martes, 25 de abril de 2017

"Hay cosas peores que el fascismo" (esto no es un chiste judío)



Atilio Borón pertenece a esa clase de pensadores acostumbrados a conmover las creencias preestablecidas tanto en el reino del sentido común cuanto en el ámbito de la anquilosada academia. No hace mucho, en efecto, hizo pública su fascinante teoría según la cual la muerte de Chávez fue un asesinato cometido por la CIA mediante la inoculación de células cancerígenas (click). Dado que la CIA fue capaz de hacer algo semejante, uno no puede menos que asombrarse de la perversión de esta gente que seguramente podría haberlo resucitado pero se negó a hacerlo.

En estos días Borón continúa iluminando la opinión pública internacional en relación a las mentiras canallescamente propagadas por la prensa hegemónica mundial acerca de la realidad política de Venezuela, en particular sobre la golpista y violenta oposición venezolana, a la cual el Presidente Maduro tan certeramente suele describir como un diablo.

Para ser más precisos, en el último de sus escritos Borón arguye en primer lugar que la oposición venezolana es fascista debido a, entre otras cosas, “la absoluta inmoralidad e inescrupulosidad de sus líderes, que alimentan el fuego de la violencia, incitan a sus bandas de lúmpenes y paramilitares a atentar contra la vida y la propiedad de los venezolanos y las agencias e instituciones –hospitales, escuelas, edificios públicos, etcétera- del estado” (click).

Da la impresión de que Borón se siente algo lejos del abolicionismo penal, no solamente porque alguna vez hizo público su deseo de ser parte del pelotón de fusilamiento una vez que se encuentre a los culpables del asesinato de Chávez (click) (sabemos que fue la CIA pero todavía no conocemos los nombres y apellidos de los autores del delito), sino porque además no atribuye la violencia que predomina en Venezuela a razones socioeconómicas sino lisa y llanamente a la perversión opositora, lo que en otra época, quizás por influencia de la tradición judeocristiana, solía ser denominado “el mal” pero que por alguna razón se trata de un concepto que había salido de circulación entre los cientistas sociales, particularmente los criminólogos.

Por si hiciera falta nos gustaría aclarar que Borón, al menos hasta aquí, no parece hacer referencia al fascismo en el buen sentido de la palabra, como diría el dictador Aladeen, sino en el mal sentido de la expresión. Además, Borón no utiliza la expresión “fascismo” en el sentido restringido u originario, i.e. no tiene en mente solamente al fascismo italiano, sino que incluye al nazismo alemán, ya que habla de los "congéneres alemanes" del fascismo.

En segundo lugar, y aquí llegamos al corazón de la tesis de Borón, en realidad la oposición venezolana es “peor que el fascismo”, por lo cual Borón está mucho más cerca de Aladeen de lo que parece, en la medida en que Borón cree que hay cosas peores que el fascismo y el nazismo. En este punto no podemos resistir la tentación de recordar un chiste judío que solía contar Norman Erlich. Dos amigos judíos se encuentran en la calle. Uno dice “Mirá, qué querés que te diga, me va terrible. Mi mujer me dejó, mi hijo tiene una enfermedad terminal, mi hija es adicta, y no te cuento más”. El amigo le responde: “Hay cosas peores”. Entonces el otro le dice: “¿qué cosas?”, a lo cual su amigo le responde: “febrero”.

Volviendo a Borón, su tesis principal es que “Tratarlos de fascistas [i.e. a los opositores venezolanos] sería hacerles un favor”, ya que “Son mucho peores y más despreciables que aquellos [i.e. fascistas]”: “los opositores venezolanos son peores que los fascistas en la medida en que estos conservaban, por lo menos, un cierto sentido nacional. Sus congéneres italianos y alemanes ni remotamente se arrastraron en el fango de la política internacional para ofrendar sus países a una potencia extranjera como lo hace, hundida para siempre en eterna ignominia”.

De esta forma Borón, quizás influido por otra destacada pensadora como Úrsula Vargues (quien sostuviera que Videla fue peor que los nazis ya que los nazis no entregaban niños; de hecho, es cierto: solamente los gaseaban, o aplastaban sus cráneos contra la pared o simplemente hacían experimentos científicos con ellos), le está haciendo un hercúleo favor a la ciencia política contemporánea la cual suele asumir que lo peor que nos puede suceder es ser víctimas de un genocidio.

Borón, entonces, a contrapelo de la opinión común contemporánea, reivindica la lucha nazi contra el imperialismo estadounidense, que bajo el pretexto del genocidio invadiera el suelo alemán. Para Borón, los nazis, sí, querían conquistar el mundo y además cometieron un genocidio—decimos esto suponiendo que Borón al menos hasta donde sabemos no es un negacionista—pero no se arrastraron por el fango de la política internacional y el esfuerzo humano y económico, en medio de una guerra mundial, que les representó matar a millones de no combatientes no les impidió pelear por Alemania y por Hitler hasta el último día. El punto de Borón, en otras palabras, es que la vida humana, incluso por millones, tiene menos valor que el territorio nacional: es mucho peor el menoscabo de la soberanía, por ejemplo en la forma de un protectorado estadounidense, que un genocidio.

Dada la defensa hasta el último hombre que está proponiendo Borón en apoyo de la democracia venezolana contra sus enemigos nos preguntamos si Borón tiene previsto aconsejar que la propia Venezuela se convierta en una nueva Masada y decida quitarse la vida antes de caer esclavizada en manos del imperialismo (Dios no lo permita). Quizás una propuesta de este tipo suene demasiado israelí para Borón. Será cuestión de esperar.

viernes, 21 de abril de 2017

¿Hobbes vs. Rousseau o Hobbes y Rousseau? El Debate sobre la Violación



Los repetidos hechos de violencia contra las mujeres, sea en la forma de femicidios o violaciones, han hecho que muchos se pregunten por cuál podría ser su explicación. No se trata de pura curiosidad científica, ciertamente, sino que lo que motiva la búsqueda de una explicación es una exigencia moral de reducir semejantes hechos al mínimo, y si fuera posible acabar con ellos. Los dos grandes contendientes en esta búsqueda explicativa son los que creen que la violación en el fondo es un producto cultural y los que creen que en realidad se trata de un fenómeno natural. Como se puede apreciar, la discusión está emparentada con la que solía tener lugar entre rousseanianos y hobbesianos acerca de la violencia en general.

Hablando de rousseanianos, hoy en La Nación aparece un reportaje a la antropóloga Rita Segato, en el cual se da cuenta de “qué pasa por la cabeza de un violador” (click). La posición de Segato, que quizás sea bastante representativa dentro de la antropología, es que la explicación de la violación es cultural. En realidad, la posición de Segato va todavía más lejos ya que cree que “el violador es un moralizador”, alguien que actúa por principio y por lo tanto cree que su acción está justificada. Por supuesto, la moral en cuestión es la de una cultura particular, ciertamente patriarcal, que castiga a las mujeres que desobedecen sus dictámenes. El violador, a su vez, no es efectivamente responsable sino el producto de una cultura, una especie de víctima de la cultura en juego—aunque, suponemos, quizás no tanto como la mujer objeto de la violación—. Para ser más precisos, para la tesis cultural el sexo es un medio para dominar, y la dominación es el fin.

Los argumentos ofrecidos por Segato en defensa de la tesis cultural básicamente son sus entrevistas en una cárcel brasileña con personas condenadas por violación y el hecho de que incluso mujeres de setenta u ochenta años han sido víctimas de violación. La auto-comprensión, en este caso principista, incluso de quienes cometen violaciones sin duda que es necesaria para explicar el hecho pero de ahí no se siga que la auto-comprensión sea suficiente. En general los seres humanos prefieren sentirse bien acerca de sí mismos y recurren incluso a la racionalización y al auto-engaño para lograrlo. Por otra parte, el comportamiento principista o idealista suele ser acompañado por justificaciones públicas. Sin embargo, no conocemos solicitadas firmadas por violadores o propuestas para despenalizar la violación (salvo la del abolicionismo extremo). Y los violadores suelen tratar de salirse con la suya en lugar de enfrentar el castigo en defensa de sus principios. En cuanto al hecho de que haya víctimas de cierta edad avanzada habría que ver qué porcentaje de los casos representan.

Por otro lado, se infiere de este planteo que con una cultura diferente (y apropiada) no habría violaciones y por lo tanto no tiene sentido castigar al violador, como proponen los punitivistas, sino que la responsabilidad le cabe a la cultura y por lo tanto el cambio tendrá lugar una vez que hayamos modificado nuestra cultural patriarcal. Habría que ver qué tan lejos estamos a dispuestos a ir una vez que emprendemos este camino cultural. Si toda moral es producto de la cultura es muy difícil evitar la conclusión de que las personas que se preocupan por las víctimas de violación lo hacen solamente porque han sido educadas de ese modo. Si hubieran sido educadas de otra manera ni siquiera se molestarían, si no es que directamente se dedicarían a practicar la violación en lugar de preguntarse por cómo evitarla. Y no debemos olvidar que hasta los abolicionistas están dispuestos a acercarse al punitivismo, como por ejemplo en el caso de delitos de lesa humanidad.

Además, si todas las personas pudieran ser reeducadas, el nazismo en el fondo debería ser explicado por una educación equivocada, y todos los nazis—quienes también invocaban principios para explicar sus actos—podrían entonces ser persuadidos de sus errores. Por otro lado, llama la atención el hecho de que si la violación es un mandato patriarcal no haya entonces incluso más violaciones. Las normas culturales suelen tener un grado mayor de acatamiento. En efecto, el hecho de que la violación sea moralista debería incrementar esta clase de acciones—a menos que la sociedad en cuestión sufriera de cierta anomia—.

En realidad, llama la atención que en esta época en la cual los derechos humanos se han convertido en moneda corriente del discurso moral y político exista una cultura que entienda y por lo tanto exija que las violaciones sean cometidas en términos de un castigo aplicado a las víctimas. Además, según esta tesis la violación es entendida como un castigo a las mujeres que desobedecen los mandatos patriarcales. Por lo tanto, las mujeres que obedecen los mandatos patriarcales—lo cual suponemos es el caso de, v.g., Arabia Saudita o asumimos el caso de todo el mundo antes del advenimiento del discurso sobre los derechos humanos—deberían estar menos expuestas a las violaciones. Si las mujeres fueran obedientes entonces la violación brillaría por su ausencia, salvo el caso de anomia (como vimos más arriba) o de violadores irracionales o con ciertos defectos psicológicos, o naturales, esto es, violadores que castigaran a quienes no lo merecieran.

Claro que si admitiéramos factores naturales en la explicación de la violación entonces le abriríamos la puerta a la explicación evolutiva que habíamos mencionado más arriba. Según la tesis evolutiva por supuesto que en la violación hay dominación o poder pero básicamente como un medio para alcanzar una meta sexual, es decir, exactamente al revés que la tesis cultural: mientras que para ésta última el sexo es un medio para la dominación, para la tesis evolutiva la dominación es un medio para alcanzar una meta sexual.

Dicho sea de paso, dado que hace tiempo que el concepto de sexo se ha librado por suerte de su antigua moralización debemos sin embargo tener en cuenta que la liberación sexual solamente cubre casos de sexo consensual. Y cabe recordar que cuando decimos que X es evolutivo no estamos emitiendo un juicio moral favorable sobre X sino solamente comprobamos que en última instancia X ha permitido que ciertos genes hayan tenido éxito en su lucha por mantenerse en circulación, lo cual, obviamente, puede arrojar resultados morales catastróficos.

En realidad, quienes defienden la tesis evolutiva no pueden darse el lujo de sostener una posición extrema como parecen hacer algunos cultores de la tesis cultural. En efecto, es obvio que no solamente la cultura sino asimismo la moralidad es un producto tan evolutivo como la persecución extrema del auto-interés, y la moralidad supone que somos agentes responsables de nuestros actos. Por lo tanto, de una explicación natural o evolutiva que pone al sexo como el fin y la dominación como un medio no se sigue que los violadores sean a su vez necesariamente víctimas o marionetas—aunque no de la cultura como suponen algunos sino de sus impulsos irresistibles—lo cual impediría que se puedan auto-determinar y por lo tanto sus víctimas deberían resignarse. Si la dominación de la víctima es un medio es mucho más que suficiente para reprochar la conducta o en todo caso para tratar de evitarla.

En efecto, dado que la moral también es evolutiva, incluso suponiendo que un violador carezca de auto-determinación—lo cual quizás sea el caso de los reincidentes—eso no implica que sus víctimas deban sufrir las consecuencias. En realidad, en tales casos los derechos de las mujeres tiene prioridad, del mismo modo que en los casos de las así llamadas “amenazas inocentes”. Solamente un pacifista extremo podría suponer que todo acto de violencia es moralmente injustificado. En otras palabras, si el único medio para proteger los derechos de las víctimas o las potenciales víctimas es impedir la circulación de los agresores, a menos que seamos pacifistas no tendremos otra alternativa que privilegiar el derecho de las víctimas.

El punto, entonces, no es que haya que reemplazar al exclusivismo explicativo cultural con otro evolutivo. Quizás el camino a tomar sea el mismo que se puede observar en el muy elogioso prefacio escrito por Steven Pinker, conocido defensor de la aplicación de la teoría evolutiva a las ciencias sociales y humanas, al reciente libro de Alan Page Fiske y Tage Shakti Rai, Virtuous Violence, Cambridge University Press, 2014, a pesar de que o en realidad debido a que según este libro la violencia humana suele ser fuertemente moralista. Esta articulación de la tesis evolutiva con la tesis cultural nos recuerda entonces que la agencia humana es el resultado de la interacción de factores naturales y culturales, que puede haber sociedades más violentas que otras, y que si realmente nos interesa defender los derechos de las mujeres no podemos darnos el lujo de ser reduccionistas.

viernes, 14 de abril de 2017

"¿Qué hay en un nombre?": Insectos extintos, Cristina Kirchner y Hernán Brienza




La propia ex-presidenta Cristina Kirchner ha hecho público (click) que una serie de especies, géneros, familias y órdenes de insectos de hace unos 325 millones de años fueron bautizados por científicos argentinos en agradecimiento por sus servicios a la Patria como Argentinala Cristinae, Tupacsala niunamenos y Kirchnerala treintamil. Dado que se trata de familias de insectos nos parece más que apropiado que además del nombre de Cristina lleven el apellido Kirchner. Quizás habría sido conveniente agregar nombres tales como silatocanacristinaquékilombo armandus est (Homenaje a Monty Python) o más conveniente aún para estos tiempos: Macri delendus est (vamos a volver a este punto en breve). Dicho sea de paso, hablando de taxonomías, los científicos argentinos admiradores de Cristina suelen referirse a Macri como felis domesticus.

Dado que se trata de un verdadero hallazgo, estamos totalmente de acuerdo con que familias enteras de insectos extintos hayan sido designados con el nombre y apellido de Cristina Kirchner. Sin embargo, por momentos da la impresión de que para una familia de políticos inspirar el nombre de insectos extintos es una victoria pírrica, a menos que alguien sostuviera si bien algunos insectos se han extinguido, otros insectos portan la antorcha de sus ancestros habiéndose adaptado a las exigencias de la evolución y sobreviviendo sin mayores dificultades, como por ejemplo las cucarachas.

De todos modos, tal vez habría sido más apropiado darle el nombre de Cristina a alguna momia hallada en el antiguo Egipto, dado que la ex-presidenta no ha ocultado su inclinación por la arquitectura de Egipto (y/o algún documento nuevo de la campaña de Napoleón, quizás en Egipto, para no cambiar de espacio, dada la admiración de Cristina por la obra legislativa del Emperador). Teniendo en cuenta asimismo que Cristina solía enorgullecerse de que a su izquierda estaba la pared (a pesar de que, v.g., los bancos jamás ganaron tanto dinero como durante su gobierno), no habría que descartar que el mensaje de los científicos sea una alusión oblicua al conocido epígrafe del famoso especialista en hormigas E. O. Wilson en relación al marxismo: “teoría maravillosa, especie equivocada”.

Volviendo a Macri delendus est, está cobrando fuerza entre algunos intelectuales notorios la necesidad de derrocar a Macri. Para muestra, basta un botón: Hernán Brienza, quien—y aquí nos tomamos el atrevimiento de hablar asimismo en nombre de nuestros lectores—finalmente ha cobrado la notoriedad que hace tiempo merecía. En efecto, ese intelectual verdaderamente polifacético que es Brienza, cuyas áreas de conocimiento se extienden desde la historia vernácula hasta la ciencia política, sin dejar de ser versado en delicadas cuestiones metafísicas, jurídicas y morales (no podemos hacerle justicia en una entrada de blog a ese verdadero grande que es Brienza y por eso nos remitimos a nuestra etiqueta dedicada a él, la única en el mundo nos enorgullece agregar: Brienzana) ha señalado que “nuestro país está muy cerca de un enfrentamiento civil. (…). La democracia tiene los días contados. En el 2001 la sociedad estaba atomizada, eran millones de islas aisladas despotricando contra la política, hoy, desgraciadamente, hay un gran sector de la población que apoya a este gobierno y otro gran sector que afortunadamente lo detesta. Ese enfrentamiento no tiene solución”.

Algunos pocos seres despreciables se detendrán en la redundancia brienzana “islas aisladas” para de ese modo evitar el núcleo profundo del pensamiento de Brienza, que hasta ahora las ha acertado todas. Tampoco vamos siquiera a detenernos en el abyecto cuestionamiento de la originalidad de la tesis de Brienza, ya que se trataría de una variación del viejo tema que la teoría política suele denominar como la tesis del taxista: “acá lo hace falta es una buena guerra civil o un millón de muertos”.

Lo que sí nos llama la atención, sin embargo, en primer lugar, es que Brienza, en tanto que insigne politólogo hable todavía de “democracia” cuando a todas luces estamos viviendo bajo una dictadura. En segundo lugar, también nos llama la atención que Brienza crea que “un gran sector de la población” [énfasis agregado] apoya a Macri cuando salta a la vista que se trata de un puñado de oligarcas terratenientes que jamás podría ganar una elección democrática, a lo sumo la administración de un consorcio en Puerto Madero (por ejemplo, en uno de los edificios en donde es propietaria Cristina) o el Jockey Club, y si así y todo ganara eso probaría solamente que la democracia está muy sobrevalorada, tal como hace poco señalara Hebe de Bonafini (click). En otras palabras, lo que importa es que el pueblo “afortunadamente lo detesta”, por lo cual, si hubiera un conflicto entre el tirano y el pueblo el desenlace sería más que obvio.

Hablando de nombres y del pueblo, es sorprendente que ese insigne historiador que es Brienza haya descripto al conflicto político violento que se aproxima inexorablemente como una “guerra civil”, como si el macrismo mereciera la equiparación que dicha expresión implica, es decir, como si hubiera dos bandos en igualdad de condiciones morales y no una evidente asimetría entre el tirano cuyo nombre se puede decir y que no se ha profugado (por ahora) y el pueblo. En otras palabras, nos parece que el verdadero término para hacer referencia a lo que se aproxima es el de “revolución”, el único quizás que modernamente describe la relación que existe entre el pueblo y sus enemigos.

En conclusión, el pensamiento de Bienza es tan complejo y profundo que mal podríamos nosotros atribuirnos el derecho de dar con la exégesis correcta. Es indudable sin embargo que Brienza jamás defrauda a sus exigentes lectores, quienes se ven sorprendidos cada vez que Brienza decide compartir su inteligencia, sabiduría e ingente bonhomía. Quedamos a la espera de sus próximos destellos.

jueves, 13 de abril de 2017

Toda la Historia pero no todos los Peronismos



Roberto Tito Cossa publicó ayer una muy interesante nota en Página 12 acerca de la necesidad de conocer "toda la historia" (https://www.pagina12.com.ar/31215-toda-la-historia). Por supuesto, para poder emitir un juicio sobre algo primero hay que conocer toda la historia.

Llama la atención, sin embargo, que Cossa sea capaz de distinguir tan tajantemente entre el gobierno peronista del 55 y el del 73-76. En efecto, por un lado, Cossa sostiene que a pesar de que el del peronismo en el 55 era un "Gobierno democrático y de mayorías", "elegido por amplia mayoría en elecciones limpias y seguía teniendo apoyo de, por lo menos, la mitad de los habitantes de este suelo", sin embargo fue derrocado, para no decir nada de los bombardeos terroristas del 55 cometidos por la fuerza aérea.

El punto de Cossa es que la violencia anti-democrática del 55 explica y justifica el hecho de que creciera luego "la convicción de que la única forma de alcanzar una democracia real era mediante la lucha armada". Además, los tiempos eran propicios para tomar ese camino ya que "los vientos internacionales, inspirados en la Revolución Cubana, estimulaban a muchos jóvenes a tomar el fusil".

Por el otro lado, por alguna razón (hay que reconocer que esa época no había tantos medios como ahora) esa juventud que surgió como una reacción ante el régimen anti-democrático post-55 no advirtió que en el 73 el peronismo había retomado el poder mediante elecciones democráticas (es decir, era tan "democrático y de mayorías" como el segundo gobierno peronista), ya que no hay otra manera de explicar la comisión de actos de violencia política por parte de la insurgencia peronista (dicho sea de paso, la violencia insurgente no peronista en todo caso queda exenta de haber incurrido en contradicción alguna ya que no parecía estar mayormente interesada en la democracia: la democracia está tan sobrevalorada).

De ahí que si bien Cossa repudia claramente el golpe del 55 por anti-democrático no parece sentirse siquiera molesto con la violencia peronista anti-democrática posterior al regreso de la democracia en el 73. No advertimos entonces cuál es la diferencia entonces entre el golpe del 55 y la violencia peronista entre el 73 y el 76 (la cual claramente se alzó en armas durante un gobierno democrático) capaz de explicar la distinción moral hecha por Cossa. Después de todo, tanto la violencia del 55 cuanto la violencia entre el 73 y el 76 tuvieron lugar en ocasión de gobiernos democráticos y peronistas.

Quizás Cossa insista en que si bien quizás "la estrategia [de la lucha armada], por lo menos en la Argentina, no era la adecuada", sin embargo, como se trató de "jóvenes que lucharon por un país mejor y muchos de ellos dieron la vida" entonces sus actos fueron justificados. Llama la atención sin embargo que la edad (juventud), la meta (un país mejor) y la disposición a morir por la causa hagan la diferencia ya que Cossa mismo reconoce que la estrategia no era adecuada, es decir, que no era posible lograr la meta que se habían propuesto los actores. La imposibilidad de lograr el acto debería ser suficiente para poder impugnarlo, para no entrar en discusiones morales y para no decir nada acerca de la viabilidad del comunismo en general.

Por lo demás, tampoco conviene alegar en una discusión moral razones de tiempo ("en aquella época...") o de espacio ("en Cuba...") ya que hoy algunos suelen usar armas químicas en ciertos lugares y no por eso tenemos una buena razón para imitarlos.

De hecho, incluso suponiendo que un régimen comunista fuera un país mejor (una "democracia real" como dice Cossa) y viable, con el criterio de Cossa, si bien bajo el kirchnerismo vivíamos en un país casi inmejorable, con una economía de matriz diversificada con inclusión (la pobreza llegó a bajar al 5 %) sin embargo como podía pensarse en un país mejor (quizás siempre se pueda vivir en un país "mejor") entonces al menos los jóvenes (aunque quizás solamente los peronistas) según Cossa podrían haberse alzado en armas contra la democracia kirchnerista en aras de un país mejor con tal de haber estado dispuestos a morir.

Finalmente, un joven estalinista no tendría mayores problemas en dejar morir de hambre a decenas de millones de campesinos ya que se trata de un medio para lograr un país mejor. Convendría recordar que la juventud, el deseo de un país mejor y estar dispuesto a morir por sus ideas son elementos que también podrían figurar, v.g., en la descripción de las acciones de quienes se inmolaron en las Torres Gemelas. Oscar Wilde, en cambio, decía que del hecho que alguien esté a dispuesto a morir por sus ideas (y agregaríamos, sobre todo a matar por ellas) no se sigue necesariamente que tenga razón. Quizás la presunción deba ser la inversa.

martes, 11 de abril de 2017

¿Violencia es Mentir o Tocar el Timbre pero no tomar un Edificio?



La primera de las tomas de este año del Colegio Nacional de Buenos Aires expresa el repudio de los estudiantes a la represión sufrida por los docentes el domingo último. Llama la atención, sin embargo, que en este caso se trata de una toma “con actividades” con lo cual no parece tener mucho sentido.

En efecto, el mensaje de los estudiantes parece ser que una forma de expresar su repudio es hacer exactamente lo mismo que hacen siempre pero con una toma, i.e. sin dejar entrar o salir a nadie que no sean los estudiantes y entendemos los docentes (y suponemos el resto del personal que permite las “actividades”). Como los lectores podrán apreciar, se trata de una toma que no va a ser fácil de instrumentar ya que dado que es una toma algunos de los estudiantes van a perder sus clases si es que tienen que encargarse de controlar la entrada y la salida del edificio (quizás esta dificultad no sea tan difícil de resolver si los estudiantes cuentan con personas de confianza a las que puedan encargar estas tareas o si las clases tienen lugar en los lugares de entrada y salida del Colegio, con la correspondiente mella en la atención de los alumnos designados).

En otras palabras, en esta nueva toma pasaría lo mismo pero bajo la jurisdicción de los estudiantes. Así y todo, este panorama de toma con actividades describe lo que parece ser otro día en la oficina como se suele decir inglés, a menos que en un colegio en un día de clases sea normal que entren personas no relacionadas con las actividades, como por ejemplo vendedores de seguros, visitadores médicos o vaya uno a saber quién. De ahí que resulte curiosa esta toma con actividades ya que en general el sentido de las tomas, huelgas, etc., es el de interrumpir la actividad habitual (es decir, el contenido, no las formas) a cambio de obtener un resultado deseado.

Alguien podría argumentar que ya que hablamos de huelgas, si los trabajadores hicieran una huelga que consistiera en desarrollar la misma actividad pero asumiendo jurisdicción sobre la fábrica, eso sí podría obtener resultados ya que a los dueños de la fábrica seguramente no les caería simpático que los obreros siguieran produciendo lo mismo pero con el control de la fábrica. El punto es que el Nacional de Buenos Aires, por extraño que parezca, no tiene un dueño al cual podría preocuparle la toma. O, en todo caso, se trata de una huelga hecha por sus propios dueños, casi un lock-out, particularmente teniendo en cuenta la idea de autonomía universitaria.

Lo que nos interesaba sin embargo destacar es que si la toma de un edificio (mediante la cual se impide la entrada y salida de personas) sirve un propósito pacifista o es un alegato contra la violencia, no es exactamente un medio apropiado ya que la toma en sí misma es un acto violento. De otro modo tendría sentido hacer la guerra en defensa del pacifismo o el amor en aras de la virginidad.

Ciertamente, solamente un pacifista está en contra de toda forma de violencia (incluyendo las tomas). Los demás, como decía el General, somos todos peronistas, esto es, creemos en una teoría de la violencia justificada. La policía, por ejemplo, podrá decir que es una “fuerza” y por eso no comete actos violentos, pero eso es algo que podrá creer la policía, si es que lo cree, no el resto de la gente. Y lo mismo, por supuesto, debería aplicarse a quienes se oponen a la violencia policial. Llamemos a las cosas por su nombre y luego veamos si están justificadas.

Finalmente, convendría separar la violencia de la inmoralidad y evitar frases tales como "violencia es mentir" (como dice Solari) o "tocar el timbre" (según Horacio González al menos: ya que según él el macrismo hace "su juego permanente con una violencia latentemente implícita, que comienza en el timbre inocente y calculado": https://www.pagina12.com.ar/31101-politica-y-violencia). En efecto, no todo acto inmoral es violento ni todo acto violento es inmoral (a menos que uno sea pacifista). De otro modo, podríamos golpear a los que mienten o tocan el timbre o hacen ruido con la boca cuando comen. Aunque a veces no falten ganas, del hecho que alguien tenga ganas de hacer algo no se siga que tenga una razón justificada para hacerlo.

Esta precaución nos permitiría describir la violencia correctamente y de ese modo eso impedir que quienes repudian violentamente a la violencia se crean que son pacifistas porque actúan por una buena razón. Es un error conceptual que puede tener serias consecuencias políticas.

miércoles, 5 de abril de 2017

"La Democracia está tan sobrevalorada..." (Hebe de Bonafini)




Gracias al triunfo democrático de Macri nuestro país está viviendo varias y genuinas transformaciones conceptuales en lo que atañe al discurso político. En efecto, desde 1984 y por obvias razones, hasta el triunfo de Macri nadie se hubiera animado a poner en duda el valor de la democracia. De hecho, la buena prensa de la que llegó a gozar el término hizo que todo lo que estuviera bien fuera considerado democrático y que todo lo que estuviera mal anti-democrático por definición. Además, la democracia y los derechos humanos solían ser considerados dos caras de la misma moneda, como si entre ellos existiera una dependencia mutua, tal como lo cree, por ejemplo, Habermas. 

Pero las cosas han cambiado dramáticamente. Hebe de Bonafini, por ejemplo, quizás bajo la influencia de la serie de TV "House of Cards", ha puesto fin a la primacía indiscutida de la democracia en el mercado de los valores políticos, al menos en nuestro país. El gobierno de Macri será democrático pero eso no implica mérito alguno. En realidad, para Bonafini, el hecho de que el gobierno de Macri sea democrático implica que ha pasado la hora de la democracia. 

La crítica de Bonafini a la democracia nos hace acordar a la caracterización que hace Raymond Geuss de la democracia originaria, la ateniense: "designaba a un grupo muy concreto de descuidados y hediondos ciudadanos helénicos que se dedicaban a holgazanear, devorar garbanzos y comerse con los ojos a los muchachos en una ladera de una colina especialmente soleada del Ática, y eso, cuando no estaban participando en lo que a menudo no era más que una forma de extorsión y piratería a gran escala por diversos puntos del Mediterráneo. En el siglo XXI, podemos permitirnos el lujo de contemplar ese pasado con indulgencia, e incluso afecto y admiración, porque a menudo utilizaban el botín para construir hermosos templos, pero en su época no debió de resultar nada divertido vivir en un pueblo vecino de Atenas" (Historia e ilusión en la política, ed. Tusquets, p. 178).

Hebe de Bonafini, en otras palabras, se ha dado cuenta de que la democracia es un régimen político en el sentido de que consiste en un procedimiento electoral caracterizado por la incertidumbre. Semejante caracterización que tanto encomio le valiera a la democracia en el pasado sobre todo en posición a los gobiernos militares, hoy en día la ha convertido en oprobiosa. La democracia, entonces, parece tener valor solamente cuando ganan las elecciones quienes piensan como nosotros, y no al revés como se solía suponer. De ahí que algunos sostengan que, v.g., el pueblo triunfó en una elección, o no dio marcha atrás, a la luz del resultado de una elección como si supieran antes de contar los votos quiénes son los que representan al pueblo, lo cual nos hace acordar a ese viejo chiste judío en el cual un conocido le dice al otro: "Me enteré de que se quemó tu negocio", a lo cual el otro le contesta "no, callate, la semana que viene". 

De hecho, recíprocamente, en nuestro país hay varios que hacen público sus deseos e incluso sus proyectos destituyentes sin que eso asegure que serán reprobados por todos. Por el contrario, el término "destituyente" que durante el kirchnerismo equivalía al oprobio automático hoy por hoy puede ser reivindicado por quienes se oponen al gobierno democrático actual. 

El problema, sin embargo, salta a la vista: ¿qué sentido tiene entonces la competencia democrática si antes de votar sabemos quiénes representan al pueblo y quiénes no? ¿Para qué votamos? ¿Para conocer gente, como dice otro viejo chiste? ¿Para salir el domingo? ¿Podrían los derechos humanos, como parece suponer Bonafini, estar mejor protegidos por un régimen no democrático? En el siglo XVIII, por ejemplo, la preocupación humanitaria de varios filósofos hizo que defendieran lo que se solía designar como despotismos ilustrados, i.e. regímenes políticos esencialmente unipersonales que tomaban decisiones políticas correctas a pesar de que no eran elegidos democráticamente.

Parafraseando irónicamente a Alfonsín, el punto de Hebe de Bonafini parece ser que con al menos cierta forma de despotismo o dictadura "se come, se cura y se educa". ¿Será muy temprano para saber, como diría Zhou Enlai, si estamos asistiendo al fin de la democracia?