sábado, 31 de enero de 2015

Servicio Internacional: 2da. Entrega. La Secretaría del Pensamiento



Envalentonados por la repercusión que tuvo la nueva sección La Causa de Catón Internacional (Servicio Internacional), vamos a sucumbir a la hubris de continuarla, como no podía ser de otra manera. Claro que al lado de la explicación de la muerte del fiscal Nisman, la tarea de comprender el fenómeno que hemos elegido para hoy es a todas luces quijotesca. Ciertamente, mientras que la inmoralidad es siempre comprensible, a veces demasiado, la irracionalidad tiende a ser ininteligible.

En efecto, si la muerte de Nisman parece corresponderse, habíamos dicho, con la trama de una película clase B surrealista, nuestro tema de hoy es indudablemente pythonesco. A esta altura, por supuesto, nuestros lectores regulares (a quienes le rogamos sepan ser benevolentes si o cuando nos repetimos, ya que tratamos de cumplir con la misión cosmopolita de hacer inteligible a nuestro país para el mundo), sabrán que se trata de ese invento muchísimo más argentino que el dulce de leche y Nicola Paone, i.e., la denominada Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional (SECOESPENAC a continuación y para abreviar).

Como a esta altura muchos, si no todos, los lectores internacionales habrán dejado de leer esta entrada porque no están interesados en la literatura de ficción, nos vemos obligados a subir un video (gentilmente editado por @mis2centavos) de la televisión estatal para demostrar que la creación de la SECOESPENAC no es en absoluto una ironía de este blog:




No pocos críticos del Gobierno, guiados suponemos por las mejores intenciones, creyeron ver en esta institución, cuya reminiscencia orwelliana es indudable, un resabio o atavismo nazi o fascista. Sin embargo, aunque tuvieron indudablemente ministerios y secretarías consagrados a la propaganda, a la censura, al cine, etc., ni el nazismo ni el fascismo contaron con una Secretaría dedicada al Pensamiento. La razón es muy sencilla, al menos en Alemania. Martin Heidegger habría acogotado a Hitler con sus propias manos si éste se hubiese animado a crear una Sekretariat des Denkens, o algo parecido. Hay cosas que ni siquiera un nazi se atrevería a hacer, y menos en vida de Heidegger, quien no era precisamente un enemigo del régimen.

A los efectos de esta edición internacional puede ser muy ilustrativo comparar la designación de Ricardo Forster al frente de la SECOESPENAC con la de Roberto Mangabeira Unger en Brasil hace unos años como Secretario de Planificación de Largo Plazo, si es que Mangabeira Unger nos perdona por haberlo comparado con Forster. Mientras que Lula había designado a Mangabeira no sólo porque era un intelectual destacadísimo sino además y fundamentalmente porque Mangabeira había denunciado a su gobierno como el más corrupto de la historia (a pesar de que Mangabeira de todos modos terminó yéndose del gobierno de Lula acusado de haber sido cooptado), el Gobierno argentino, quizás para ganar tiempo, designó directamente a un militante feroz como Forster a quien la corrupción no le preocupa demasiado. Por ejemplo, Forster ha manifestado pública y gráficamente que, y aquí citamos de memoria, el patrimonio de Lázaro Báez “no me importa un carajo”.

Quizás nuestros lectores foráneos supongan que la creación de la SECOESPENAC fue literalmente ad hominem, aunque en el buen sentido de la expresión ciertamente, tal como sucede cuando se crea una cátedra en una universidad debido al irresistible atractivo que emana de una mente brillante. Por ejemplo, a los filósofos del derecho les vendrá a la mente de modo inmediato el caso de Joseph Raz y de John Finnis, para quienes la Universidad de Oxford creara otras tantas cátedras paralelas a la hasta entonces única y muy prestigiosa cátedra de jurisprudencia ocupada por Ronald Dworkin, sucesor entonces de H. L. A. Hart.

Si bien no se trata necesariamente de un mal argumento, tiene al menos dos grandes dificultades. En primer lugar, Ricardo Forster confesó públicamente que no tenía idea de que el Gobierno pensaba crear una institución semejante y mucho menos designarlo a él como titular de la misma. Ciertamente, alguien podría sostener que precisamente se trataba de una sorpresa, quizás con el comprensible propósito de conmemorar su propio natalicio.

La segunda dificultad es mucho más difícil de sortear, ya que atañe al pensamiento de Forster y a la opinión que Forster tiene de sí mismo. Efectivamente, preguntado una vez sobre la existencia de un imitador en twitter tan fidedigno que la gente era—y sigue siendo—incapaz de distinguir entre el imitador y el original, Forster sostuvo que “quien lo hace... es un poco tonto” y que se trata de un pensamiento “mezquino, pequeño, ... pigmeo”. Sin embargo, es muy extraño que el Secretario para el Pensamiento no se dé cuenta de que si el contenido proposicional de la imitación es tan parecido que a veces es imposible distinguir quién lo dice, entonces, merced al principio de identidad, su propio pensamiento tiene que ser tan tonto, mezquino, pequeño o pigmeo como el de su imitador. Si Forster, por el contrario, con estas declaraciones quiso hacer gala de una ironía voltaireana, entonces reconocemos que hemos sido batidos en nuestro propio juego y concedemos muy gustosos la derrota. 

Otra muestra acabada del pensamiento de Forster emergió al declarar que “Si Pagni y La Nación dicen lo que dicen, es porque no debemos estar equivocándonos demasiado”, lo cual supone irónicamente que sus adversarios son, a su modo, infalibles en sus errores: siempre que critican al kirchnerismo lo hacen porque el kirchnerismo tiene razón. En este punto, Forster parece estar invocando la figura de aquel egregio militante, San Ignacio de Loyola, quien agregara a sus Ejercicios Espirituales ciertas “reglas para pensar como un militante”. En efecto, según la quinta regla un militante “siempre debe proceder de modo contrario al cual procede el enemigo”.  En otras palabras, un buen militante debe criticar todo lo que dice el enemigo, sólo porque lo dice el enemigo.

Nobleza obliga, sería injusto no destacar dos campos en los cuales la excelencia de Forster es incontrastable. Por un lado, la adjetivación maníaco-compulsiva, que arranca con no menos de tres y que puede llegar hasta seis, siete u ocho adjetivos por sustantivo. Claro que, como sucede con todo talento desmedido, bien puede tratarse de una "bendición mixta", una virtud que puede convertirse en una adicción y requerir tratamiento médico.

Otro tanto se aplica a su talento para la tautología. Como muestra, basta el botón de su profunda indicación según la cual Daniel Scioli tiene derecho a participar de las PASO en la interna kirchnerista. Parafraseando al personaje de Sir John Gielgud en "Arturo el Millonario", si estas capacidades pudieran mostrarse en una competencia olímpica, Forster nos enorgullecería en cuanta lid se presentara, convirtiéndose de este modo en el Sergei Bubka de la adjetivación y de la redundancia. Es más, no nos extrañaría que no le permitieran participar en tales competencias, tal es su superioridad. Quizás algunos lectores recuerden el caso de los Globetrotters, de quienes se decía que no podían participar en competencias oficiales por la diferencia de su juego con la de los demás equipos de la liga.

Para finalizar, un homenaje a la SECOESPENAC por Monty Python, un grupo al cual, insistimos, en Argentina no le habría sido nada fácil ganarse el sustento.


martes, 27 de enero de 2015

Servicio Internacional



Hace poco nos contaron que hay gente en el extranjero que lee este blog. No solamente todavía no salimos del asombro que nos provoca saber que hay alguien que nos lee en absoluto, sino que además no podemos darnos siquiera una idea del esfuerzo intelectual que representa poder entender a este país para alguien que no es argentino o que no ha vivido en Argentina.

Es por esto que con esta entrada inauguramos lo que podríamos llamar La Causa de Catón Servicio Internacional, en aras de ayudar a quienes se embarcan en semejante ordalía intelectual. Después de todo, los nativos (y residentes ciertamente) tienen una enorme ventaja ya que la sabiduría de la naturaleza les permite acomodarse a su medio ambiente y por eso les resulta más fácil entenderlo. En realidad, es la única hipótesis que puede explicar la supervivencia en un medio ambiente semejante, aunque estamos abiertos a otras sugerencias. Dicho sea de paso, en breve contrataremos a James Earl Jones para que grabe el identificador de nuestra señal internacional. 

En esta oportunidad vamos a tratar de explicar desde un punto de vista internacional el último suceso que ha cobrado estado público a nivel mundial, un suceso del cual ya nos habíamos ocupado brevemente (No es lo que parece). A tal efecto, vamos a usar una analogía televisivo-cinematográfica.

Supongamos que en televisión dan una película en la cual un fiscal que investiga a la Presidencia de la República aparece muerto en su domicilio el día anterior a hacer su primera presentación oficial en el Congreso Nacional acerca de precisamente dicha causa. Supongamos también que dicho fiscal contaba con una numerosa y celosa escolta de la Policía Federal, la cual había perdido todo contacto con él por lo menos durante las últimas once horas que condujeron a su muerte.

Luego, la Presidenta de dicha República escribe una epístola en Facebook (1 Cristina ad Facebookenses) comentando el acontecimiento como si fuera un usuario más de dicha red social con un puesto de sandías a la vera de una ruta provincial, y no la Presidenta de la República, e indicando ciertamente que para ella se trató de un suicidio. El suicidio, obviamente, está conectado con un grupo monopólico que busca desestabilizarla.

Evidentemente insatisfecha con esta primera carta, la Presidenta escribe una segunda en la misma red social, pero en la que cambia de opinión, ya que en lugar de inclinarse por el suicidio afirma que se trató de un asesinato obviamente orquestado por el mismo grupo monopólico que según la hipótesis anterior buscaba desestabilizar su Gobierno mediante un suicidio. Nobleza obliga, la Presidenta aclara en esta segunda epístola que “no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas” [de que se trata de un asesinato] (2 Cristina ad Facebookenses 12), quizás inspirada por el credo quia absurdum (“creo porque es absurdo”) de la patrística cristiana. Paralelamente, las encuestas muestran que la enorme mayoría del país en cuestión cree que se trató de un asesinato y las malas lenguas rumorean que eso fue precisamente lo que explica el cambio de opinión presidencial.

Continuando con la alegoría de esta trama, agreguemos ahora que el periodista que había dado la primicia sobre la muerte del fiscal se va del país alegando que está siendo perseguido precisamente por ese motivo. La trama se hace más espesa ya que mientras el periodista huye del país, la agencia oficial de noticias (Télam), la aerolínea de bandera (Aerolíneas Argentinas) y la cuenta oficial de la Casa de Gobierno en twitter (dirigida por una verdadera artista de la sutileza y el protocolo) difunden los datos del itinerario y del pasaje de dicho periodista, como si fuera un servicio prestado por la aerolínea a quienes viajan en business o en primera para asegurarse de que alguien vaya a buscar al pasajero en el destino final.

Mientras que algunos simpatizantes del Gobierno alegaban que este periodista descaradamente mentía enmascarando unas vacaciones en Uruguay como una persecución en la que su vida corría peligro, el Jefe de Gabinete, una vez preguntado al respecto, sostuvo que “Es un periodista que se sentía amenazado y fue importante publicar su paradero”. Como se puede notar, se trata de un Gobierno que cree que la mejor manera de calmar el miedo a la persecución es mediante una terapia de shock, algo así como encerrar a un claustrofóbico en un ascensor o tratar el miedo al agua y el vértigo con un clavado en Acapulco. Monty Python se habría muerto de hambre si hubiese tenido que trabajar en un país semejante. En todo caso, sus representaciones habrían sido cuadros puramente costumbristas.

Finalmente, y todo siempre en la misma película, la Presidenta más de una semana después del hecho decide salir en Cadena Nacional para completar su cuadro de situación. En dicha alocución sostiene que fue la Ministra de Seguridad quien la anotició a las 0:30 sobre "un incidente" que involucraba un fiscal tirado sobre un charco de sangre. La Presidenta, incrédula, le preguntó si se trataba de una broma, ya que sus ministros son muy de hacerle bromas a la madrugada sobre incidentes con fiscales federales tirados arriba de un charco de sangre (nota para quienes vieron el Mundial: la relación entre esta Presidenta y sus ministros es muy parecida a la que tenía Sabella con Lavezzi en el partido con Nigeria). Aquellos fanáticos que se interesan en la búsqueda de perlas cinematográficas, aquí tienen una: el Secretario de Seguridad había dicho públicamente en esta película que fue él quien le había dado la noticia por primera vez a la Presidenta (encima, el Secretario se mostró por televisión en el domicilio del fiscal antes de que llegara el poder judicial). Quizás en la secuela el guión desarrolle este desacuerdo entre la Presidenta, la Ministra y el Secretario (de hecho, le acabamos de dar el título a la segunda parte).

La Presidenta con la sana intención de colaborar con la investigación judicial, aunque respetando escrupulosamente la separación de los poderes, indica en la misma Cadena que el hermano de un empleado del grupo monopólico es responsable del homicidio. El implicado por la Presidenta es a la sazón un espía del Servicio de Inteligencia, cuyo excelente plan para llevar a cabo semejante maniobra de desestabilización incluía aparentemente una fuga al exterior, aunque según la Presidenta se había dejado estar, ya que había iniciado los trámites del pasaporte cuatro días antes del crimen. Además, esta misma persona que entendemos es un espía profesional, antes de su asesinato no tuvo mejor idea que escribir media docena de tweets en los que insulta a la Presidenta de la República, suponemos para asegurarse de que su crimen no pudiera ser rastreado hasta él.

Es difícil entonces resistir la inferencia de que el grupo monopólico de marras tiene, para decir lo menos, serias dificultades en el rubro de contratación de recursos humanos, particularmente en lo que atañe a su Departamento de Desestabilización. Si pudiéramos le recomendaríamos a este grupo monopólico que la próxima vez antes de contratar una consultora de recursos humanos vean al menos la primera temporada de “Los Soprano”. Quizás esto también quede para la secuela.

Hasta acá la analogía (nos faltó mencionar que también se roban un misil de una base militar, pero no vamos a entrar en detalles, ya que se trata de un hecho menor no conectado con la historia principal, cuya tarea es darle más color a una trama bastante anodina).

Ahora nos vemos forzados a pedirles a nuestros lectores extranjeros que hagan el enorme esfuerzo de lograr una “suspensión voluntaria de la incredulidad” y acepten que lo que acabamos de describir no es el guión trillado de una película de clase B cuya trama sería inconcebible hasta—o sobre todo—en África subsahariana (de hecho hoy en día en África subsahariana cuando sucede algo inaudito dicen: “esto no pasa ni en Argentina”), sino que ha sucedido, ya que corresponde exactamente a la realidad política argentina.

En efecto, la realidad política argentina actual parece ser una película tragicómica policial y de espionaje de clase B dirigida por Luis Buñuel, en la que, como se suele decir en inglés, “La Vida de Brian” se encuentra con “Austin Powers” y “Frankenstein”. Por lo menos da un poco de gracia. Aunque a qué precio.

sábado, 24 de enero de 2015

Muerte lacónica



En estas horas en las que el país, y por qué no decir el mundo, están sumidos en el desasosiego por la muerte del Fiscal Nisman, Horacio González publicó ayer una nota en la que despeja varias dudas sobre esta verdadera "muerte lacónica" (Sobre las Autorías).

No hace falta recordar que aquella primera oscilación entre suicidio y asesinato demostraba que los conceptos en juego, tal como reza el tan festejado bon mot de Nietzsche, tienen historia y por lo tanto son indefinibles. En efecto, se han escrito varias historias del homicidio y otras tantas reflexiones sobre el suicidio, y sin embargo, o precisamente por eso, hasta la mismísima Presidenta osciló entre una calificación y la otra. Después de todo, se trata de una abogada exitosa, pero no necesariamente en derecho penal. Para el futuro, quizás convenga cambiar el nombre de "homicidio" por el de "otricidio" para evitar la confusión, siempre y cuando tomemos, por supuesto, como paradigma al "suicidio".

En esta nota González toma el toro por las astas y despeja las dudas al sostener que “El suicidio es el momento de la voluntad final”. Semejante afirmación implica que si luego de haberse suicidado la persona en cuestión tuviera una voluntad posterior de escribir, por ejemplo, la carta que había olvidado dejar, entonces deberíamos revisar nuestra creencia según la cual estábamos en presencia de un suicidio.

Ciertamente, a veces González en lugar de tomar el camino simplista de la enunciación directa coquetea con lo que alguien cuyo pensamiento careciera de coordinación podría denunciar como una contradicción. En efecto, por un lado, denuncia al “mero racionalista” por creer que “Si alguien pensara ‘en sus cabales’, no se suicidaría”. Por el otro, González cree que “Un suicidio siempre es absurdo”. Es muy fácil denunciar un texto de difícil comprensión como contradictorio para ahorrarse precisamente el trabajo de pensar.

Si abandonáramos sin embargo el terreno del suicidio para entrar en el del homicidio (e insistimos en que no seríamos los primeros, y probablemente tampoco los últimos), el caso del santo patrón de París, San Denis haría pensar a más de un kuhniano ya que pone en duda la noción de “voluntad final” a la que se refiere González. En efecto, no es la primera vez que en este blog hacemos referencia a la reacción de Madame Du Deffand, amiga de Voltaire, ante la extática narrativa del Cardenal de Polignac sobre San Denis. Una vez que el Cardenal le hubo contado a Madame Du Deffand que San Denis luego de haber sido decapitado (en el siglo XXIV antes de Kirchner), recogió su cabeza y se puso a recorrer varios kilómetros de París con la cabeza bajo el brazo, ella comentó inmediatamente: “¡Ah Monseñor! Es sólo el primer paso el que cuesta”.

A primera vista, González también parece abonar una tesis conspirativa cuando afirma que “Esa muerte, sea suicidio o asesinato, ¿acaso tendría enrollado el papiro que señalaría a esa máxima autoridad como culpable?”, ya que el iniciado rápidamente podría entender que la referencia al papiro es una mención oblicua de la responsabilidad del grupo Clarín. Con tan sólo pensar en este caso en cualquier otra máxima autoridad, se nos hiela la sangre.

Sin embargo, se trata de una mera apariencia, ya que González sostiene con todas las letras que “producir una muerte cuya contundente o ensordecedora autoría obedecería a un poder innominado, que deposita un cadáver como si fuera una pirámide conmemorativa en un parque, un cuerpo que cuando era portador de vida inculpaba al máximo poder público nacional”, “revista una apariencia de verosimilitud sólo en enfermizas tramas conspirativas”. En otras palabras, semejante afirmación duda de la salud mental de quienes sospechan que detrás de la muerte de Nisman hay una conspiración. González sabe que con esto se aparta tajantemente de la posición oficial en la materia, y no le importa; al contrario, quiere dejar en claro su saludable espíritu crítico. Dicho sea de paso, nada le habría gustado más a Víctor Hugo Morales que sumarse a la denuncia de un asesinato ciertamente orquestado por Magnetto, acercándose de este modo a la posición oficial. Sin embargo, se mantuvo firme urbi et orbi con la tesis del suicidio. Respect.

Probablemente tan cansado como nosotros (Libertad o Dependencia) de quienes contextualizan actos moralmente aberrantes para diluir la responsabilidad merced a un determinismo socio-económico, González aprovecha la oportunidad para sostener que “Renovar los pensamientos políticos en los movimientos populares, sobre todo los que vienen de legados de las izquierdas, implica volver a una idea de los acontecimientos que reconozcan el libre albedrío del ser político”.

Finalmente, nos permitimos llamar la atención de los productores de concursos de preguntas con suculentos premios, al estilo de de “¿Quieres ser millonario?”, sobre la frase siguiente: “El autor oculto, en su maniobra perversa, parecería triunfar en llevar las culpas hacia un lado de la incisión nacional ya creada por ostensibles autorías”. Nos parece que sería una frase ideal para interrogar a un eventual participante acerca de su significado. Quien la entendiera merecería cada centavo del premio final.


miércoles, 21 de enero de 2015

No es lo que parece

Es increíble, pero quienes se negaban a reconocer que la artera multa de tránsito que le fuera impuesta a Juan Cabandié era una burda operación política, son los mismos que quieren politizar la muerte del fiscal que investigaba al Gobierno por el tratado con Irán, muerte que por otro lado tuvo lugar el día anterior a su primera declaración pública oficial sobre dicha investigación. Nunca hay que subestimar la necedad humana.

Son los mismos que dudan además del señalamiento presidencial hecho en Facebook según el cual Magnetto logró juntar 4 millones de personas en una marcha en París a tiempo para poder sacar la primera plana en la cual se hace referencia precisamente a una marcha de 4 millones de personas en París, primera plana que, huelga decirlo, forma parte de una nueva campaña contra el Gobierno. Vamos a decirlo con todas las letras, se infiere de todo esto que Magnetto decidió además la fecha del ataque a la redacción de Charlie Hebdo para no correr riesgos y poder sacar de este modo la primera plana a tiempo para que tuviera lugar el hecho que hoy es de público conocimiento. Irónicamente, llama la atención que en Buenos Aires Magnetto logre juntar, con suerte y (a veces literalmente) con toda la furia, 10 mil personas en una marcha en Plaza de Mayo.

Hablando de Facebook, también llama la atención cómo quien hoy ocupa la Jefatura de Estado, durante la dictadura no solamente llamaba a un jefe militar para hacer un reclamo, sino que además le colgaba el teléfono, en una época en la que cual la gente ni siquiera se acercaba a un heladero, tal era el pánico que infundían los uniformes.

Quizás Big Bang Theory explique mejor que muchas teorías lo que acaba de suceder:



L - ¿Qué es lo que está pasando?
P - No es lo que parece.
S - ¿Qué es lo que parece?

Y AHORA…
S - No es lo que parece, no es lo que parece…
L - ¿Qué es lo que estás rumiando?
S – El rompecabezas de Penny de esta mañana. Ella y Koothrappali emergieron de tu habitación. Ella está despeinada y Raj está vestido sólo con una sábana. La única pista: “no es lo que parece”.
L – Sólo déjalo ir Sheldon.
S – Si pudiera, lo haría. Pero no puedo, entonces no lo voy a hacer. Conociendo a Penny, la obvia respuesta es que tuvieron un coito. Pero, como eso es lo que parece, podemos descartar eso. Pongámonos nuestro sombrero para pensar. Raj es de la India, un país tropical, higiene del Tercer Mundo, las infecciones parasitarias son comunes, tales como los oxiuros. El procedimiento para diagnosticar oxiuros es esperar hasta que el sujeto esté dormido y que los parásitos repten fuera del recto en busca de aire. Sí, exactamente así. Penny pudo haber estado inspeccionado la región anal de Raj en busca de parásitos. Eso sí que es ser un bueno amigo.
L – Ellos durmieron juntos, Sherlock.
S – No, no estuviste oyendo. Ella dijo: “no es lo que parece”.
L – Ella mintió.
S – Oh! Entonces debo parecer tonto sentado aquí usando esto.

domingo, 18 de enero de 2015

Libertad o Dependencia



La tesis según la cual “X pero Y”, i.e.  la matanza de Charlie Hebdo es un crimen atroz e imperdonable, pero debe ser entendido en contexto, sigue ganando adeptos, que van desde Florencia Saintout hasta Judith Butler, pasando por Aldo Ferrer y Steven Pinker. La pregunta sigue siendo qué es lo que agrega el famoso “pero” en esta llamativa proposición. Por un lado, es obvio que toda acción, qué decir las criminales, deben ser puestas en contexto ya que es absurdo—o perverso—condenar (o absolver para el caso) una acción sin haberla comprendido. Solamente la Policía de la Provincia, dicen, primero dispara y después pregunta. Por eso, dudamos que quienes usan la proposición “X pero Y” quieran señalar un punto redundante.

Una alternativa es la mera curiosidad, tal como Publio Escipión alguna vez le preguntara a sus tropas luego de que éstas hubieran cometido un acto nefasto: “yo, aunque ningún crimen tiene justificación [o literalmente “razón”], sin embargo, en la medida en que sea posible en un hecho nefasto, querría saber cuál fue vuestra idea, vuestra intención” (Tivo Livio, XXVIII.28).

Sin embargo, el “pero” en cuestión parece ir más allá de la redundancia y la curiosidad, ya que pretende hacer una diferencia real. La pregunta entonces es qué diferencia puede hacer el “pero”. Lo que suele aparecer luego del pero es la referencia a la desigualdad social y económica, la exclusión, etc., de quienes cometieron el acto. Ahora bien, la explicación que sigue al pero atenúa—si no es que exonera de—la responsabilidad de quienes cometieron la matanza. Si no hubieran sido víctimas de desigualdad y exclusión, los implicados jamás habrían cometido el acto. En otras palabras, no fueron libres de actuar de otro modo. 

Se trata de una hipótesis con proyecciones muy preocupantes, amén de que empíricamente es bastante dudosa. Pero, si supusiéramos que fuera correcta, no haría falta ser un científico especializado en cohetes para darse cuenta de que no tendría sentido entonces repudiar el acto, ya que equivaldría a responsabilizar a quienes fueron víctimas de desigualdad y exclusión, las cuales los llevaron a cometer lo que parecía ser un crimen. Insistir con el repudio—y qué decir con un eventual castigo—no solamente sería contradictorio (una contradicción que emerge claramente en la declaración del polemista francés Dieudonné, que reúne a las víctimas con los autores del crimen: “yo me siento Charlie Coulibaly”), sino además completamente sádico.  

Otro tanto sucede con la explicación evolutiva. Una conocida psicóloga canadiense, Susan Pinker, v.g., sostiene que: “Claramente, los asesinatos no son remotamente justificables. Al mismo tiempo, tal violencia no es azarosa. Combine las anteojeras de la religión extrema con ostracismo social, luego sazónelo con impulsos agresivos dirigidos por testosterona que a menudo se encuentran en hombres jóvenes marginados y Ud. puede terminar con un estofado letal”. Otra vez, si las causas fueron tales, o en realidad si es que hubo causas en sentido estricto, los implicados no pudieron haber sido entonces héroes, pero tampoco responsables por lo que hicieron. Toda explicación posterior a la valoración hace caer el repudio, so pena de contradicción y sadismo. 

A esta altura da la impresión de que las ciencias humanas tal como suelen ser practicadas hoy en día son un obstáculo para cualquier juicio moral, ya que su trabajo consiste precisamente explicar y comprender todo acto humano y de esta forma diluir la libertad y por lo tanto la responsabilidad de los agentes en las causas que los determinan y/o en las culturas a las que pertenecen.

Sin duda, alguien podría objetar que hemos ido demasiado rápido. Después de todo, la explicación que hace hincapié en la desigualdad y en la exclusión es de naturaleza moral ya que semejantes fenómenos no son naturales como un terremoto o un huracán sino que se deben en última instancia a decisiones humanas. 

Sin embargo, esta objeción en realidad refuerza nuestro punto. En efecto, nuestro rechazo de la desigualdad y de la exclusión se debe a que son evitables ya que son el producto de la explotación capitalista. ¿Podrían sin embargo los dueños de las grandes corporaciones multinacionales alegar que son capitalistas por razones culturales, o porque los educaron así, y por eso les resulta indiferente la pobreza global que ocasionan? Y los funcionarios del Departamento de Estado que ejecutan las órdenes de bombardear no combatientes y entrenar fanáticos que luego se les van de las manos—qué decir de quienes toman semejantes decisiones—, ¿podrían alegar con razón que lo hacen por razones igualmente culturales, porque los educaron para hacer eso, y por lo tanto no tiene sentido criticarlos? Si fuéramos consistentes en este caso deberíamos decir: “el capitalismo es atroz, pero…”, con lo cual atenuaríamos o aniquilaríamos lo que parecía ser un rechazo total. 

En resumen, la proposición “X pero Y”, de ser verdadera, debe ser aplicada siempre, y no solamente cuando nos conviene. Nuestra filosofía de las ciencias sociales, por así decir, no puede depender de nuestra ideología política.

viernes, 16 de enero de 2015

Viejos Tiempos

Una vieja entrada del blog (click) para los que creen que el acuerdo con Irán para los que creen que el acuerdo con Irán era espurio originariamente (y que tienen razón, por supuesto):





Si entendemos bien, la idea es que, en muy pocas palabras, merced al acuerdo con Irán que el Gobierno envió al Congreso para ser ratificado, magistrados argentinos vayan a Irán a tomar declaración a ciertos funcionarios iraníes perseguidos por Interpol y que por eso no pueden dejar su país. La declaración, obviamente, tiene que ver con la investigación de la causa AMIA.

Las preguntas son obvias. ¿Para qué servirían semejantes declaraciones? Quizás sea nuestro congénito escepticismo o por no decir nuestro espíritu supersticioso, pero abrigamos serias dudas acerca de la posibilidad de que las respuestas de los funcionarios iraníes a las preguntas de los magistrados argentinos sean muy distintas a "por supuesto que no tenemos nada que ver con semejante acto criminal". ¿Acaso servirían entonces para que luego de semejante interrogatorio cayera el pedido de captura internacional de Interpol?

La comparación que hizo la Presidenta entre semejante acuerdo y el caso Lockerbie es curiosa, ya que lo que tuvo lugar en Escocia en relación al atentado en Lockerbie fue un verdadero juicio que terminó con una condena (más allá de cuánto tiempo estuvieron en prisión los condenados). Si sucede lo que nuestra superstición anticipa, es imposible que de las declaraciones en cuestión en Irán pueda suceder otro tanto. Para que la comparación con Lockerbie fuera apropiada debería constituirse un tribunal en un país neutral que entendiera en la causa. Otra vez, será nuestra superstición o escepticismo, pero no nos parece que Irán sea un país neutral, a pesar de ser un país cuyo respeto por el derecho es proverbial. Sin duda, algunos recordarán que River salió campeón en el Metro 77 jugando de local en la cancha de Huracán durante todo el campeonato. San Lorenzo estuvo varios años sin cancha. Sin embargo, no nos parece que la comparación sea adecuada. No sólo porque River tenía un gran equipo, sino que muchos equipos así y todo prefieren seguir jugando de locales, sobre todo cuando hay mucho en juego.

El escenario más favorable para Argentina, por no decir que la única explicación racional disponible, es que a cambio de ciertas ventajas comerciales de procedencia iraní nuestro país le permite a dichos funcionarios ser exonerados de responsabilidad, o al menos aliviar su situación procesal. Esta hipótesis al menos hace inteligible el interés de Argentina en semejante acuerdo (el de Irán es obvio). Queda por discernir si semejante escenario es en verdad favorable, y, aunque lo fuera, se trata de una consideración que debe guiar la política del Estado en este caso, dado el número de víctimas de semejante atentado. El hecho de que haya otros Estados que hacen lo mismo (Estados Unidos e incluso quizás Israel) es un argumento que no merece ser dignificado con una respuesta. 

viernes, 9 de enero de 2015

¿Son Asesinatos, y no en el buen Sentido de la Palabra?



El Profesor Atilio Borón abre su nota de ayer en Página 12 (La Génesis del Terror) pronunciándose inequívocamente en contra de la matanza de París: "El atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo debe ser condenado sin atenuantes. Es un acto brutal, criminal, que no tiene justificación alguna". Hasta aquí, somos todos peronistas.

"Pero", agrega Borón, "parafraseando a un enorme intelectual judío del siglo XVII, Baruch Spinoza, ante tragedias como esta no hay que llorar sino comprender". Como ya lo hiciera el Profesor Pedro Brieger en relación a los tres jóvenes israelíes asesinados (los lectores recordarán sus ya legendarias palabras: "más allá del hecho puntual de los tres jóvenes israelíes secuestrados y asesinados" [click]) y el Jefe de Gabinete Capitanich en relación a la muerte de un niño por desnutrición en el Chaco ("es un caso aislado"), Borón quiere poner la matanza en contexto: "Esta conducta debe ser interpretada en un contexto más amplio". Aquí es donde se dividen las aguas.

En efecto, tal como el Profesor Javier Romero ha repetido hasta el cansancio, cuando una proposición X es seguida de un "pero", el codo siguiente borra la proposición X antecedente. Además, Spinoza mismo seguramente estará de acuerdo en que para poder reprochar (o perdonar llegado el caso) una acción, primero hay que comprenderla. ¿Podríamos de otro modo justificar o reprochar una acción sin haberla comprendido antes? E insistir con la comprensión de un acto después de haberlo catalogado como un asesinato o bien pone al carro delante de los caballos o bien parece ser una parodia de un personaje de Sacha Cohen que se preguntara en el siglo XXI si se trata de asesinatos en el buen o en el mal sentido de la palabra.

En cuanto a la relación causal que propone Borón entre la comprensión y la falta de llanto, llama la atención ya que en realidad se supone que toda tragedia bien comprendida debería provocar catarsis, y por lo tanto muy probablemente llanto. Quizás solamente un muy severo estoico logre subordinar el llanto a la comprensión.

Borón podría replicar que su punto es diferente, que su contextualización en realidad hace referencia, por ejemplo, al "impulso que la Casa Blanca le dio al radicalismo islámico desde el momento en que, producida la invasión soviética en Afganistán, la CIA determinó que la mejor manera de repelerla era estigmatizando a los soviéticos por su ateísmo y potenciando los valores religiosos del Islam" (dicho sea de paso, Borón supone que el Islam "potenciado" como religión lleva al terrorismo) y a que "reclutados, armados y apoyados diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados, los radicales sunnitas terminaron por independizarse de sus promotores, como antes lo había hecho Bin Laden, y dieron nacimiento al Estado Islámico y sus bandas de criminales que degüellan y asesinan infieles a diestra y siniestra".

Sin embargo, la discusión sobre el adiestramiento estadounidense también puede ser puesta en contexto (que de hecho fue el de la guerra fría y no el del combate contra la blasfemia). Podríamos agregar que también pueden ser puestos en contexto el nazismo, los desaparecidos en nuestro país, el bombardeo de Gaza, etc.; sin embargo, dicha contextualización no afecta en absoluto nuestra valoración al respecto.

Si lo que Borón tiene en mente es el argumento de la autoridad moral, el hecho es que la autoridad moral tampoco depende del contexto. En realidad, por momentos, da la impresión de que Borón politiza ciertas matanzas poniéndolas en contexto, y moraliza otras entendiéndolas en un vacío. Sin embargo, hay que politizar o moralizar todo, lo haga EE.UU. o quien fuera. Y si el énfasis de Borón en la comprensión de la matanza apuntara a tratar de evitarla, su contextualismo se lo impediría ya que, v.g., EE.UU., como vimos, también puede poner en contexto sus propias acciones, lo cual le permitiría repetir sus inmoralidades.

Quizás Borón cuando habla de "contexto" en lugar de referirse a las circunstancias de la matanza, en realidad se esté refiriendo a sus autores mediatos o intelectuales, a "quienes promovieron el radicalismo sectario" y que por lo tanto "no pueden ahora proclamar su inocencia ante la tragedia de París", con lo cual el carro ya no estaría adelante de los caballos. Sin embargo, Abu Ghraib y "las cárceles secretas de la CIA", por ejemplo, ciertamente pueden explicar la hipocresía de EE.UU. y sus aliados, pero no necesariamente su responsabilidad por cualquier matanza que ocurra en el mundo. Y Borón parece pasar por alto el hecho de que si fue a EE.UU. y a sus aliados a quienes se les "escapó" el "genio... de la botella" (en referencia a "bandas de criminales que degüellan y asesinan infieles a diestra y siniestra"), es precisamente y sobre todo responsabilidad de EE.UU. y sus aliados hacer que el genio vuelva a la botella de la que salió.  

Por si hiciera falta aclararlo, Borón tiene mucha razón en que la vida de los palestinos (niños o adultos) no vale menos que la de los franceses, sin que importe su número. Nos preguntamos, sin embargo, quién puede negar algo semejante. El punto hoy, sin embargo, es la matanza de París.

En resumen, la insistencia de Borón en la comprensión/contexto de la matanza o bien (1) es redundante ya que es imposible emitir un juicio de valor sin comprender la acción totalmente (lo cual por supuesto siempre implica saber quiénes son los responsables), o bien (2) es contraproducente ya que de este modo Borón da la impresión de querer relativizar su condena (tal como reza el refrán precisamente francés: "comprender todo es perdonar todo"), algo que él ha descartado al comienzo de su nota. En el medio solamente hay confusión.  

miércoles, 7 de enero de 2015

Violencia



Casi en la víspera de la última Navidad, un conductor en Dijon, Francia, atropelló una muchedumbre de peatones e hirió a trece al grito de “Alá Akbar” (Dios es grande). Inmediatamente comenzó un debate acerca de si se trató de un acto terrorista o de un hecho probablemente delictivo, aunque simplemente ordinario. Esta misma mañana la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo fue objeto de un ataque en París, el cual provocó al menos doce muertos, entre policías y los propios periodistas. El semanario suele satirizar al Islam (aunque también al Cristianismo), y los atacantes, otra vez, invocaron la expresión “Alá Akbar”. Mientras que la fiscal encargada del caso de Dijon sostuvo en una conferencia de prensa que no se trató de un caso de terrorismo porque el conductor sufre de un severo desorden psicológico y había estado hospitalizado más de ciento cincuenta veces desde 2002, no parece haber dudas de que el ataque de esta mañana fue cometido por personas en pleno uso de sus facultades mentales y que además se trató de un acto terrorista.

La discusión provocada por casos como estos supone una distinción entre el delito común y el terrorismo. La cuestión, sin embargo, es en qué consiste la distinción entre el delito “común” y el “súper” (o V-Power) y qué efectos produce dicha distinción. Antes de continuar, convendría hacer una aclaración. Quienes creen que, v.g., “violencia es mentir”, equiparan a la violencia con la incorrección moral, es decir, a la especie con el género, lo cual no solamente provoca que la idea misma de violencia se nos escurra de las manos (¿qué no sería violento en caso de que la incorrección y la violencia fueran sinónimos?), sino que además implica que cada vez que nos enfrentáramos a una situación incorrecta podríamos actuar violentamente. Quienes cometieron la matanza de esta mañana en París evidentemente creen que “violencia es reírse de la religión” y que se puede reaccionar con violencia literal ante la violencia simbólica. Por obvias razones, quizás convenga mantener a la noción de violencia en su hábitat natural.

Ahora bien, la preocupación por la inspiración religiosa del ataque muestra que el delito súper, a diferencia del común, viene acompañado por cierta motivación particular. En efecto, mientras que a un delincuente común lo único que le interesa es salirse con la suya a sabiendas de que su acto es injustificado, el que comete un delito ideológico aspira a cierta justificación. Por supuesto, como diría Tu Sam, la justificación puede fallar. Pero al menos tiene sentido ensayarla. En cambio, en el caso de un delito común, como un homicidio estándar, el homicida sabe que no debe realizar el acto, pero lo realiza de todos modos, motivado quizás por un interés pecuniario, y jamás aceptaría que alguien podría matarlo a él, su vez, por dinero. El caso del delincuente ideológico es completamente diferente porque la justificación que lo anima es tal que está dispuesto a dar la vida por su causa: el delito político tiene un fuerte componente sacrificial o de abnegación debido al principio que lo inspira.

Aquí es donde se abren las aguas. Hubo una época, aproximadamente a mediados del siglo XIX, en la que el liberalismo creó la noción de “delito político” para distinguirlo claramente del delito común; sin embargo, la distinción jugaba a favor del delincuente político, el cual merecía un tratamiento privilegiado. Para empezar,  semejante tratamiento incluía la abolición de la pena de muerte, la negación de la extradición, amnistía, y llegado el caso probablemente hasta un reconocimiento patriótico, y todo debido precisamente a la nobleza de sus ideales y el hecho de que estuviera dispuesto a sacrificarse por ellos. Sin embargo, la discusión sobre el supuesto carácter terrorista del acto de Dijon, qué decir del atentado de hoy en París, en lugar de estar encaminado a mejorar la situación del sospechoso, en realidad conduce al escenario exactamente contrario. El hecho de que el terrorista esté dispuesto a morir por su causa en lugar de jugarle a favor, le juega necesariamente en contra. Su delito será político, pero no por eso merece un tratamiento privilegiado, sino exactamente lo contrario. De hecho, decir que alguien es un terrorista implica acallar toda discusión. No tiene sentido hablar de terrorismo, pero en el buen sentido de la palabra, como diría Sacha Cohen.

El debate, ciertamente, está lejos de ser nuevo. Pensemos en el Bruto de Shakespeare (no es un juego de palabras), quien en Julio César ofrece al pueblo literalmente razones públicas—una expresión destinada a hacer historia sobre todo en nuestros días—de por qué participó del complot contra César y además expresa que está dispuesto a que le hicieran exactamente lo mismo a él para el caso de que él se convirtiera en otro César. Sin embargo, no todos comparten el entusiasmo de Bruto por la muerte de César, o por la violencia política, principista o ideológica en general. Tácito cuenta en sus Anales que “la muerte del dictador César pareció a unos la acción más deplorable y a otros la más hermosa”. Quizás el más ilustre de los defensores históricos de la primera posición (magnicidio) sea Dante Alighieri, mientras que los defensores más difundidos de la segunda posición (tiranicidio) sean Cicerón y Tomás de Aquino.

Se trata de una discusión que además es muy iluminadora para nuestro tiempo. En efecto, por un lado, es comprensible que en una época como la nuestra en la cual los principios no abundan precisamente y el auto-interés satura la demanda, solemos suponer que un acto principista merece nuestra aprobación mientras que el auto-interés solamente debería atraer nuestro desprecio. Sin embargo, el principismo religioso debería hacernos revisar nuestra admiración incondicional por los principios. Por otro lado, el Che Guevara, también suele ser citado precisamente como ejemplo debido al carácter principista de sus actos. Y vale la pena recordar que la adoración del principismo no es patrimonio del pensamiento de extrema izquierda (como se la solía llamar al menos).

Hannah Arendt, en efecto, nos recuerda que Eichmann mismo se consideraba un idealista, i.e. alguien que ciertamente “no robaba o aceptaba sobornos” pero fundamentalmente “vivía por su idea… y que estaba preparado para sacrificar por esta idea todo y, especialmente, a todos”. Es más, cuando Eichmann “dijo en la investigación policial que él habría enviado a su propio padre a la muerte si le hubiese sido requerido, no solamente quiso meramente enfatizar el extremo hasta el cual él estaba bajo órdenes, sino y listo para obedecerlas; él también quiso mostrar qué ‘idealista’ había sido siempre” (Eichmann in Jerusalem, p. 39). Recientemente Marcos Aguinis debe haber dejado a más de uno con la boca abierta al escribir en una nota para La Nación que “las Juventudes Hitlerianas… por asesinas y despreciables que hayan sido, luchaban por un ideal absurdo pero ideal al fin, como la raza superior y otras locuras. Los actuales paramilitares kirchneristas, y La Cámpora, y El Evita, y Tupac Amaru, y otras fórmulas igualmente confusas, en cambio, han estructurado una corporación que milita para ganar un sueldo o sentirse poderosos o meter la mano en los bienes de la nación”.

La clave consiste en no caer en la tentación de cometer una petición de principios y defender la violencia política propia o que simpatiza con nuestros ideales para repudiar la contraria, como si la diferencia consistiera en que nuestros principios, a diferencia de los de ellos, son correctos. Otro tanto sucede con quienes suelen tolerar la violencia insurgente porque es principista y criticar la estatal solamente porque responde a principios distintos, o al revés, defender la violencia estatal incluso cuando apela al terrorismo. Ni la causa, ni el agente, ni tampoco el medio pueden influir en nuestro juicio acerca de la violencia política. Si rechazamos la violencia política, debemos hacerlo de modo ecuánime. Y si llegáramos a tolerarla, deberíamos ser conscientes de que en tal caso quedaría abierta la puerta para que pudiera ser empleada por tirios y troyanos, y no solamente por los nuestros.

Fuente: Bastión Digital

domingo, 4 de enero de 2015

Pureza forsteriana

Los aportes que regularmente hace el Secretario para el Pensamiento Nacional a la comprensión del núcleo duro del kirchnerismo son insustituibles. Basta recordar al respecto que nadie es más kirchnerista que Forster y nada es más nacional que el kirchnerismo. Semejante consideración debería por sí misma poner coto a quienes se la pasan expresando diatribas contra la necesidad de la creación de la Secretaría en general y la designación de este Secretario en particular. Decimos esto a modo de explicación, innecesaria por lo demás, de por qué caemos nuevamente en la tentación de comentar la nota con la cual despidió el año el Secretario para el Pensamiento (Kirchnerismo: un nombre para cambiar la historia).  

Todo aquel que lee al Secretario para el Pensamiento queda embelesado por lo que podríamos denominar su notoria preocupación por el lenguaje, la cual nos compele a hablar de cierta “pureza forsteriana”, quizás inspirados por aquella famosa escena de “Tienes un email” entre Frank (Greg Kinnear), el intelectual pareja de Kathleen (Meg Ryan), y su entrevistadora (Jane Adams) (por favor, oprima "play", abajo a la izquierda de la pantalla, como solía decír Emilio Ariño):



- [Entrevistadora] La librería, háblenos de ella.
- [Frank] La Tienda a la Vuelta de la Esquina tiene una especie de pureza jeffersoniana... que la ciudad necesita en aras de mantener su integridad histórica.
- [Kathleen] Eso estuvo bien. Gracias.
- [Frank] ¿Estás grabando esto?
- [Kathleen] Lo estoy grabando.
- [Frank] Tecnológicamente hablando, el mundo se nos fue de las manos. Tomemos la videograbadora. La idea detrás de la videograbadora es que hace posible... que Ud. grabe lo que está en la TV cuando Ud. deja su casa. La idea de dejar la casa... es que Ud. pueda perderse lo que está en TV.
- [Kathleen] Yo te he escuchado decir eso antes.
- [Frank] Ella no.

Esta pureza del lenguaje forsteriano, qué decir de la profundidad filosófica, es acompañada por cierta debilidad por la inquisición. En efecto, en su última nota, (Kirchnerismo: un nombre para cambiar la historia), de 1919 palabras, Forster formula 22 preguntas (un promedio de 1 pregunta cada 87 palabras y fracción), las cuales de una u otra manera compendian su infatigable interés por la novedad. Por ejemplo: “¿Qué de nuevo se guarda en el lenguaje político…?”, “¿Es acaso el advenimiento de una nominación la evidencia de una novedad?”, “tiempo crepuscular en el que ya no esperábamos novedades refulgentes”, “las cosas dejan de ser lo que eran sin acabar de asumir los rasgos de la novedad que portan”, “¿Imaginaba esa dialéctica de novedad y de retorno que provocaría su lanzarse al ruedo de la intervención pública?”, “los habitantes del nuevo tiempo”, “no hay novedad ni ruptura sin la aparición de algunas palabras y de ciertos nombres”, “¿Es acaso esa ‘novedad’ la que irradia el nombre del kirchnerismo?”. En otras palabras, una de las preocupaciones centrales del pensamiento de Forster es esa permanencia “entre lo antiguo … y lo nuevo”, quizás un no tan oblicuo homenaje al sempiterno cuestionamiento de Bugs Bunny: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”.

Como no hay nada que les venga bien, algunos objetan esta pureza forsteriana, aunque lo hacen fundamentalmente por razones políticas. En efecto, saben que Forster escribe muy bien y por eso quieren desacreditarlo. Ahora bien, si hay algo en lo que hasta los más furiosos antikirchneristas podrían estar de acuerdo con Forster es que el kirchnerismo es un nombre que, en las palabras del propio Forster en la nota que nos ocupa, “Nos asaltó”. En este sentido, como diría el General, somos todos peronistas.

Hablando del General, mientras que todavía hay gente que se resiste a la tan argentina personalización del discurso político según la cual convertimos en doctrina el nombre de un presidente merced al agregado del sufijo “-ismo”, Forster parece celebrar que “el patronímico de una persona se convierta en santo y seña de un giro fundamental en la historia de un país”.

¿Y por qué no? Después de todo, pocos objetan nombres tales como tomismo o marxismo. De hecho, lo único que le falta al kirchnerismo es contar con su propia Suma Teológica o El Capital, y quién sabe, Forster bien puede estar trabajando precisamente en eso, quizás una lectura frankfurtiana del kirchnerismo, por no decir de Adorno.

Por lo demás, si el sentido último de un discurso político tiene como objetivo precisamente el ejercicio del poder, ¿para qué apelar a intermediarios como ideas o valores si uno puede directamente apelar a quienes han ejercido el poder durante varios períodos? Quienes objetaran que otro tanto se aplica al menemismo (en nuestro país) y el estalinismo (por supuesto que fuera de nuestro país), estarían abusando de la lógica con fines políticos. No sería la primera vez.

Habiendo dicho esto, que quede claro que nuestra admiración por Forster no es obsecuente. Con todo respeto, nos parece que la predisposición analítica reaccionaria de Forster, es decir, la de comprender un discurso básicamente a partir de las reacciones o efectos que produce (“Cuando un nombre, en este caso el del kirchnerismo, provoca estas reacciones es porque algo importante viene a proponerle a la sociedad”), quizás sea el talón de Aquiles de la nota.

En efecto, si lo que caracteriza al kirchnerismo es que, por ejemplo, “devolvió una creencia, un sentido político, un rumor de afectos y fraternidades”, se adelantó “a los deseos de esa sociedad”, hizo que las personas tuvieran que “adaptarse a lo que no soñaron que les iba a ocurrir”, fue capaz como pocos de “impregnar tan densamente el escenario de un país volviendo imposible la neutralidad valorativa y la huida hacia refugios impermeables a la demanda de una realidad relampagueante y tormentosa”, etc., es indudable que otro tanto se aplica, por ejemplo, al nazismo, y no por eso éste podría volverse atractivo en absoluto. Al fin y al cabo, suponemos que lo que Forster ensaya no es solamente el concepto del kirchnerismo sino a la vez una recomendación.

La metodología reactiva del análisis de Forster se debilita todavía más cuando la reacción en cuestión es la de quienes, por alguna razón, todavía se oponen al kirchnerismo. Ya habíamos comprobado este aspecto del pensamiento de Forster en ocasión de su muy curiosa afirmación: “Si Pagni y La Nación dicen lo que dicen, es porque no debemos estar equivocándonos demasiado” (que el árbol no tape el Forster). Semejante argumento supone irónicamente que sus adversarios son, a su modo, infalibles en sus errores, no se "equivocan" nunca (o muy pocas veces, o muy poco): siempre que critican al kirchnerismo lo hacen porque el kirchnerismo tiene razón.

Es muy extraño que un filósofo cometa una falacia semejante, y sobre todo en público. En realidad, Forster en este punto parece seguir a pies juntillas la quinta de las “reglas para pensar como un militante” de Ignacio de Loyola (con todo el respeto que nos merece), la cual indica que un militante “siempre debe proceder de modo contrario al cual procede el enemigo”.  En otras palabras, un buen militante como Forster debe criticar todo lo que dice el enemigo, sólo porque lo dice el enemigo.

Y no faltará el que sostenga que tratar de entender al kirchnerismo por la reacción que provoca en quienes se le oponen no sería muy distinto de querer entender, por ejemplo, al judaísmo desde el punto de vista del nazismo.

C. S. Lewis alguna vez escribió que un libro es bueno cuando provoca cierta reacción en sus lectores. Comprender y defender, sin embargo, un discurso político por las reacciones que provoca, no parece ser el camino apropiado, y mucho menos para un filósofo.