lunes, 20 de mayo de 2013

Kirchnerismo y Filosofía política


Si hubiera que resumir en una palabra el credo kirchnerista sobre la política, esa palabra sería indudablemente “conflicto”. En las antípodas se encuentra el credo liberal, cuyos fieles creen que la política es básicamente consenso. De ahí que para el kirchnerismo el liberalismo sea la anti-política por excelencia.

Esta negación liberal de la política admite a su vez tres grandes variantes. (1) Una moral o rawlsiana, según la cual la política es básicamente un sucedáneo de la ética, como si existiera una razón pública capaz de lograr el asentimiento de cualquiera que fuera razonable. (2) Otra, judicial o dworkiniana, cree que la política es esencialmente un desacuerdo jurídico resuelto por un tribunal. (3) La última, mercantil o neohobbesiana, entiende a la política como una negociación o intercambio que intenta alcanzar un punto de equilibrio de los intereses en disputa. El corolario en los tres casos es en el fondo el mismo: el liberalismo, en lugar de obtener un consenso genuino, impone hipócritamente cierto estado socio-económico de cosas injusto, confiriéndole una pátina de objetividad o neutralidad en términos del Estado de Derecho, de la Constitución o del Mercado—o una combinación de los tres—.

Es por eso que el kirchnerismo, según algunos debido a la influencia de Carl Schmitt, se niega a entender a la política como la continuación de la ética, del derecho o de la economía por otros medios. De ahí no se sigue por supuesto que la política sea inmoral, ilegal o ineficiente. El punto es que, por ejemplo, si bien todos aceptamos que la libertad es un valor, que los tribunales deben resolver conflictos jurídicos y que la economía debe ser eficiente, eso no nos ayuda a resolver si las retenciones al campo son restricciones injustificadas de la libertad, si los tribunales tienen suficiente representatividad política para resolver desacuerdos constitucionales, o si la redistribución del ingreso es nociva para la economía. Lo que caracteriza al conflicto político entonces es que se trata de un enfrentamiento entre partes con argumentos igualmente atendibles, incluso partiendo de premisas compartidas, y muchas veces la búsqueda del consenso enmascara la defensa del status quo. Hasta aquí, el kirchnerismo tiene razón.

El kirchnerismo, al igual que Schmitt por supuesto, no se conforma con enfatizar el conflicto sino que tiene su propia versión del orden. En otras palabras, cree ser revolucionario pero está lejos de ser anarquista. Según el kirchnerismo la única solución genuinamente política del conflicto consiste en las decisiones tomadas por un líder elegido de manera democrático-plebiscitaria. Esta confianza K en las decisiones de su liderazgo explica por qué para un K la cuestión de quién gobierna es mucho más importante que el control a dicho gobierno. Dado que quien gobierna es el representante del pueblo soberano, no hay razones para desconfiar de dicho gobierno. En realidad, la persona que desconfía del representante del pueblo en el fondo duda del pueblo mismo y por lo tanto nos da razones para desconfiar de ella misma. ¿Existen acaso razones valederas para desconfiar del gobierno del pueblo?

De ahí que el problema principal con la filosofía política K es que reivindica la política siempre y cuando provenga del Estado K. En efecto, si la sociedad civil marcha en contra del kirchnerismo eso no es considerado pueblo ni política en sentido estricto, sino una manipulación corporativa (si alguna vez el kichnerismo se llegara a encontrar en el papel de opositor, toda su Kulturkampf en aras del monopolio estatal de lo político se le volvería en su contra; de hecho, el macrismo ya le está administrando en Buenos Aires una generosa dosis de su propia medicina).

Esta descalificación del enemigo es un rasgo constante del kirchnerismo, pero no así del pensamiento schmittiano, lo cual nos hace dudar de si los kirchneristas han leído correctamente a Schmitt (si es que lo han leído en absoluto). En efecto, la suposición según la cual nuestros enemigos son idiotas o perversos útiles para los intereses corporativos es muy extraña, ya que la otra cara de la autonomía de la política, tal como Schmitt insiste una y otra vez, es que la política es una lucha entre iguales. Incluso personas bien intencionadas y con información suficiente pueden enfrentarse políticamente.

Creer que la política es una lucha del bien contra el mal, por el contrario, implica una asimetría tal entre los contrincantes que necesariamente moraliza y/o criminaliza el conflicto político en beneficio obviamente de quien dice ser el representante del bien. Y dado que el relato K no sólo invoca al pueblo como sujeto de la acción política sino que además su trama gira alrededor de los derechos humanos, todo aquel que se le enfrenta corre el riesgo de convertirse no sólo en un enemigo de la soberanía popular sino además de los derechos humanos, algo así como un Luis XVI redivivo (hablando de la nobleza, que siempre obliga, la identificación de un enemigo interno a los fines de lograr cohesión nacional no es ajena a la obra de Schmitt, pero sólo pertenece a su período nazi, el cual fue muy breve en comparación con la totalidad de su producción).

Finalmente, cuando el kirchnerismo se encuentra en inferioridad de condiciones morales o legales (v.g. en relación al patrimonio de Lázaro Báez), o debe explicar sus alianzas con gobernadores cuasi-feudales (v.g. Insfrán o Alperovich), o experimenta más o menos rápidos cambios de humor político (sobre Clarín, YPF, Irán, el Papa, el dólar, etc.), no tiene empacho en abandonar su superioridad moral para ensuciarse en el lodo cotidiano de la política, justificando su acción en términos instrumentales debido a la infalibilidad de su liderazgo. El problema aquí no es sólo su oscilación entre los derechos humanos y la Realpolitik según mejor le convenga, sino que además no admite que sus adversarios políticos puedan hacer lo mismo.

En resumen, el kirchnerismo tiene razón en sostener que la política es autónoma y conflictiva. El problema es que pretende aprovechar todas las ventajas de la reivindicación de la política (el conflicto en nombre del pueblo y los derechos humanos) sin sus desventajas (se trata de una lucha entre iguales). La conclusión parece ser inevitable: el kirchnerismo reivindica lo político sólo si le concedemos el monopolio de lo político. No hace falta leer a Schmitt para recordar que se suponía que esa actitud hipócrita era la liberal, no la de quienes reivindican el conflicto.

Fuente: Bastión Digital

sábado, 18 de mayo de 2013

La nueva Democracia venezolana y el Voto de Autor


A juzgar por estas creemos recientes declaraciones de Maduro, en Venezuela ha emergido una nueva concepción de democracia que descansa sobre lo podríamos llamar de "voto de autor", esto es, aquella en la que sabemos quién es el que realiza el voto y a qué o a quién vota (no tan nueva en realidad, ya que no era ignorada precisamente antes de la instauración del voto secreto al menos creemos en Venezuela):




En realidad, la novedad reside en que el voto de autor en Venezuela es restringido, si entendimos bien, ya que sólo se aplica a quienes deberían haber votado a Maduro y no lo hicieron, y no a todos aquellos que votaron en su contra, ya que Maduro sólo dijo tener el documento de aquellos cuyos votos conformaron la brecha entre él y el candidato opositor. 

Esta teoría de la democracia ya la habíamos discutido (click) y, mal que nos pese, es de raigambre rousseauniana. En efecto, recordemos aquel  pasaje del Contrato Social (IV.2) en el cual Rousseau se pregunta cómo reconocer la voluntad general, la voluntad del pueblo. La respuesta es que "cada uno dando su sufragio dice su opinión sobre ello, y del cálculo de los votos se saca la declaración de la voluntad general. Cuando entonces la opinión contraria a la mía prevalece, eso no prueba otra cosa que yo me había equivocado, y que lo que yo estimaba ser la voluntad general no lo era. Si mi opinión particular hubiera prevalecido yo habría hecho otra cosa de lo que hubiera querido, y es entonces que yo no habría sido libre". De ahí que, tal como supone Maduro, al menos esos 900.000 que votaron en su contra se equivocaron.

Una cuestión verdaderamente fascinante en sí misma es saber cómo saben quiénes fueron precisamente esos 900.000 que conformaron la brecha, de los millones y millones que votaron en contra del chavismo: ¿los elegirán al azar? ¿algunos serán anti-chavistas irrecuperables, mientras que otros no lo son? ¿qué es mejor? Nótese que quien es considerado anti-chavista de raza o paladar negro no va a ser molestado, sino sólo aquellos que no lo son. ¿Será que acordaron con estos 900.000 ciertos beneficios a cambio de su voto? Si es así, algunos no cumplieron con su palabra. Pero si la diferencia por la cual ganó fue de 900.000 votos, en realidad Maduro debería agradecerles por haber votado por él. Qué misterio. Otra cuestión no menos fascinante es si el silencio de Maduro después de anunciar urbi et orbi que sabe la identidad de esos 900.000 votos se debe a que se dio cuenta del disparate que acababa de decir, o si sólo quiso infundir miedo. ¿Habrá sido el pajarito aquel el que le contó la identidad de los 900.000? Se trata de otro de los casos que demuestran cuánta razón tienen los que creen que no se puede estudiar a la democracia en un vacío sino que hay que entenderla a la luz de la cultura política imperante.

Retomando el hilo, y en otras palabras, no es la mayoría la que constituye la expresión de la voluntad general o democrática, sino el chavismo. Si no son los números los que mandan, entonces la mayoría es completamente circunstancial. Maduro entonces sigue la senda anticontractualista (al menos si entendemos al contrato en términos volitivos antes que como un indicio de lo que es racional) que lleva desde Rousseau hasta Hegel (que Dios, Rousseau, Kant y Hegel nos perdonen por decir esto) según la cual la voluntad general sólo es perceptible a priori, nunca empíricamente. La cuestión es quién tiene razón, no quién saca más votos.

Ya era hora de que se renovara la aburrida teoría democrática, que hace tiempo repite esa monótona cantinela de la importancia de las mayorías para la determinación de la voluntad democrática y esgrime como un logro el voto secreto y anónimo, fordista, mecánico, despersonalizado, alienante (no más forsterismos). Miremos si no lo que está pasando en Argentina, en donde las líderes de las mayorías nacionales y locales hacen literalmente lo que se las da la gana. Al final, Maduro combina su desconfianza neo-rousseauniana con la vieja tradición contramayoritaria federalista, a pesar de sus bravuconadas populistas y plebiscitarias. En el fondo, como decía el General, somos todos republicanos.  

viernes, 17 de mayo de 2013

Otro Plagio


Hemos descubierto que esta vez fue un tal Andrés Rosler el que nos plagió, y en otro diario, Infobae (click):



En materia penal, cualquiera puede tirar la primera piedra
Mayo 12, 2013
 
Ante la gravedad de las denuncias por corrupción en la función pública, medios afines al Gobierno han decidido adoptar la política de devolver golpe por golpe. A cada acto delictivo que se sospecha ha sido cometido por algún funcionario del Gobierno, la estrategia oficialista consiste en responder con denuncias de actos delictivos que se sospecha fueron cometidos por las corporaciones. Sin embargo, esta estrategia es un arma de doble filo.

En efecto, si bien el kirchnerismo tiene razón en creer que la política es conflicto o polémica, toda polémica, e incluso la guerra misma, es acompañada por un régimen normativo que contiene por lo menos un núcleo de prohibiciones legales. Como nos lo recuerda Hobbes, quien difícilmente era un pacifista, hay ciertas cosas que “ni siquiera en la guerra” se pueden hacer. La idea de una guerra en la que literalmente vale todo es una contradicción en sus términos. Por eso es precisamente que distinguimos la guerra del terrorismo, y sobre todo repudiamos el terrorismo de Estado.

Siguiendo con la metáfora bélica, la comisión de un delito contra la administración pública viene a ser entonces algo así como un crimen de guerra. De ahí que no tenga sentido la estrategia de alegar bíblicamente que nadie puede tirar la primera piedra. Si lo tuviera, podríamos tratar de exculpar un genocidio mediante la comisión de otro. Nadie, sin embargo, compararía razonablemente genocidios, sino que expresaría su más terminante repudio a todo genocidio, sin que importe quién lo cometa. Lo mismo debería aplicarse a los delitos en general. La prohibición penal no depende de sus efectos relativos.

Pero si nos concentráramos en los efectos de los delitos, no habría que olvidar que la corrupción pública, amén de ser cometida por personas que se supone son custodios de la confianza de la sociedad, es un típico delito de cuello blanco, la clase de delito apañado por el sistema a pesar de ser muy perjudicial para la sociedad, particularmente para los sectores más desaventajados, mientras que, tal como nos lo recuerda la criminología crítica, irónicamente delincuentes de muy poca monta van a la cárcel por delitos cuya responsabilidad recae fundamentalmente en la sociedad.

Algunos sospechan de los motivos que inspiran a quienes denuncian la corrupción pública. Sin embargo, no tiene sentido desautorizar la denuncia exclusivamente por sus motivos. Ni los Estados Unidos ni la ex Unión Soviética entraron en guerra con la Alemania nazi por el Holocausto, sino por puro autointerés. ¿Se sigue de ahí entonces que no tenían derecho de entrar en la guerra, o siquiera denunciar los campos de concentración? Tampoco el nazismo podría justificar sus propias atrocidades en términos de las atrocidades soviéticas.

Finalmente, un argumento que se suele invocar en defensa de la corrupción, por extraño que parezca, es que se trata de funcionarios elegidos por la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, la democracia no es un ticket para cometer delitos (y si lo fuera, Macri podría reprimir como y cuando le viniera en gana, con tal de haber ganado las elecciones).

En conclusión, la estrategia de devolver golpe por golpe en lugar de ser una defensa en realidad es un acto de autoincriminación.



jueves, 16 de mayo de 2013

Lo hicimos, salimos en el Diario




Era una cuestión de tiempo. Tarde o temprano nos iban a plagiar. Lo que no imaginábamos es que el plagio provendría de un gigante mediático como Clarín, lo cual, para qué lo vamos a negar, nos enorgullece. Significa que algo estuvimos haciendo bien, o, para no entrar en polémicas, significa al menos que tuvimos éxito o repercusión. Por si no nos creen, transcribimos a continuación la prueba irrefutable al respecto que obra en una nota de Clarín (click).

En efecto, en apoyo de la tesis según la cual "el gobierno de la doctora de Kirchner está en camino de convertirse en una dictadura", Marcelo Moreno cuenta que "En el año 46 antes de Cristo, Marco Poncio Catón (llamado El Joven para distinguirlo de su bisabuelo) se suicidó en la ciudad de Útica de manera espantosa. Lo hizo luego de que César derrotara a sus aliados en la batalla de Tapso. Catón estaba convencido -como era bien probable- que César terminaría coronándose emperador, aniquilando la República. De esta forma, Catón y todos los romanos pasarían, sin derechos ni libertades, de ser ciudadanos a súbditos, como ocurrió efectivamente años después, cuando Octaviano, sobrino de César, se proclamó Augusto. Tampoco quiso Catón regalarle a su enemigo la facultad de perdonarlo. La abrumadora mayoría de la gente no es como Catón y sobrevive -por fortuna- a las diversas clases de despotismos. Como desdichadamente sabemos los argentinos se puede vivir bajo una dictadura. Sólo que sin libertad la vida se vuelve, a veces invisiblemente, indigna".

Esperemos que a nadie se le ocurra aventurar que estamos exagerando, que el nombre "Catón" no es una marca registrada del blog porque se trata de un personaje histórico, una figura de las más representativas de la más rica tradición republicana, y que, por ejemplo, varias personas han leído a Lucano (nombre difícil para usar en Argentina). Nuestra hipótesis es, insistimos, que se trata de un plagio, y como todo plagio, un reconocimiento, si bien indirecto, a lo que imita.

Si Argentina va en camino de tener un gobierno dictatorial podría ser otra de las exageraciones a la que los republicanos estamos tan acostumbrados, y además no hay que olvidar que la dictadura es una creación de larga prosapia republicana. En efecto, se trataba de una magistratura de emergencia empleada con cierta frecuencia hasta el fin del tercer siglo a.C., no fue usada en el segundo, y reapareció en todo su esplendor durante el primer siglo a.C. cuando fue conferida a Sila y a César, quienes en el fondo fueron designados tales para dar forma constitucional a su supremacía de facto.

La función del dictador consistía en tener el mando de un ejército o realizar cierta tarea específica, como llevar a cabo una elección o lidiar con una sedición. Los dictadores solían renunciar apenas cumplían con su tarea, y no podían permanecer en el cargo de todos modos por más de seis meses. Hay que tener en cuenta que, en contra de lo que se suele creer, los dictadores al menos en teoría no estaban exentos ni del veto de los tribunos ni de la provocatio (i.e., la apelación hecha ante el pueblo contra la acción de un magistrado), y podía ser llevado a juicio después de dejar el cargo. Quizás no sea un consuelo, pero otro tanto se aplica a nuestros presidentes. De lo que no cabe duda es que cuando César fue designado dictador perpetuo la institución de la dictadura como una magistratura de emergencia perdió su sentido y se convirtió en una cuasi-monarquía.

La dictadura gozó de toda su antigua reputación de manera más o menos ininterrumpida hasta que, suponemos, luego de la Revolución Francesa, adquirió la mala prensa que no la ha abandonado hasta el día de hoy, esto es, se convirtió en la antecesora de palabras tales como fascismo o nazismo, de tal forma que designa todo aquello que nos parece reúne todos los requisitos del mal absoluto. En otras palabras, perdió gran parte de su poder descriptivo y explicativo (y ciertamente su sentido aprobador, que no sólo es usado por el Dictador de Sacha Cohen sino también por lo mismos fascistas y nazis) porque se convirtió en un mote descalificador.

Cuesta mucho creer que el kirchnerismo puede ser tan torpe como para intervenir Clarín y tomar decisiones sobre el contenido de los medios del grupo. No sólo violaría la libertad de expresión sino que sería un acto políticamente suicida, muy parecido, irónicamente, a la decisión de Catón de demostrar pragmáticamente la libertad existencial proverbialmente atribuida a los estoicos republicanos. Claro que no es ninguna garantía confiar en la racionalidad de los agentes. Veremos qué sucede. Como dijo, dicen, Chou en-Lai sobre la Revolución Francesa, todavía es algo temprano para poder saber.


N. de la R.: Cualquier coincidencia entre los eventos y los personajes del video que obra más arriba y la realidad es pura coincidencia. Vaya nuestro más sincero agradecimiento a Tomás Benjamín Wierzba quien nos llamó la atención sobre la existencia del plagio.

miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Sheldon Cooper Canciller?


El Canciller argentino (de quien ya nos hemos ocupado: click) sostuvo respecto a las relaciones de Argentina con Uruguay que "no es cierto que las relaciones (entre ambos países) estén pasando ni por el peor momento ni mucho menos", según Página 12. El mismo diario proclive al oficialismo no oculta el hecho de que Timerman se negó a responderle al Vicepresidente uruguayo, Daniel Astori, quien había dicho que la relación con Argentina estaba "en la peor etapa de su historia", aunque sostuvo de todos modos que la opinión del Vicepresidente uruguayo "no representa la realidad y lo que piensa la mayoría del pueblo uruguayo". Nos mata la curiosidad de saber qué opinaría Timerman si algún uruguayo dijera otro tanto, digamos, sobre alguna opinión de Amado Boudou (ciertamente, no sobre cuál es la temperatura ideal para tomarse un mate, sino sobre el estado de las relaciones argentino-uruguayas) y el pueblo argentino.

Por alguna razón, el comentario del Canciller nos hace acordar al famoso chiste muy utilizado en filosofía de la mente (y probablemente en psicología, pero vamos a tener que confirmarlo) sobre los dos conductistas que tienen sexo, al final del cual uno le dice al otro: "Veo que a vos te gustó. Pero ¿y a mí?". En efecto, para un conductista como Timerman, Uruguay puede llevarse muy bien con Argentina, a pesar de que Uruguay no lo sabe, o a pesar de que Uruguay cree que se lleva muy mal con Argentina. Ciertamente, no queremos comparar el estado de las relaciones internacionales con un dolor de muela, para usar un típico ejemplo wittgensteiniano. Uno no puede equivocarse sobre el segundo, pero sí sobre el primero, y es indudable que hay países que no saben lo que quieren. Pero así y todo sigue siendo un caso extraño.

Todo lo cual nos hace acordar a las dificultades que tiene Sheldon Cooper, y el conductismo en general, para entender a los demás seres humanos, y probablemente a otros países. Quizás ayudaría, tal como lo sugiere este video, si el Vicepresidente y el Canciller del Uruguay usaran carteles en sus interacciones que ayudaran a nuestro Canciller a entenderlos mejor. Algo por este estilo:





martes, 7 de mayo de 2013

¿Sólo el que esté libre de Pecado puede tirar la primera Piedra?




(N. de la R.: "halibut" no es "jabalí" sino un pescado; y en una escena anterior consta que las mujeres no tenían derecho a participar en lapidaciones)


El kirchnerismo, por obvias razones, ha cambiado de estrategia. Si bien no abandona la desautorización moral de sus críticos, a juzgar por las tapas recientes de algunos diarios afines, le ha agregado una dimensión política, según la cual aunque haya corrupción, no es sino el reflejo especular de la corrupción corporativa.

En rigor de verdad, no es una estrategia exactamente nueva. El kirchnerismo siempre ha tratado de reclamar superioridad moral en relación a sus adversarios debido a que representa al pueblo, y cuando nota que anda flojo de papeles, sean legales o morales, alega políticamente que sus faltas son necesarias y por lo tanto justificadas en la guerra que libra contra las corporaciones (como ya habíamos mencionado: delenda est Santa Fe). La respuesta sobre la corrupción golpe a golpe no es sino una variación del mismo tema. También habíamos visto que el hecho mismo de que estemos discutiendo sobre la justificación de la corrupción es un síntoma de que andamos muy mal. La comisión de un delito contra la administración pública, como la comisión de todo delito (excepto quizás aquellos que afectan la propiedad privada y el aborto), debería automáticamente interrumpir la discusión política, amén de sus graves repercusiones legales. El hecho de ganar las elecciones no es un ticket para cometer delitos (y si lo fuera, Macri en Capital podría reprimir a gusto, al menos por ahora).

Recordemos que el propio kirchnerismo utilizaba la teoría del culo limpio (algo irónica en este contexto de lavado) para denostar a los evasores que critican al Gobierno, asumiendo correctamente que todos debemos pagar impuestos (se te olvida). No parece haber razones por las cuales lo mismo no valga para el deber de abstenernos de cometer delitos.

El kirchnerismo, por otro lado, tiene mucha razón al sostener que la política es conflicto, por no decir polémica en el sentido literal o griego. Sin embargo, de ahí no se sigue que en la guerra vale todo, incluso tomando al término guerra en su sentido literal. Por el contrario, toda guerra amén del régimen que determina quiénes pueden participar y por qué razones y de qué modo (lo que en la jerga se suele denominar el derecho a la guerra o jus ad bellum), toda guerra, decíamos, contiene una serie de disposiciones que regulan qué se puede hacer durante la guerra (el derecho en la guerra o jus in bello). Hasta Hobbes, alguien que no suele ser entendido precisamente como un pacifista, creía que hay cosas que no se pueden hacer “ni siquiera en la guerra” (Elementos Filosóficos. Del Ciudadano, III.27, n.). Y estas prohibiciones sobre la guerra son lógicamente independientes de quiénes y de por qué pelean. Tales prohibiciones, precisamente, describen la conducta de quienes cometen crímenes de guerra.

La corrupción en el ejercicio de la función pública, continuando con la metáfora, viene a ser algo así como un crimen de guerra. Es una verdadera tautología sostener que no puede haber razón alguna que justifique la comisión de un delito, y menos de tal delito, y todavía menos en la escala en la que estamos discutiendo en estos días (malgré Diana Conti: derecho penal para todxs). De hecho, los penalistas, sobre todo los criminalistas críticos, con muchísima razón, se cansan de denunciar que mientras que los delincuentes de poca monta van a la cárcel por delitos cuya responsabilidad recae fundamentalmente en la sociedad, el así llamado delito de cuello blanco no sólo es muchísimo más dañoso para la sociedad misma sino que es apañado por los jueces.

Por otro lado, la estrategia de alegar bíblicamente que nadie puede tirar la primera piedra, esto es, la estrategia de devolver acto de corrupción por acto de corrupción, en lugar de ser una defensa termina siendo una auto-incriminación. Es como si los nazis trataran de justificar el Holocausto debido al Gulag soviético, o alguien quisiera defender al genocidio armenio en manos de los turcos mediante una comparación con el genocidio judío en manos de los alemanes. Da la impresión de que no es una buena estrategia.

Algunos proponen desplazar el eje de la acción hacia los actores y, con mucha razón, sospechan de los motivos de Clarín al denunciar la corrupción gobernante. Pero dicha sospecha, ciertamente acertada, es irrelevante. Equivaldría a criticar a los Estados Unidos porque entraron en guerra con Alemania pero por su propio interés (tal como ha sido su costumbre en todas las guerras en las que han entrado), y no para evitar el Holocausto, como si hubiese preferido entonces que no entraran en absoluto antes que hacerlo por auto-interés. O equivaldría a argumentar, tal como hizo Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que el Imperio Británico había cometido actos tan aberrantes como los nazis en sus propias colonias. Es muy probable que sea cierto. ¿Se sigue entonces de ahí que los nazis tenían derecho a cometer las atrocidades que llevaron a cabo?  

Sin dejar la cuestión del origen o autoría, el famoso eslogan Clarín Miente tampoco puede ser útil. Hasta Hitler puede decir la verdad, aunque nadie deseara creerle, tal como lo muestra el caso de la matanza de Katyn. En efecto, Hitler tenía razón cuando protestaba a los cuatro vientos no haber matado a los 20.000 oficiales e intelectuales polacos encontrados muertos en los bosques de Katyn, porque la matanza fue realizada por los soviéticos. Nadie, por supuesto, tiene ganas de creerle a Hitler, pero las creencias no tienen nada que ver con las ganas (al menos por lo que se sabe hasta ahora de la psicología humana y del mundo).

En realidad, la autoría del delito perjudica sobre todo al Estado. Si hay delitos imprescriptibles por el hecho de que son cometidos por funcionarios públicos mientras que los mismos delitos cometidos por manos privadas no lo son, ¿por qué es distinto el caso de la corrupción cometida por funcionarios públicos? ¿No deberíamos aplicar el mismo estándar? Si el terrorismo de Estado no es una redundancia sino que es peor que el privado, no parece haber razones para negar que con la corrupción debería suceder otro tanto.

Queda una eventual mención a la reciprocidad. ¿Acaso, dirá alguien, Clarín por el mero hecho de ser una corporación, no usa, por así decir, gas mostaza en esta guerra que libra contra el pueblo, y no queda alternativa que hacer otro tanto, para poder acabar con el Diablo, el enemigo de la Humanidad? Incluso suponiendo que la reciprocidad fuera atendible, cabe recordar que el Diablo puede tener buenos abogados constitucionalistas, pero el Pueblo en las últimas elecciones nacionales obtuvo el 54 % de los votos, con el Diablo a toda máquina maquinando en su contra (más allá de que Dios y el Diablo habían trabajado juntos varios años). Y, por supuesto, queda mostrar la relación de causalidad o necesidad entre la corrupción y la guerra contra las corporaciones. En realidad, la corrupción mata pero no a las corporaciones (todo lo contrario en realidad), sino a los individuos que viajan en tren, o simplemente se quedan en casa en un día de lluvia.






sábado, 4 de mayo de 2013

"No es lo que parece" (Lázaro Báez)


En nuestra típica reunión de los viernes (no tenemos nada mejor que hacer) los integrantes de La Causa, siempre preocupados por la corrupción, ese tema tan preocupante que desvela a los republicanos, por más que algunos (que no son precisamente republicanos) no lo sepan (click) y otros no lo quieran entender (click), nos pusimos a ver el clip de la "conferencia de prensa" que dio Lázaro Báez acerca de las denuncias que lo involucran y que son de público conocimiento:




Mientras veíamos estas imágenes, lo que decía Baéz (no es lo que parece, no se dedica a negocios turbios, sus actividades son cien por ciento legales, es utilizado como un "forro" para manchar a Néstor Kirchner,  curiosamente, también habló de su responsabilidad empresarial, de donaciones a colegios e Iglesias, como si tuviera algo que ver con las denuncias, o atenuaran las mismas) a todos los miembros de La Causa (incluyendo al judío, al sefaradí y al kirchnerista) nos hizo acordar a algo pero no sabíamos a qué, hasta que, terminada la reunión, nos pusimos a ver TV (algo que religiosamente hacemos después de nuestra reunión de los viernes, otra vez: no tenemos nada mejor que hacer) y justo por casualidad dimos con aquello a lo que nos había hecho acordar la declaración de Báez (en el sentido de que "no es lo que parece", es un "forro", etc.):



L - ¿Qué es lo que está pasando?
P - No es lo que parece.
S - ¿Qué es lo que parece?

Y AHORA…
S - No es lo que parece, no es lo que parece…
L - ¿Qué es lo que estás rumiando?
S – El rompecabezas de Penny de esta mañana. Ella y Koothrappali emergieron de tu habitación. Ella está despeinada y Raj está vestido sólo con una sábana. La única pista: “no es lo que parece”.
L – Sólo déjalo ir Sheldon.
S – Si pudiera, lo haría. Pero no puedo, entonces no lo voy a hacer. Conociendo a Penny, la obvia respuesta es que tuvieron un coito. Pero, como eso es lo que parece, podemos descartar eso. Pongámonos nuestro sombrero para pensar. Raj es de la India, un país tropical, higiene del Tercer Mundo, las infecciones parasitarias son comunes, tales como los oxiuros. El procedimiento para diagnosticar oxiuros es esperar hasta que el sujeto esté dormido y que los parásitos repten fuera del recto en busca de aire. Sí, exactamente así. Penny pudo haber estado inspeccionado la región anal de Raj en busca de parásitos. Eso sí que es ser un bueno amigo.
L – Ellos durmieron juntos, Sherlock.
S – No, no estuviste oyendo. Ella dijo: “no es lo que parece”.
L – Ella mintió.
S – Oh! Entonces debo parecer tonto sentado aquí usando esto.

El único problema que va a tener Báez (y su equipo de abogados) es encontrar los oxiuros que expliquen cómo un contador del Banco de Santa Cruz terminó luego de una década ganada manejando miles de millones de dólares, ya que Báez no miente. O quizás de paso le dimos una idea para que pueda defenderse de, entendemos, la acusación penal de la que algún día será objeto, ya que la gente es mala y murmura, como dice el tango. No le deseamos suerte, pero no porque tengamos algo en su contra, sino porque francamente no la necesita, al menos por ahora.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Parafraseando al General, al Final somos todos Republicanos


En el fondo, bien en el fondo, de hecho, casi al final del corte de la película hecha por Adrián Caetano, nos enteramos de que Néstor Kirchner era un republicano. En efecto, desde 1:31:30, Kirchner en la Convención Constituyente de Santa Fe en 1994 se quejaba de que en lugar de debatir con él y persuadirlo sobre un cambio en un dictamen, una mayoría producto de un acuerdo peronista que involucraba a Alfonsín le había impuesto un dictamen sobre el federalismo decidido a sus espaldas. Parafraseando a Kirchner, esa mayoría había "parado la democracia". Además, Kirchner se quejaba de quienes negaban el disenso y conculcaban el federalismo. Pero él mismo confiaba en que en algún momento, en el futuro por supuesto, las cosas iban a cambiar, que el movimiento iba a convertirse en "verdaderamente democrático". En el fondo, entonces, no sólo era republicano sino un optimista incorregible. Lo más curioso es que Caetano había creído que este Kirchner republicano, que hablaba de los bonos de Santa Cruz y que aparecía con Menem y Manzano, era material para una película oficialista. Como diría Borges, Kirchner no es el único incorregible entonces. Si no abre acá abajo, la película se puede ver en youtube y acá.


domingo, 28 de abril de 2013

El Perro Pluto y el nuevo Consejo de la Magistratura


La discusión constitucional sobre la reforma judicial no cesa, y nosotros tampoco. Tal como lo hacía Aurora en las viejas épocas, aunque no tan viejas, La Causa adelanta el futuro. En efecto, gracias a la magia de Walt Disney tenemos un adelanto de cómo podrían funcionar las mayorías simples del nuevo Consejo de la Magistratura (verdadero "jury"), las cuales, por ejemplo, podrían considerar a varios jueces como enemigos públicos, quizás por haber investigado a funcionarios pertenecientes a las mayorías circunstanciales, tal como Pluto es considerado un enemigo público por haber perseguido gatos (nótese, sin embargo, que el jury de este video es más exigente, ya que condena por unanimidad). El final es particularmente ilustrativo.





Y para los que quieren escucharlo en su versión original:





N. de la R.: nuestro agradecimiento a un programa de TV de Slavoj Žižek sobre la perversión en el cine que nos llamó la atención hace un tiempo sobre este episodio del Ratón Mickey.

viernes, 26 de abril de 2013

Temo a los Griegos, incluso cuando hacen Entrevistas





Este video es el producto de dos grandes errores. El primero, es de quienes manejan, por así decir, la prensa de Lorenzino, que no tuvieron la mejor idea de concederle una entrevista a una periodista que no sólo no trabaja en un medio afín, sino que encima es extranjera. Lo cual nos lleva al segundo error, si es que se trata de un error.

En realidad, es otra muestra acabada de la necesidad de estudiar sociología de la cultura o dedicarse a los estudios culturales. En efecto, da la impresión de que en Grecia tienen esta extraña costumbre de entrevistar a los Ministros de Economía, y para el caso de que hubiera inflación, preguntarles de cuánto es, y para el caso de que la cifra que dieran fuera sensiblemente inferior a la real, preguntarles por la diferencia. La periodista, de buena fe, entendemos, creyó que aquí teníamos esta misma y extraña costumbre. Pero, en las palabras de nuestro Ministro, “la verdad, hablar sobre estadísticas de inflación en Argentina es complejo, ¿OK?”. Acá de la inflación no se habla. Nos sigue sorprendiendo la peregrina idea de esta periodista que cree que su trabajo consiste en hacerle preguntas sobre la inflación al Ministro de Economía. Pensar que Grecia fue la cuna de la democracia. Véase, sin embargo, en lo que degeneró ahora: periodistas cuyo trabajo creen es hacer preguntas.

De ahí que Lorenzino se viera en la misma situación que el Dictador de Sacha Cohen, a partir de los 21 segundos de este clip, que no pudo decir seriamente lo que estaba enunciando y tuvo que cortar la filmación:



Ahora bien, y tal como lo dice quien entendemos es una asesora de Lorenzino (la cual comparte el ligero acento y modismos sanisidrenses del Ministro), “hay un tema… que quizás es difícil de entender para alguien de afuera”: “nosotros no hablamos de la inflación ni con los medios argentinos”. Lo que en principio puede sonar chauvinista, como si dado que el Ministro no habla siquiera con sus propios medios, es absurdo que hable con medios extranjeros, en realidad es una denuncia anti-imperialista. En efecto, la buena fe de la periodista terminó siendo perversidad, tal como suele pasar. Los griegos creen que son el centro del mundo, estándares universales de conducta. Ya Aristóteles, en el libro VII de la Política, creía que los griegos representaban una mezcla exacta de inteligencia y coraje, entre la cobarde inteligencia asiática y el coraje estúpido de los europeos. En otras palabras, el heleno-centrismo, la típica sinécdoque imperialista, sigue intacta. Como en Grecia hay periodistas que le hacen preguntas al Ministro de Economía sobre la inflación, entonces creen que acá somos bárbaros porque no tenemos esa misma y pestífera práctica, que no es sino una muy poderosa arma de las corporaciones en su lucha contra la democracia. Montaigne famosamente denunció que quienes se creen civilizados consideran salvajes a quienes no son como ellos. Antes de visitar un país extranjero los periodistas deberían primero interiorizarse acerca de sus costumbres.

Pensándolo bien, sin embargo, Lorenzino es una víctima en esta historia, ya que se encuentra en la misma situación que Winston Smith, el personaje central de 1984. Lorenzino, tal como Smith, al menos antes del final de la novela, se resiste a creer que la realidad no existe, que la inflación es lo que el partido dice que es, y por eso se niega a decir la cifra en cámara. Recordemos lo que O’Brien le explica a Smith: “Sólo la mente disciplinada puede ver la realidad, Winston. (…). Cuando vos te engañás pensando que ves algo, asumís que todos ven la misma cosa que vos. Pero te digo Winston, que la realidad no es externa. (…). Cualquier cosa que el Partido diga que es la verdad, es la verdad” (1984, pp. 225-6). El Partido no se conforma con que digamos la cifra oficial de inflación, sino que además hay que creer que es verdadera. El ejemplo más claro de la psicología partidaria es la de Pimpi Colombo, la ex seguidora (pero lejos está de ser la única) de Domingo Cavallo. A juzgar por sus apariciones públicas, Pimpi no miente sobre la inflación en cámara, a los cuatro vientos, sin remordimientos. En absoluto. La única explicación de su estoica constancia sobre los números del INDEC es que sus estados mentales han sido lavados por el partido. Quizás Pimpi antes era como Lorenzino, tenía sus dudas, y mentía, pero al final se doblegó, igual que Smith. Ella cree en las cifras del INDEC, y por eso se comporta como una orgullosa ciudadana noruega. 

Es más. No nos extrañaría que esta pobre sufrida criatura que es Lorenzino—aunque en realidad lo somos todos en cierto sentido—no sólo sabe que acá de la inflación no se habla, o en todo caso se miente, sino quizás hasta recuerda que alguna vez Clarín fue el más preciado aliado del kirchnerismo. Todavía no puede decir que siempre estuvimos en guerra con Clarín (algo habíamos dicho al respecto: click). Todo lo cual no es sino una razón extra para su humana, demasiado humana reacción, el deseo de irse de la entrevista. Sus estados mentales todavía perciben un desfase entre la realidad y sus creencias.

Lorenzino, todavía, en una situación angustiante pero—quizás por eso mismo—redentora, resiste. Sigue enfrentado al eterno desafío del panorama descripto en 1984, p. 34: "Saber y no saber, ser consciente de veracidad completa mientras se dicen mentiras cuidadosamente construidas, sostener simultáneamente dos opiniones que se cancelan mutuamente, saber que son contradictorias y creer en ambas; usar la lógica contra la lógica, (...), olvidar lo que era necesario olvidar, entonces traerlo otra vez a la memoria en el momento en que fue necesario, y entonces prontamente olvidarlo otra vez”. Lo único que queda por saber es hasta cuándo Catilina abusarás..., perdón, hasta cuándo Lorenzino podrá resistir, o si simplemente se pimpiniza. 

jueves, 25 de abril de 2013

¿Derecho penal para Todos y Todas?








Las opiniones vertidas en este video (hace un tiempo, en 2010, mucho antes de los programas de Lanata) por Diana Conti son ciertamente intrigantes. Vale aclarar que nos llamó poderosamente la atención enterarnos de que Diana Conti es abogada penalista. No precisamente porque sea un gran logro, sino porque su formación jurídica no hizo sino incrementar nuestra curiosidad por su postura.

En primer lugar, no podemos dejar de confesar nuestro asombro por la defensa penal mencionada por Conti en el sentido de que una acción podía ser delictiva o no, si su autor podía saber o no que iba a terminar siendo presidente de la república, respectivamente. Para resolver semejante cuestión necesitaríamos convocar a un neurocirujano o a un científico especializado en cohetes, como se suele decir en las películas de Hollywood.

En segundo lugar, por suerte, hay otra cuestión que es mucho más modesta y que puede ser resuelta consultando a un abogado. En efecto, nos ha provocado gran curiosidad la teoría de Conti según la cual delitos contra la administración pública tales como violación de los deberes de los funcionarios públicos, cohecho, malversación de caudales públicos, negociaciones incompatibles con el ejercicio de funciones públicas, enriquecimiento ilícito, encubrimiento y lavado de activos de origen delictivo, están exentos de pena para el caso de que quien cometiera la acción prevista por el tipo penal fuera elegido democráticamente y/o su ideología política fuera la correcta. En pocas palabras, que la comisión de un delito quedara exenta de responsabilidad penal por el hecho de que el autor fuera democráticamente elegido y/o tuviera la ideología política correcta. Se trataría de un abolicionismo restringido, sólo para personas de cierta ideología. O si se quiere, un derecho penal de autor, pero al revés, esto es, hay ciertos autores de delitos a los que no se les aplica el derecho penal. La clave para saber si hay un delito es quién lo hizo, no qué es lo que fue hecho.

En realidad, la posición de Conti no es exactamente nueva. Ya había sido descripta por George Orwell: “las acciones son tenidas por buenas o malas, no en sus propios méritos, sino de acuerdo a quién las hace, y casi no existe clase de ultraje… que no cambie su color moral cuando es cometido por nuestro lado” (cit. en Ned Dobos, Insurrection and Intervention, p. 60).

Apenas terminamos de ver el video, nos abalanzamos sobre el abogado del equipo de La Causa para que nos explicara semejante teoría que sin duda atenta contra el sentido común. Nuestro abogado nos explicó que al menos cuando él terminó la carrera allá por los comienzos de la década del (mil novecientos) noventa, la vieja dogmática penal enseñaba que una acción típica (i.e., para decirlo rápido y en criollo, prevista por la ley con un castigo en el Código Penal) sólo podía estar justificada en caso de que hubiese sido cometida, por ejemplo, en defensa propia o de un tercero, o en estado de necesidad, o autorizada por otra disposición jurídica, pero jamás porque el autor ganó las elecciones. Para ilustrar cómo funciona una causa de justificación estándar, Conti tendría que sostener que los actos contra la administración pública fueron cometidos en estado de necesidad: un mal fue causado (delitos varios contra la administración pública) para evitar otro mayor e inminente (perder la oportunidad de juntar euros por kilo) al que el autor ha sido extraños.

Quizás, agregó nuestro abogado, el kirchnerismo modificó el Código Penal sin haber notificado debidamente la reforma y añadió una nueva causa de justificación: ser kirchnerista. Más allá de la discusión sobre las bondades de la reforma en sí misma, sin duda se trata de un argumento de peso para quienes insisten en la necesidad imperiosa de que los profesionales se actualicen diariamente.

Así y todo, insistió nuestro abogado, aunque el kirchnerismo hubiera hecho semejante modificación, la misma habría sido inexplicable. En efecto, la teoría estándar del derecho penal sostiene que las leyes penales contienen dos tipos de prohibiciones: aquellas que se refieren a acciones inherentemente malas o malas en sí mismas, acciones cuyo disvalor no puede ser razonablemente negado por persona alguna, y por eso están prohibidas (que en la jerga escolástica eran didácticamente llamadas mala in se) y aquellas que se refieren a acciones cuya ilicitud o disvalor proviene exclusivamente del hecho de que estén prohibidas o acciones que son malas porque están prohibidas (no menos didácticamente eran llamadas acciones mala quia prohibita). Un ejemplo de las primeras es la típica prohibición del homicidio, un ejemplo de las segundas es la prohibición de entrar al país con una suma de dinero superior a cierto límite. Mientras que el homicidio es malo en sí mismo, no hay nada malo en sí mismo en entrar a un país con más de, v.g., 10.000 dólares, o comprar o vender dólares, tal como nos lo ilustra el caso de Néstor Kirchner quien aprovechara las viejas épocas comprando dólares por cifras millonarias.

Ahora bien, aunque compartimos la desconfianza de los anarquistas respecto a las instituciones estatales, y comprenderíamos el escepticismo anarquista respecto a las prohibiciones que protegen la propiedad privada o castigan la evasión impositiva, hasta los anarquistas estarán de acuerdo en que los delitos contra la administración pública mencionados (i.e. cohecho, malversación, enriquecimiento ilícito, etc., y todo quizás en concurso real por kilo), por más que su comisión dañe al Estado, su disvalor no proviene de su prohibición, sino que están prohibidos porque son disvaliosos, sin que importe quién los comete.

En otras palabras, se refieren a acciones que son malas en sí mismas, debido a que la ventaja del delincuente perjudica injustamente a los demás, amén del perjuicio a la confianza depositada por los ciudadanos en sus funcionarios. Y en todo caso, cuando se trata de acciones malas en sí mismas, jamás la ideología ni el autor son relevantes. Cualquier autor de semejante delito, indistintamente de por qué lo hizo, debe ser castigado (es significativo que el ejemplo que usaba Aristóteles para ilustrar la existencia de acciones inherentemente malas era el del adulterio, el cual ni siquiera podía estar justificado en el caso de ser cometido con la esposa del tirano). En realidad, es una situación agravante el hecho de que quien comete tales delitos se llena la boca defendiendo la necesidad de la intervención estatal para corregir las injusticias sociales.

En cuanto al daño sobre la sociedad que los delitos contra la administración pública provoca en la sociedad, basta recordar los casos de la tragedia de Once o de la inundación de La Plata y Buenos Aires. En efecto, en los casos de corrupción solemos concentrarnos en la ventaja injustamente adquirida o en la indignación que provoca en los ciudadanos y no tanto en los efectos de la corrupción en la sociedad. Ambas cosas deben ser tenidas en cuenta. En realidad, un homicidio puede ser mucho menos dañoso que los actos de corrupción de funcionarios públicos. Si en una futura reforma penal alguien propusiera darles a los funcionarios públicos una especie de ticket para cometer un delito a su elección, convendría ofrecerles un pase para un homicidio antes que juntar dinero por kilo, lavarlo y luego enviarlo al exterior.

Queda el último argumento que da Diana Conti, un argumento de naturaleza moral o política y no ya jurídica, ya que el Código Penal no lo contempla. Según este argumento, un delito podría ser exculpado en caso de que fuera cometido en aras de un fin justificado o una causa justa. Algo así como un estado de necesidad, pero sin los límites impuestos por el derecho. La variante deontológica propondría que la corrupción es una recompensa por lo hecho. Pero no va a faltar el que se pregunte por qué hay que recompensar al que actúa por una causa justa. ¿No son las causas justas su propio premio? ¿Y no sería contradictoria semejante recompensa por la causa justa?

La variante teleológica se concentraría en los resultados. Por ejemplo, la corrupción pública tuvo efectos revolucionarios en la sociedad (y, para ser serios, dichos efectos no pueden ser medidos por el INDEC): bajó la pobreza, la indigencia, la inflación, la criminalidad (ya que es la otra cara de una distribución injusta del ingreso), etc. Quizás algún día la corrupción tenga efectos revolucionarios, pero por ahora tuvo efectos más reaccionarios en todo caso. En realidad, esta variante no parece ser menos contradictoria que la primera. Y sólo convencería a los consecuencialistas, si es que lo hace. Los demás insistirán en que la corrupción no tiene ideología.

Queda la variante según la cual el corrupto en realidad sólo quiere protegerse de las corporaciones que tratarán de vengarse de él por haber tratado de revolucionar la sociedad. De ahí la necesidad de, como gráficamente lo dice Conti, “estar hecho”, asegurarse de que toda la familia en todas las generaciones no sufrirán porque sus antecesores se dedicaron a la política. Se trata de una variación del tema teleológico, pero que de ser válida exigiría quizás que le diéramos el mismo trato a cualquiera que afectara a las corporaciones, por ejemplo, un científico cuyo descubrimiento afectara a las corporaciones de tal forma que exigiera por lo tanto miles de millones para seguir adelante.

Finalmente, resta el argumento según el cual, si no toleramos la corrupción, “gana Cobos” (o peor, Dios no lo quiera, y lo decimos mientras nos tocamos nuestras partes pudendas, Macri). Irónicamente, este argumento va en contra de la lógica aparentemente democrática que inspira la defensa de la corrupción democrática. En efecto, no hay que olvidar que la corrupción no es considerada delito por algunos debido a que fue cometida por quienes ganaron las elecciones. Si Cobos, o Macri, o quien fuera, ganaran las elecciones, entonces también quedarían habilitados para cometer delitos.

En realidad, que estemos haciendo bromas sobre estos tópicos, o peor, que provoquen discusiones como las que intentó dar Diana Conti en ese entonces y quizás todavía quiera dar hoy en día (o quienes acusan a los críticos de la corrupción kirchnerista de ser "honestistas"), es una grave señal de lo mal que estamos, una grave señal de la creencia en que la democracia es un ticket para cometer delitos, al menos bajo ciertas condiciones.

martes, 23 de abril de 2013

Maduro ganó la Auditoría de Votos y otros Chistes judíos




La práctica constitucional venezolana sigue haciendo las delicias de los constitucionalistas. Ya habíamos discutido un par de puntos al respecto (click). Ahora lo que nos llama la atención es la decisión de hacer una auditoría o revisión de votos de las últimas elecciones presidenciales que no va a tener efecto alguno (click).

En efecto, si se nos permite la expresión, a pesar de la reticencia inicial, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela (CNE) accedió a la petición de la oposición de llevar a cabo cierta auditoría de las elecciones, pero aclaró que la misma no es un recuento en sentido estricto y además no podrá alterar el resultado de las elecciones. La pregunta es entonces ¿para qué semejante auditoría?

Se nos ocurren tres opciones por las cuales la auditoría no afecta el resultado electoral. (1) Porque están seguros de que ganó Maduro. Esta primera opción es extraña, ya que el sentido mismo de pedir y/o conceder una revisión es que no están seguros de quién ganó. (2) Una segunda opción nos hace acordar a un viejo chiste judío que solía contar Norman Erlich. Una persona le dice a otra: "Qué desgracia. Me enteré de que se quemó tu negocio. Lo lamento mucho", y la otra le responde: "No, callate, la semana que viene". Cabe aclarar que hace poco un colega peruano nos contó que en Perú cuentan un chiste estructuralmente idéntico pero protagonizado por gallegos, como se suele decir, y por lo tanto para indicar ingenuidad, por así decir. (3) Finalmente, aunque la auditoría arrojara un resultado contrario, Maduro seguiría siendo el ganador. Esta opción supone que si las elecciones no conducen a la victoria de Maduro, las que se equivocan son las elecciones (o los electores), no la manera de contar los votos. En otras palabras, el sentido de que haya elecciones es que Maduro tiene que ganar, o como habría dicho Rousseau, dado que Maduro representa a la voluntad general, si el pueblo hubiera votado mayoritariamente a Capriles, entonces se habría equivocado. Quizás sea cierto. Pero no envidiamos a quien tuviera la imposible tarea de mostrar las credenciales democráticas de semejante opción (ya las habíamos tratado aquí en relación al kirchnerismo).

Quizás haya más opciones en juego, pero francamente se nos escapan. Cualquier aporte es más que bienvenido.


lunes, 22 de abril de 2013

Maquiavelo y la Ética pública




Edgardo Mocca en su nota de Página 12 de ayer (click) en relación a la manifestación del 18 A sostiene ciertas ideas que son verdaderamente "polémicas" como se suele decir en estos días. En efecto, en la nota sostiene:

"La ética pública tiene, por su lado, una larga historia en el debate teórico y en la práctica política de las sociedades. Para los kantianos, la honradez es la mejor forma de la política, mientras que para la tradición de pensamiento que nace con Maquiavelo, es la virtud, y no la ética, el atributo principal del líder político. No es la virtù, en el sentido de una adaptación de la conducta a un precepto dogmático, sino la virtù que designa la excelencia de la capacidad política del líder, cuya conducta debe ser juzgada en relación con la grandeza de la patria y la felicidad de sus habitantes. Nuestra conversación cotidiana tiende a equiparar la ética política con la ética individual y a reducir con frecuencia el alcance de ambas a la abstinencia de la apropiación de lo ajeno; es decir algo que no puede ser considerado parte de la ética porque pertenece a la esfera estricta del derecho penal".

En primer lugar, jamás Kant confundió la ética con la política. Es por eso que escribió por un lado La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres y la Metafísica de las Costumbres por separado. Quizás algunos kantianos, o personas que creen ser kantianas, sí confunden la ética con la política y por eso la gente sigue la opinión común al respecto. Pero es un error. Por ejemplo, Rawls usa a Kant, pero su teoría no es kantiana. Pero dejemos a Kant.

Lo más grave es la interpretación que hace Mocca de Maquiavelo. Es un grueso error atribuirle la idea a Maquiavelo de que su teoría de la virtud es compatible con la corrupción pública. En realidad, la teoría republicana sostiene que la corrupción es la falta de virtud. Precisamente, Maquiavelo desconfiaba de los gobiernos unipersonales porque promovían la corrupción del pueblo. Bajo gobiernos monárquicos la gente no sabe cómo gobernarse a sí misma, deliberar, ni defenderse de enemigos externos. El poder absoluto hace que la gente sea fiel al gobernante y no a la república, amén de que provoca la riqueza exagerada de los gobernantes. Y Maquiavelo, como republicano de ley que era, jamás habría tolerado que un funcionario se quedara con un solo centavo del erario público. Por supuesto, los republicanos de pura cepa, de la vieja tradición, siguen el viejo eslogan de salus publica suprema lex esto y saben que en casos de emergencia la salvación de la república es más importante que el interés privado. Pero habrían considerado un disparate que la salvación de la república exigiera la corrupción de los funcionarios.

Leamos a Maquiavelo, para variar: "[F]ue muy afortunada Roma, ya que sus reyes se corrompieron pronto y fueron expulsados antes de que su corrupción se contagiase a las vísceras de aquella ciudad. Y como ésta permanecía libre de corrupción, los numerosos tumultos que acaecieron en ella, encaminados a buen fin, no perjudicaron a la república, sino que la favorecieron. Y se puede llegar a esta conclusión: cuando la materia no está corrompida [la quale incorruzione], las revueltas y otras alteraciones no perjudican; cuando lo está [dove la è corrotta], las leyes bien ordenadas no benefician, a no ser que las promueva alguno que cuente con la fuerza suficiente para hacerlas observar hasta que se regenere la materia [se già le non sono mosse da uno che con una estrema forza le faccia osservare, tanto che la materia diventi buona], …” (Discursos..., I.17).

Quien crea que para Maquiavelo, o para cualquier republicano, la corrupción es compatible con la virtud está severamente equivocado. Se trata de una contradicción en sus términos. La suma de todos los males para el republicanismo es la corrupción. En todo caso, lo que Mocca puede haber leído alguna vez es que Maquiavelo en su libro de consejos para príncipes llamado precisamente El Príncipe le recomendaba a un príncipe, pero entonces no a un gobernante republicano, que tomara decisiones que podrían ser éticamente reprobables, como por ejemplo no cumplir con su palabra, o mentir, e incluso cometer homicidios, para mantenerse en el poder. Tales acciones podrían ser virtuosas en la medida en que contribuyeran a la conservación del orden. Pero en todo caso semejante consejo (a) jamás menciona siquiera la posibilidad de que el príncipe use el erario público como si fuera suyo y (b) provenía de Maquiavelo en su capacidad de asesor o de intelectual a sueldo o que intentaba ser contratado por alguien, jamás de Maquiavelo como pensador político republicano.

Como ya hemos visto, lo que Maquiavelo habría recomendado sería regenerar la materia corrupta como primer paso hacia la salvación de la república. Jamás hacer la vista gorda ante la corrupción, subestimar lo que Mocca llama "la abstinencia de la apropiación de lo ajeno". A Mocca le va a costar encontrar algún pensador político de envergadura que aconseje algo semejante. Habría que ver si eso es lo que aconseja Mocca.

domingo, 21 de abril de 2013

No se puede proteger la Constitución violándola





La diputada Elisa Carrió ha llamado a impedir que tenga lugar la votación el próximo miércoles en el Congreso sobre la así llamada reforma judicial (click). Sin duda, se trata de una reforma con graves consecuencias institucionales que afectan a la forma republicana de gobierno adoptada por nuestra Constitución y que muy probablemente sea inconstitucional.

Ahora bien, la convocatoria para impedir que sesione el Congreso es peligrosamente ambigua porque admite al menos dos lecturas. Según la lectura política, lo que la diputada propone es hacer todo lo políticamente posible para impedir que la reforma tenga lugar, es decir, medidas usuales en la política parlamentaria tales como no prestar quórum, peticionar antes los representantes que revean sus creencias al respecto, convocar a la gente que asista a la deliberación y se haga presente en los alrededores del Congreso, etc.

Pero la indeterminación de la propuesta de Carrió podría entenderse como un llamado a hacer imposible sin más que el Congreso sesione, lo cual configura el delito de sedición. Es de muy público conocimiento que la misma Constitución afectada por la reforma judicial aclara enfáticamente que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes, así como el Código Penal prohíbe la sedición. Otra vez, Carrió tiene razón en que la reforma podría ser inconstitucional. Pero es el poder judicial el que tiene la atribución legal de decidir sobre la constitucionalidad de las leyes, no el pueblo.

En el fondo, la propuesta de Carrió, por bien intencionada que fuera, confunde cuestiones constitucionales, que invitan el desacuerdo, con las estrictamente legales cuyas prohibiciones son indiscutibles. Como diría Carl Schmitt (o el liberalismo francés del siglo XIX), confunde cuestiones políticas con cuestiones estrictamente legales. En nuestro país, los órganos encargados de tomar la decisión política de determinar si una ley es constitucional son las judiciales. No es ninguna novedad la así llamada dificultad contramayoritaria: hay razones para oponerse a que los jueces tomen decisiones políticas de este tipo. Pero es indudable que, hasta nuevo aviso, el control judicial de constitucionalidad es parte del sistema judicial argentino. En cambio, es una cuestión claramente legal, por no decir penal, que la sedición está prohibida por la Constitución y por el Código Penal, y no hace falta acudir a la Corte Suprema al respecto.

La reforma judicial muy probablemente afecta a la forma republicana de gobierno. Pero no se puede impedir el normal desenvolvimiento del Congreso por un desacuerdo constitucional. No es el pueblo sino la Corte Suprema en última instancia la que decide sobre la constitucionalidad de las leyes, y es el pueblo mismo el que decidió esta división del trabajo. Cabe recordar que se trata además de una Corte Suprema que ha dado muestras claras de independencia frente al mismo Poder Ejecutivo que designara a varios de sus miembros, muestras que de hecho han provocado ataques del Poder Ejecutivo hacia dicho tribunal.

En conclusión, a menos que la invitación a impedir la aprobación de la ley de reforma judicial sea entendida en términos puramente políticos como los expuestos más arriba, deberíamos abstenernos de hacer todo lo posible para cometer un muy grave delito en el caso de un orden constitucional democrático, tal como lo es el delito de sedición.