mito pequeño-burgués de la coherencia. Lo que le pedimos es alguna que otra idea, como diría Heidegger, y Brienza nos ha pagado con creces.

Es digno de ser destacado que Brienza bien podría haber usado en su defensa un argumento usual en el campo de la psicología grupal. En efecto, toda delegación necesita cuidar el “grupo”, como se suele decir, y fue este hecho lo que explicó la ausencia de Ramón Díaz y del mismo Passarella en la selección argentina en el Mundial 86, o de Cantoná en la selección francesa en el 98, y tal mal no les fue.  Sin embargo, Brienza eligió no tomar este camino fácil y trillado. Después de todo, una delegación de escritores será un grupo, pero no es un equipo de fútbol. También podría haber argumentado, parafraseando a Horacio González, que su estilo es más suave que el de Caparrós.

Prefirió Brienza, en cambio, una estrategia dual. Por un lado, apelar al viejo escepticismo valorativo: “Una delegación no se mide –si es que es posible medirla– por si estoy o no estoy incluido o incluida. Nadie es tan importante ni imprescindible en la ronda de la literatura argentina actual, quizás porque todavía no está formado el nuevo canon literario”. La pregunta que se harán obviamente los lectores de Brienza es: ¿cómo es que se mide entonces una delegación? Si no hay criterio, podría haber ido cualquiera, con lo cual la presencia de Brienza continuaría siendo inexplicable. Y Brienza mismo debería haber cedido su lugar.

Pero, Brienza no cedió su lugar, probablemente porque cree que su presencia le “parece un gran hallazgo en términos de selección por parte de los organizadores”, y esto a su vez se debe a un segundo argumento de naturaleza lockeana que deja atrás al escepticismo valorativo del primero y revela lo que para muchos era un misterio. Brienza sostiene que “en estos 20 años como periodista y politólogo no he hecho otra cosa que trabajar, trabajar y trabajar” y “escribí seis libros propios, la mayoría de ellos aceptados por los lectores” (uno de estos libros, entendemos, recopila sus notas en Tiempo Argentino, de las cuales hemos extraído la filosofía de Brienza).

Ahora bien, el estándar que usa Brienza en su defensa despeja nuestras dudas al menos, ciertamente, pero podría abrir nuevos frentes de tormenta.  En verdad, ¿cómo explicar la ausencia entonces de, v.g., Ludovica Squirru u Horangel, que vaya uno a saber hace cuántos años que trabajan y cuántos ejemplares de cuántos libros han vendido? (Squirru y Horangel, piadosa y generosamente, se han abstenido de atizar el fuego de la polémica, conscientes quizás del hastío de la discusión). Pero, pensándolo bien, como en nuestro país quizás no hay ningún otro escritor/a que estuviera trabajando hace más de veinte años con seis libros publicados (o más), la única duda, era Ludovica, Horangel o Brienza, en cuyo caso nadie podría culpar al Gobierno de haberse quedado con Brienza.

Finalmente, tomemos el toro por las astas. Muchos malintencionados sospechan que Brienza fue invitado al Salón sólo porque es kirchnerista, como si Brienza siempre hubiese sido kirchnerista (nuestra ilustración indica que no siempre fue así) y como si éste fuera un Gobierno capaz de politizar hasta las multas de tránsito, qué decir un Salón del Libro. Pero, supongamos, per impossibile, y en aras de la argumentación, que éste fuera el caso. ¿Acaso Sartre ocultó su compromiso político con la resistencia? ¿No habría abandonado él probablemente hasta a su propia madre para cumplir con dicho compromiso? ¿Hubo alguien sin embargo que haya dudado de su talento como escritor? Es la humildad de Brienza la que le impide jugar la carta de la comparación con Sartre, y la transparencia de este Gobierno la que decidió que fuera parte de nuestra delegación. Caso cerrado.

sábado, 22 de marzo de 2014

Una Cuestión de Estilo




Muchas veces el Gobierno ha sido acusado de hipocresía, desde su uso idiosincrático de los derechos humanos hasta su muy declamada abjuración de toda devaluación y/o ajuste económico, pasando por su preocupación por un poder judicial democrático. Sin embargo, en el caso del pabellón argentino en el Salón de Libro de París, el Gobierno se ha mostrado tal cual es, en toda su transparencia.

En efecto, en lugar de haber intentado cumplir con las formas de la corrección política de tal forma que los escritores invitados reflejaran el amplio espectro de discusión que muestra la realidad política hace años (gracias al kirchnerismo ciertamente), el Gobierno ha decidido que la lista de escritores incluya sólo a funcionarios, obsecuentes, y escritores reconocidos que no están a favor del Gobierno pero que no nos lo hacen saber a voz en cuello. Un requisito necesario entonces para ser parte de esta delegación era no haber hecho públicas las críticas contra el Gobierno.

Ahora bien, dada la repercusión que ha tenido precisamente la delegación, llama la atención que el Gobierno haya decidido seguir fielmente a sus principios sectarios. En efecto, el problema en el fondo no es sólo normativo, una cuestión acerca de lo que correspondía hacer, sino de conveniencia. Habría sido mucho más racional disponer la mesas sobre cultura y política de tal forma que estuvieran representadas por escritores opositores.

Horacio González, el Director de la Biblioteca Nacional, muy recientemente ha tratado de explicar, v.g., la ausencia de Martín Caparrós. En efecto, en declaraciones a Radio Francia Internacional, González lamentó la ausencia de Caparrós, con lo cual sugirió que Caparrós debería haber sido invitado y de hecho quisieron invitarlo. Pero según González "La forma en que él [Caparrós] desarrolla sus opiniones políticas es muy áspera”. Por supuesto, dice González, “Eso no quiere decir que por eso una persona no deba venir acá, pero esa aspereza termina interviniendo en decisiones a las que vos les adjudicás un carácter político que quizá se refieran a ciertos estilos regidos por una aspereza evidente, que en el momento de hacer las invitaciones tiene cierto peso por parte de la persona que hizo las invitaciones” [aunque las declaraciones de González terminaran siendo inventadas por el periodista que escribió la nota, nadie en su sano juicio podría negar el talento de este periodista para la falsificación, ya que se trata de declaraciones que sólo González podría hacer y que sólo un perito de Sotheby's podría identificar] (click).

Suponiendo que González haya dicho esto en serio y no de modo pythonesco, no debemos sucumbir a la tentación de creer que González se contradice, como si estuviera diciendo (tal como parece ser el caso) algo así como: debimos haberlo invitado a Caparrós y no lo hicimos (y está bien que no lo hayamos hecho), o debimos haberlo invitado y no debimos haberlo invitado. En realidad, González no se contradice ya que su opinión es que la culpa la tiene Caparrós: debieron haberlo invitado, pero su estilo áspero intervino en la decisión de quienes hacían las invitaciones. Fue el estilo el sujeto de la acción, a la sazón, una intervención en la decisión "de la persona que hizo las invitaciones".

Caparrós ya sabe entonces lo que tiene que hacer para que lo inviten: tiene que suavizar su estilo tan áspero, y su estilo podría de tal modo intervenir de modo diferente en la decisión de las personas que hacen las invitaciones. Dejamos a nuestros lectores las reflexiones acerca de la ironía, por así decir, de que González, alguien cuyo estilo merecería la pena de los infames traidores a la Patria o una Corte Marcial, critique el estilo de Caparrós.

Quienes creen que la discusión sobre el Salón del Libro es algo exagerada, tienen razón. El Gobierno ha hecho muchísimas cosas mucho peores. Quizás lo que parece ser entonces una cuestión de principios no sea sino una maniobra de distracción, que está saliendo bastante bien.

lunes, 17 de marzo de 2014

París es una Fiesta

No es ninguna novedad que Argentina es país invitado de honor en el Salón del Libro de París 2014. Tampoco lo es que la delegación integrada por "46 autores nóveles y consagrados, exponentes de las letras y el pensamiento nacional", suscitó cierta polémica, tanto por las inclusiones como por las exclusiones de la delegación. Sin embargo, lo que nos llama la atención son dos de las mesas que forman parte de la Programación del pabellón argentino de dicho Salón (click).

Por un lado, el domingo 23 de marzo a las 15.30hs María Pia López, Eduardo Rinesi, Hernán Brienza y Mempo Giardinelli, con la moderación de Verónica Riera, “abren el debate alrededor de esta cuestión: cultura y política no pueden pensarse por separado”, ya que “En cada propuesta de gestión cultural hay implícita una propuesta política”.

Si bien ya hemos rendido homenaje en más de una ocasión a un exponente de las letras y del pensamiento nacional, y por qué no autor consagrado, de la talla de Brienza (para muestra, basta un botón), no hace falta ser un científico especializado en cohetes para sorprenderse por la concepción de “debate” que subyace a esta mesa. ¿Cuál sería la discusión por no decir el desacuerdo entre los miembros de esta mesa? A primera vista, y para quienes no estamos entrenados en la nanotecnología, no parece haber grandes diferencias entre los miembros de este panel.

Los kirchneristas de la mesa podrían replicar invocando a Donoso Cortés, para quien “la Iglesia, y la Iglesia sola, ha tenido el santo privilegio de las discusiones fructuosas y fecundas” (esperemos que la Iglesia nos perdone la comparación con el kirchnerismo, aunque últimamente se están llevando bastante bien que digamos). De este modo, quizás un debate kirchnerista típico sea:  ¿Néstor o Cristina?¿Horacio González o José Pablo Feinmann? ¿Edgardo Mocca o Sandra Russo? De adentro podrán parecer
cuestiones muy urticantes, pero de afuera no parece haber grandes diferencias. Nos hace acordar a cuando Hobbes en el Leviatán sostiene que si bien la «controversia era grande entre san Pedro y san Pablo, (tal como podemos leer en Ga. 2, 11.), sin embargo no se expulsaron mutuamente de la Iglesia». O a las nimias diferencias que aparecen en la letra de "Let's Call the Whole Thing Off" de Gershwin (la pronunciación de palabras, gustos de comida, etc.).

Sin embargo, es más que comprensible la composición de este panel y por lo tanto la exclusión de, v.g., Beatriz Sarlo, de esta delegación. Bastante vergüenza le hizo pasar a un destacado panel de seis autores nóveles y consagrados, exponentes de las letras y el pensamiento nacional, durante un programa de 678, como para replicar semejante situación esta vez en París, merced al erario público. Si Sarlo quiere seguir haciéndolos pasar vergüenza, que lo pague de su bolsillo.

Otra mesa que nos llama la atención es la del sábado 22 de marzo a las 15hs: “Democracias populares en América Latina”, con Ricardo Forster, Jorge Alemán, Ernesto Laclau, Jorge Coscia, y la moderación de Rodolfo Hamawi. No faltarán los que crean que la composición de esta segunda mesa es más asombrosa que la otra, ya que si nos costaba ver las diferencias ideológicas entre los miembros de la mesa sobre cultura y política, para poder apreciar las diferencias ideológicas entre Forster (click, click 2), Alemán (cuya filosofía democrática neo-rousseauniana habíamos examinado: click), Laclau y Coscia haría falta un microscopio electrónico.

Ahora bien, esta última apreciación es completamente inapropiada, ya que, a diferencia de la mesa anterior, en este caso la palabra “debate” no figura en ningún lado, con lo cual los cuatro hombres de letras, pensadores o autores podrán explayarse a sus anchas sin tener que poner a prueba sus creencias. Es más, la descripción de la mesa es tal que nadie podría razonablemente oponérseles: “En los últimos años han confluido en América Latina una serie de gobiernos progresistas que impulsan programas y políticas inclusivas destinadas a los sectores menos favorecidos, aquellos que en el desempeño de las democracias son los exponentes de lo que falta, la búsqueda de la reparación y la igualdad”. En efecto, ¿quién podría estar en contra de la inclusión, de la búsqueda de la reparación y de la igualdad, en una palabra, de la “democracia popular”? Después de todo, toda democracia es popular. Y si alguien se opone, es porque responde a intereses corporativos, es un enemigo del pueblo.

No podemos terminar sin expresar nuestra sana envidia por los asistentes a este Salón, los cuales tendrán la oportunidad de deleitarse con tan finos pensadores, hombres de letras y autores nacionales. Ojalá fuéramos una mosca apoyada en la pared del paredón argentino, y esperamos ansiosamente, si no un video de los paneles, al menos la crónica de lo acontecido.


lunes, 3 de marzo de 2014

La Ontología de Brienza




Hernán Brienza es un verdadero hombre del Renacimiento, como se solía decir en otra época. No sólo es un historiador de fuste y un escritor de renombre internacional, amén de haber logrado que nos sintiéramos contritos por remordimientos de ingratitud ya que no nos merecemos a Cristina (lo que vos te merecés) y haber revolucionado el pensamiento jurídico-político mediante una nueva teoría de la responsabilidad que explica por qué Milani no puede ser responsable de violación de derechos humanos alguna (la ley de Brienza y big bang Brienza), sino que ahora ha decidido incursionar en la disciplina filosófica de la ontología para explicar por qué él mismo no es un vil adulador como muchos suponen sino un pensador integral.

En efecto, parafraseando al personaje de John Gielgud en la película "Arturo", parecería a primera vista que si la adulación fuera deporte olímpico Brienza habría hecho orgulloso a su país en innumerables ocasiones, habría sido algo así como el Sergei Bubka argentino.

Brienza en su habitual columna dominical en Tiempo Argentino reconoce, sin embargo, que “el ‘relato’ kirchnerista, …, ha sufrido algunas contradicciones en las últimas semanas”. Es más, sostiene que “no siento ninguna simpatía por las medidas” últimas tomadas por el Gobierno: “Ni [por los supuestos funcionarios corruptos ni por] la devaluación… ni la devolución de los trenes a las empresas privadas –sobre todo después de la millonaria inversión que hizo el Estado para que ahora un par de empresas vendan pasajes y cobren subsidios– ni por la toma de deuda”.

Es precisamente por eso que Brienza ahora incursiona en el ámbito de la ontología para impedir que su obstinada militancia sea vista como vil adulación u obsecuencia: “En términos ontológicos, el 'ser' no se define por una etapa determinada de su existencia”. Nos imaginamos el interés que semejante opinión despertará entre los filósofos, particularmente los que se dedican a la discusión sobre el ser en tanto que ser, la rama filosófica más distinguida y de mayor prosapia. Se trata de uno de los desafíos que tanto le gustan a Brienza.

La teoría de Brienza entonces consiste en que por más que Cristina devalúe, ajuste, se endeude, designe personas acusadas de violaciones de derechos humanos, haya designado a Boudou, etc., semejantes acciones sólo son "una etapa determinada de su existencia", y no forman parte del "ser" kirchnerista en sentido estricto.

Ahora bien, no es fácil asir la ontología briencista, y no podría ser de otro modo. A primera vista la mención de una "etapa" parece sugerir una velada referencia al barco de Neurath, que abandona todo soporte o fundacionalismo para proponer una teoría coherentista, del mismo modo que un barco sigue siendo el mismo a pesar de que al llegar a puerto ha cambiado completamente todos sus componentes. Para muchos el kirchnerismo está haciendo precisamente eso al devaluar, ajustar, designar a Milani, etc., pero un barco kirchnerista que llegara a puerto con semejantes partes, seguiría dando que hablar (v.g. ¿no era que quienes deseaban una devaluación tenían que esperar a otro Gobierno?), y no es lo que Brienza precisamente tiene en mente.

En aras de la argumentación, vamos a suponer que la distinción de Brienza entre el ser y la existencia no es una evocación de la distinción heideggeriana entre el ser y el ente, porque si ése fuera el caso, evidentemente no habríamos entendido la nota en absoluto.

Los dos ejemplos que usa Brienza para ilustrar su complejo pensamiento ontológico ofrecen otras tantas concepciones. El primero: "El amor de una persona por otra no se define por un divorcio y una separación de bienes", sugiere una grave confusión por parte de Brienza. En efecto, cuando tiene lugar un divorcio (o la separación de bienes) no tiene sentido seguir hablando de amor. En la terminología de Brienza, ya no hay ser (amor) sino la nada (del amor). El segundo ejemplo: "la pata del perro no es el perro", no es menos confuso. Efectivamente, quien confundiera al perro con la pata cometería una sinécdoque, pero seguramente hasta el perro mismo convendría en que la pata es al menos parte del perro, y por eso no aprobaría que alguien deseara por ejemplo quitársela. Volviendo a Cristina, la devaluación, el ajuste, Boudou, Milani, etc., son parte de Cristina, aunque no todo por supuesto. Para que la ontología briencista funcione tendría que distanciar a Cristina de semejantes fenómenos en lugar de acercarlos.

Sin embargo, como fino pensador que es, Brienza quiso que sus lectores advirtieran que él deliberadamente los sometió a prueba, tal como lo hace en cada una de sus notas, al proponerles semejantes "arenques rojos" como se dice en inglés, es decir, señuelos o pistas falsas que sus lectores agradecen y esperan ansiosamente, ya que se sentirían irremediablemente ofendidos si Brienza les diera el proverbial pescado ontológico en lugar de la caña metafísica. Todo esto, en realidad, es muy fácil de percibir ya que Brienza, en la misma nota un poco más abajo se refiere a la "esencia" del kirchnerismo, lo cual descarta no sólo al barco de Neurath sino además a la sinécdoque. Todo lector de Brienza entonces podrá fácilmente advertir que lo que Brienza tenía en mente era la distinción entre la substancia o la esencia y los accidentes del kirchnerismo.

De ahí que la misma acción puede accidentalmente ser hereje o salvadora, dependiendo de quién sea la esencia o el autor. Hay algo en Cristina qua Cristina que explica por qué ella puede tomar medidas económicas ortodoxas, pero eso no lo convierte en ortodoxa en términos económicos. Y podrá haber designado a Milani Jefe del Ejército (o apoyar a gobernadores como Insfrán), sin que esto haga mella sobre su política de derechos humanos. En resumen, Cristina podrá cortar todas las flores, pero eso no detendrá la primavera, sólo porque se trata de Cristina. La esencia kirchnerista en otras palabras es nulla salus extra Cristinam.

Brienza no es un psicótico y se da cuenta de que a pesar de que el kirchnerismo no es sólo un relato sino una realidad substancial es rechazado "en la calle, los comercios, los bares". Todo realista no tiene otra alternativa que defender la realidad en estos casos y responsabilizar a los sujetos que se niegan a verla. La gente, estúpida o malvada, se deja llevar por los medios opositores (a los cuales Brienza, en otro gesto ennoblecedor, les reconoce "ironía y destreza").

A Brienza tampoco se le escapa que “el resultado de las elecciones de octubre pasado, sumado a la ausencia de la presidenta por cuestiones de salud y al horizonte de 2015 como relevo presidencial obligatorio, deja al kirchnerismo en una situación diferente a la que tenía en 2011”. La explicación de estos hechos no es otra que la mala suerte del kirchnerismo. La realidad está de su lado, nos ha dado los mejores gobiernos de la historia, viene equipado con un relato unificador, y sin embargo le fue mal en las elecciones y encima se le enfermó su líder político y espiritual. Como ya mencionamos, Brienza ya había explicado este fenómeno en su inmortal “no nos merecemos a Cristina” (lo que vos te merecés).

Sólo resta desear que alguien se encargue de coleccionar estas columnas dominicales y se asegure de que el paso del tiempo no impida que sean legadas a la posteridad.

domingo, 2 de marzo de 2014

Con o sin Correa



Dado que el kirchnerismo ha sacrificado sus convicciones revolucionarias en el altar de las elecciones y en el de la economía, es muy gratificante observar que la revolución continúa en otros países del continente, no sólo en Venezuela sino además en Ecuador. En efecto, el presidente Rafael Correa ha manifestado ayer que está dispuesto a reformar la Constitución de su país que impedía la re-elección indefinida (click), a pesar de que dicho impedimento constitucional era obra de Correa y a pesar de que Correa es un político de palabra.

Pero, "las cosas cambian" no sólo es un título de una muy buen película de David Mamet, con Joe Mantegna y Don Ameche, sino que además es un apodíctico eslogan, y no sólo para los seguidores de Heráclito (o de Correa para el caso). La decisión de Correa de incluir la prohibición re-eleccionaria y de no presentarse a elecciones suponía que jamás iba a perder una elección. Da la impresión que los resultados de la última elección en Ecuador le han hecho ver que su optimismo era exagerado.

Por si hiciera falta, Correa aclaró que "No les estoy diciendo que me voy a lanzar a la reelección, pero sí creo que hay que levantar esas restricciones". Es más, según Página 12, "Correa expresó que no busca nada personalmente en el ejercicio de la presidencia y que su cargo está a disposición del pueblo ecuatoriano".

Además, Correa cree que el triunfo del domingo pasado de la oposición podría hacer que la derecha intente desestabilizar a su Gobierno. En efecto, ¿por qué la derecha iba a continuar con el camino democrático una vez que dicho camino la conduce al triunfo, cuando podría dar un golpe y derrocar al Gobierno?

Por otro lado, y en el fondo, la decisión de Correa es puramente profiláctica, ya que según él la gente no votó contra el Gobierno en la última elección: “Si fuera cierto... , el oficialismo debería haber perdido en todo". En otras palabras, el Gobierno todavía no perdió, pero igual es hora de ir abriendo el paraguas.

Si el Gobierno se deja estar, quién sabe, hasta podría perder una elección, y en dicho caso ¿qué sería de la democracia? Ya bastante generoso fue el Gobierno de Correa al permitir que la derecha, i.e. la oposición, se presentara a elecciones. Ciertamente, no es imposible que los demócratas sean minoría, pero eso sólo podría suceder, Dios no lo permita, en caso de que Correa perdiera las elecciones (el kirchnerismo supo compartir esta concepción de la democracia en los viejos tiempos: Massa no es Pueblo). Mejor prevenir que curar. Uno jamás puede tomar demasiadas medidas en defensa de la democracia.

viernes, 21 de febrero de 2014

Oposición fascista, y no en el buen Sentido de la Palabra




Dada la situación política de Venezuela es hora de aclarar ciertos malentendidos sobre el régimen político neochavista, sobre todo en relación a ciertas críticas de las que suele ser objeto.

En primer lugar, haciendo honor a su prédica por el amor y contra el odio el neochavismo ha convocado al diálogo a todos los sectores luego de haber designado a la oposición como “fascista”. Seguramente, no faltarán los que se apresurarán a criticar al Gobierno del Presidente Maduro por considerar que su actitud es contradictoria, ya que el mote de “fascista” atribuido a la oposición impide precisamente el diálogo que propone su Gobierno. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la crítica de la contradicción supone que “fascista” tiene necesariamente una connotación negativa, algo que no tiene por qué ser el caso, tal como nos lo recuerda el protagonista de “El Dictador” de Sacha Cohen al referirse a un policía de Nueva York como fascista “y no en el buen sentido de la palabra”.

Tampoco faltarán quienes pondrán en duda el carácter democrático del régimen de Maduro debido probablemente a que Maduro afirmó públicamente saber quiénes son los casi un millón de venezolanos (y sus números de documento) que votaron en contra del chavismo en las últimas elecciones, cuando deberían haber votado por él. Esta duda sin embargo supone que el secreto del voto es constitutivo de la democracia y no un prejuicio burgués. Quizás la democracia del futuro sea como la neochavista. Otro tanto se aplica a la inexistencia de canales de TV opositores al Gobierno.

En cuanto a la represión de las marchas estudiantiles, quizás se trate de una cuestión relacionada con la discusión sobre el multiculturalismo. Mientras que en Argentina las manifestaciones estudiantiles son consideradas beneficiosas para la democracia y progresistas (y o quizás lo uno debido a lo otro de manera recíproca), en Venezuela por el contrario son consideradas antidemocráticas y reaccionarias (y o quizás lo uno debido a lo otro de manera recíproca), por no decir fascistas (y no en el buen sentido de la palabra, como diría Aladeen).

En relación a la acusación contra un líder de la oposición por el delito de asociación ilícita, esperemos que ahora nadie salga a decir que se trata de un delito al que recurre el Estado para poder incriminar a alguien cuando no tiene delito alguno que incriminarle, y que precisamente su genealogía es reveladora porque era usado inicialmente en contra de quienes participaban de asociaciones ilegales, como por ejemplo las anarquistas y las asociaciones obreras.

Más polémica, como se suele decir ahora, es la cuestión de los opositores que resultaron muertos como resultado de la represión de las manifestaciones (tampoco ayuda la repercusión que ha tenido el hecho de que una de las víctimas haya sido una reina de belleza). Quizás Luis D’Elía en este caso podría enriquecer el debate con su original teoría de la culpa y de la violencia legítima la cual lo llevó a pedir el fusilamiento de un líder opositor, y luego a sorprenderse por el revuelo que provocaron sus afirmaciones (debemos confesar que no sabemos si se trata de un homenaje implícito al personaje protagonista de “El Dictador” de Sacha Cohen o si lo dijo en serio).

Finalmente, los opositores ni siquiera mencionan el hecho de que el Presidente Maduro no parece tener diálogo alguno con las aves, o al menos se abstiene de mencionarlos. Después de todo, el neochavismo es un régimen político en formación, y se encuentra en una etapa embrionaria de su desarrollo. Veremos cómo evoluciona.

domingo, 16 de febrero de 2014

Menos Calle, mejores Consejeros

Julián Álvarez, nuevo miembro del Consejo de la Magistratura—órgano creado fundamentalmente para mantener al poder judicial lejos de la política o en todo caso, como dice la Constitución Nacional (art. 114) para lograr un "equilibrio entre la representación de los órganos políticos resultante de la elección popular, de los jueces de todas las instancias y de los abogados de la matrícula federal" (amén de representantes académicos)—tiene la sinceridad de decir que su meta principal es “que los jueces hagan política a través de sus sentencias mirando al más débil” (click). Nuevamente, emerge el escepticismo kirchnerista acerca de la independencia del razonamiento judicial.

La  crítica kirchnerista a la independencia del poder judicial oscila entre dos polos. Por un lado, la crítica consiste en que la independencia o neutralidad judicial es imposible. La idea es que los jueces no son agentes desinteresados, sino que son personas con un marcado compromiso político y actúan en consecuencia. De ahí que se les reproche a menudo que al controlar la constitucionalidad de las leyes los jueces tomen decisiones políticas a pesar de que carecen de representatividad política.

La falta de representatividad política de los jueces es clara, aunque proviene de una decisión del poder constituyente cuyo propósito es impedir que mayorías circunstanciales interfieran en las decisiones del poder judicial. Además, la crítica de la imposibilidad de la independencia judicial queda expuesta a una obvia réplica. Si la independencia judicial es imposible, es muy difícil de entender por qué Néstor Kirchner se enorgullecía de haber tomado distancia de su antecesor Carlos Menem al designar miembros reputados por su independencia, desde Lorenzetti hasta Zaffaroni, pasando por Argibay y Highton de Nolasco, todos los cuales han sido criticados por el kirchnerismo precisamente por su independencia.

Y si asumiéramos que los jueces se refieren hipócritamente a su independencia, quedaría la dificultad de que la idea misma de hipocresía en realidad es un homenaje a la idea de corrección normativa. Si la incorrección fuera imposible, la hipocresía también brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría ser hipócrita entre inmorales o entre personas que creen que la corrección es imposible? Nadie caería en la trampa, o habría que ser muy tonto para hacerlo.

Por el otro lado, el kirchnerismo a veces desplaza su crítica desde la imposibilidad de la neutralidad hacia su carácter indeseable. En efecto, cada vez que el kirchnerismo se identifica con el bien en una lucha contra el mal, exige que no seamos neutrales ante dicho conflicto, con lo cual el problema no es que sea imposible ser neutral sino que es inmoral, tal como el Dante famosamente sostiene en su Divina Comedia.

Ahora bien, no hay duda de que los jueces, como todos los demás mortales, tienen cierta ideología. La cuestión es si la presencia de ideología en los jueces justifica el escepticismo acerca de la independencia del razonamiento judicial. En realidad, toda crítica al comportamiento judicial supone la existencia de ciertas reglas o expectativas que suponemos que los jueces deben satisfacer, y que fácilmente puede ser reformuladas en términos de independencia o neutralidad. Por ejemplo, esperamos que los jueces sean independientes de las corporaciones. Pero esa misma expectativa se extiende seguramente a la política. ¿Acaso tendría sentido creer que la independencia frente a las corporaciones es posible y deseable, mientras que la independencia política no lo es? ¿Cuál sería la explicación de esa diferencia?

En realidad, quienes desconfían de la independencia judicial no suelen desconfiar de la posibilidad de una decisión judicial correcta. Si lo hicieran, deberían conformarse con cualquier decisión judicial, o tendrían razones para conformarse con decisiones que provinieran de una perinola o cualquier mecanismo completamente determinado por el azar.

Además, supongamos que, Dios no lo permita, el kirchnerismo desaparece del mapa electoral, y sólo quedan jueces kirchneristas, los que va a nombrar ahora Julián Álvarez. ¿Las eventuales decisiones de estos jueces kirchneristas, resabios del modelo dentro del nuevo mapa electoral, serían entonces consideradas como políticas por Álvarez, por ejemplo, cuando fueran objeto de un obvio ataque por parte de las nuevas mayorías políticas, o antes bien Álvarez diría en su defensa que “los jueces sólo cumplen con su tarea, que es hacer cumplir con el derecho?

En realidad, la idea misma de la crítica de una decisión judicial, por no decir el error de una sentencia, supone la existencia de decisiones correctas. Si no existieran decisiones correctas, no podría haber críticas, salvo la de expresar que el juez no hizo lo que uno esperaba.

En resumen, el escepticismo ante la independencia judicial no sólo oscila entre la imposibilidad y la inmoralidad de la independencia del poder judicial, sino que además de manera sorprendente cree que los jueces en el fondo son capaces de ser independientes pero sólo respecto de las corporaciones y que los jueces sólo deben hacer lo que quieren las mayorías circunstanciales.

La solución para una justicia deficiente como la nuestra es lograr que los jueces (y los consejeros que los designan) sean mejores, y no que hagan lo que quiere el poder ejecutivo. Y ojalá que la preocupación por los más débiles se extienda a los casos por corrupción pública, sin que importe quién gobierne, ya que se trata de los casos que más perjudican a los más débiles. La justicia política, por el contrario, lleva a procesos tales como el Juicio Final de Pluto:




martes, 11 de febrero de 2014

Toujours la Subtilité



Nos habíamos tomado un descanso por varias razones, pero fundamentalmente porque el Gobierno se repite tanto que hacer comentario alguno al respecto nos habría forzado a repetirnos, y, nos crean o no, odiamos repetirnos (sobre la oposición no hay nada que decir, porque fundamentalmente no existe). Sin embargo, no podemos con nuestro genio, y nos vamos a repetir, esta vez en reconocimiento de la sutileza ajena.

El polifacético filósofo Ricardo Forster, ha incursionado nuevamente en los medios, ese medio precisamente en el que se siente tan cómodo, como sapo en el agua. Esta vez, para denunciar que "Las grandes corporaciones le torcieron el brazo al Gobierno" (click), lo cual explica ciertamente la devaluación llevada a cabo por el Gobierno, a pesar de que el Gobierno se jactaba de que quienes esperaban una devaluación deberían esperar otro Gobierno.

Ciertamente, la jactancia anti-devaluatoria del Gobierno, so pena de notoria contradicción, no pudo haberse referido a la devaluación progresiva que el Gobierno mismo ha llevado a cabo durante años y que había aniquilado a la moneda nacional lentamente, sino que dicha jactancia solía referirse a devaluaciones que podríamos llamar significativas, precisamente de un 20 % en un día, como la que tuvo lugar hace muy poco precisamente.

Pero hete aquí que, por un lado, así como Forster reconoce que las corporaciones le han torcido el brazo al Gobierno, por otro lado, en Radio Nacional acusó al diario La Nación por tener la intención de "alimentar el imaginario de un gobierno maniatado” (click). Seguramente, no faltarán quienes arrogándose conocimientos filosóficos no tardarán en atribuirle a Forster haber incurrido en una notoria contradicción. ¿Acaso Forster mismo no reconoce que "las grandes corporaciones le han torcido el brazo al Gobierno"?

Aquí es donde Forster se luce como verdadero doctor subtilis que es, y que habría hecho enverdecer de envidia al mismísimo Duns Escoto. En efecto, y en primer lugar, mientras que La Nación tiene la intención de "alimentar el imaginario de un gobierno maniatado", Forster carece de dicha intención. En otras palabras, su denuncia contra las corporaciones es sin intención. En segundo lugar, Forster habría incurrido en una contradicción si "torcer el brazo" fuera igual a "maniatar", lo cual está lejos de ser verdad. Alguien maniatado no puede hacer nada, mientras que alguien a quien le tuercen el brazo al menos puede precisamente mover el brazo. En tercer lugar, mientras que La Nación opera sobre el imaginario de la gente, Forster en cambio es un filósofo que apunta, suponemos, a la verdad.

Finalmente, la noble actitud de Forster de reconocer que al Gobierno le han torcido el brazo ha resuelto lo que otrora habíamos creído representaba una genuina teodicea kirchnerista. Efectivamente, la designación de Milani nos había planteado un verdadero desafío: ¿cómo reconciliar semejante decisión con la naturaleza omnipotente y bondadosa del Gobierno? (Al César lo que es del César). Gracias a Forster sabemos hoy que si bien el mal existe y Cristina es bondadosa, ella no es omnipotente. Queda por ver por supuesto cómo reconciliar la bondad presidencial con la designación de Milani (o con la inflación o la devaluación para el caso), desafío comparable al de reconciliar la existencia de Dios con la tragedia que es la vida humana. Sin embargo, el atributo de la omnipotencia representaba un desafío todavía mayor.

jueves, 2 de enero de 2014

Nazis eran los de Antes, y los Catones también




Hace unos días apareció una nota de Perfil: "El uso actual del insulto “nazi”: una explicación", escrita por Guillermo Raffo y Gustavo Noriega (click), cuya tesis central parece ser que la palabra "nazi" es un adjetivo apropiado para designar al kirchnerismo. Sin embargo, los argumentos que podemos reconstruir de la nota dejan bastante que desear.

Un primer argumento consiste en que el "súbito prurito por la precisión" que muestran quienes no están de acuerdo en que el kirchnerismo es nazismo "no es consistente con el uso que el kirchnerismo le da a las palabras". Este argumento parece suponer que sólo un kirchnerista está en desacuerdo con la equiparación entre nazismo y kirchnerismo, pero no nos vamos a meter con esto. La cuestión es que del hecho que los demás no sean precisos no se sigue que uno mismo pueda darse el lujo de no serlo. En realidad, el descuido en la argumentación y en la terminología bien podrían ser designados como kirchnerismo metodológico, como hemos comprobado en este blog frecuentemente por desgracia.

Un segundo argumento es: "No hay buenas palabras para nombrar  lo que está pasando en Argentina y en otros países cuyos populismos modernos mencionamos mucho y entendemos poco". Es obvio que del hecho que nos falten palabras para designar al kirchnerismo no se sigue que el kirchnerismo sea equivalente al nazismo. Podríamos usar cualquier otra palabra.

Un tercer argumento arrima algo más el bochín, por así decir, ya que consiste en que "Algunos atributos típicos del nazismo aparecen claramente en el ejercicio del gobierno en la Argentina: falseamiento de las estadísticas, culto a la personalidad, indiferenciación entre Estado y partido gobernante y entre Estado y líder, propaganda sistemática, utilización del aparato del Estado para intimidar opositores, uso secreto de fondos oficiales". En una entrada anterior (nazis eran los de antes), sin embargo, ya habíamos indicado el problema con este argumento recurriendo a lo que habíamos llamado "pichettismo metodológico" (senador, lo que se dice senador y Némesis). Lxs lectorxs sabrán disculpar la auto-cita siguiente:

"En efecto, aplicando la distinción que hace Pichetto entre argentinos argentinos (o absolutos, o simpliciter) y argentinos judíos (o relativos, o secundum quid), podríamos distinguir entre nazis nazis o nazismo sin más, o absoluto, etc., y nazismo de cierta clase o relativo, según el cual sería nazi todo aquel o aquello que tuviera cierta relación con el nazismo. Por ejemplo, todos los seres humanos serían nazis relativos dado que comparten con los nazis un aparato respiratorio (no podrían haber sido nazis sin respirar, pero no por eso respirar es nazi). Es más, hay cierto nazismo anodino que va más allá de ciertas propiedades comunes a todos los seres humanos. Hay instituciones que fueron creadas por los nazis, tales como la de la juventud política (la tristemente célebre Hitlerjugend), pero nadie cree que por eso, v.g., la Juventud Radical (si es que todavía existe) es una institución nazi en algún sentido relevante (X fue creado por los nazis, de ahí no se sigue que todos los que tengan un X sean nazis). Si la Juventud Radical no lo es, entonces, mal que nos pese, tampoco podría serlo La Cámpora (al menos hasta ahora; de la Juventud Radical podemos hablar con certidumbre porque ya no existe). Otro tanto ocurre con la importancia que el nazismo le daba a la publicidad oficial o al deporte para difundir su mensaje. No por eso cualquiera que ponga la publicidad oficial o el deporte al servicio de su causa es, amén de ser un nazi relativo, por eso un nazi en sentido estricto".

Finalmente, la nota hace referencia al "catonismo", una expresión acuñada por Barrington Moore, Jr. y que "Pregona una moralidad que no es instrumental; no tiene como objetivo una vida mejor y entiende la felicidad como una ilusión burguesa decadente. La moral del catonismo es la base de un discurso épico que le sirve para ocultar o negar las condiciones sociales reales. Valora la obediencia y las jerarquías  pero no en el sentido burocrático del Soviet sino proponiendo la restauración de valores patrióticos perdidos: camaradería, gemeinschaft, heimat. Reivindica una idea provinciana del arte, alentando expresiones folklóricas y rechazando las foráneas. Su condición más fascista es también la que más resuena como algo familiar en el presente: el catonismo de Moore se constituye a partir de enemigos. El extranjero decadente, el intelectual cosmopolita, el mundo de las finanzas, el comerciante".

(Sobre el "catonismo" en sí mismo, que refiere a Catón el Censor y no al de nuestra Causa o de Útica, vamos a estipular en aras de la argumentación que su descripción es correcta. Sólo querríamos aclarar antes de continuar que en realidad toda teoría política tiene enemigos, y el catonismo, o el liberalismo para el caso, no es una excepción. Tampoco lo son los autores de la nota).

Ahora bien, la nota continúa: "Podríamos llamar catonismo a lo nuestro y nos acercaríamos bastante. Sin embargo, la analogía no termina de resolver el problema del presente. El Catón original inspiró a Spengler y —vía Spengler— a Mussolini. Pero la República francesa también es hija de la guillotina. Y ni Catón ni Spengler ni Robespierre ni Mussolini habrían actuado de la misma manera en Facebook, o en el subte. Su mundo era otro". Podríamos agregar nosotros que el republicanismo originario se basaba en la idea misma de esclavitud; sin embargo, la cuestión pasa por ver si la comprensión histórica del republicanismo impide todo uso posterior del republicanismo. También el liberalismo originario contemplaba y justificaba la esclavitud y el colonialismo. De ahí no se sigue entonces que debamos deshacernos del liberalismo, o por ejemplo de Locke y de Tocqueville.

Dicho sea de paso, la nota misma es consciente de su anacronismo: "Y ni Catón ni Spengler ni Robespierre ni Mussolini habrían actuado de la misma manera en Facebook, o en el subte. Su mundo era otro", con lo cual no hace falta recordar el anacronismo que la atraviesa ni preguntarnos para qué la nota apela a la historia entonces en absoluto. Luego la nota apela al fascismo como epíteto apropiado para el kirchnerismo, y para ahorrar espacio y tiempo diremos que nuestras consideraciones anteriores también se aplican a este término.

El final de la nota es revelador: "Que son malos es, por supuesto, lo que uno quiere decir en última instancia". El sentido de la nota parece ser entonces que el kirchnerismo es en parte nazi, en parte fascista, en parte "catonista", porque es malo, o inaceptable, etc. Pero elegir a nazi, o fascista, etc., como equivalente de "inaceptable" es tan confuso como usar "democrático" como equivalente de "aceptable", por una obvia razón: no todo lo que está seriamente mal en términos morales (o políticos) es nazi, y no todo lo que está muy bien en términos morales o políticos es democrático. En realidad, usar nazi, etc., para referirse al kirchnerismo sirve a propósitos más expresivos que políticos y bien puede ser políticamente contraproducente. Quién sabe, en el futuro quizás los autores de la nota tengan razón. Pero entonces, por ahora, no nos queda otra que esperar.